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Palabras de Su Majestad el Rey en la Ciudad Residencial Sindical de Perlora

Asturias(Carreno), 19.05.1976

H

e escuchado con profundo interés la exposición sincera de vuestros problemas y de vuestras aspiraciones. Vengo haciéndolo desde ayer, cuando a los pies de la Santina acepté vuestra petición de que nuestro hijo, el Infante Don Felipe, heredero de la Corona de España, que hoy ostento, reciba pronto de mis manos el título de Príncipe de Asturias, según nuestras más queridas tradiciones Esta mañana, en la reunión de trabajo celebrada en Oviedo y durante todo el día en mi constante contacto con los hombres de vuestras ciudades y pueblos, de la mina y del mar, he seguido informándome puntualmente de vuestro estado de ánimo, de vuestros puntos de vista, de lo que proponéis y de lo que esperáis. Esta tarde, en Perlora, nos acaban de hablar muy dignos representantes del pueblo trabajador asturiano, de su sindicalismo, de sus empresas agrarias y de sus familias campesinas. A todos quiero reiteraros que el Rey presta la mayor atención a vuestras voces, de las que ni una sola será ignorada, y que el Gobierno considerará a fondo vuestras exposiciones y tomará sobre ellas las necesarias medidas.

Pero hay algo en cuanto se ha dicho en Asturias que me parece que va más allá de un mero planteamiento de problemas y de sus posibles soluciones. A ese algo quiero referirme porque toca una cuerda que resuena hondamente en el corazón del Rey. Habéis puesto de relieve acusadamente la unión del Rey con el pueblo, consustancial con el concepto de la Monarquía moderna. Habéis proclamado la fe y la esperanza que el pueblo deposita en la Monarquía que reclama que el Rey se encuentre presente, como lo está, en todo el acontecer político y social de la nación para orientarlo e impulsarlo según los auténticos deseos del pueblo.

Yo os digo que con esta fe y esta unión se pueden hacer grandes cosas en España.

Hagamos de nuestra España definitivamente un país donde la convivencia de todos sea abierta, grata y segura. Desterraremos la violencia, no sólo con el peso inexorable de la Ley, sino con el concurso leal y decidido de todos los ciudadanos. Que nuestros hijos puedan ir seguros a la escuela o a sus juegos, y nosotros tranquilos al trabajo o a la diversión honrada, sin que se ponga en peligro la vida o la alegría de ninguno.

Sobre esta base de paz social, la unidad de todos los españoles, la libertad, la justicia y el progreso son valores por los que vale la pena combatir día a día desde nuestros puestos de trabajo y desde el seno de nuestras familias. Son también los valores por los que todos los ciudadanos tienen derecho a esforzarse, participando plenamente en la noble actividad política, dentro de las leyes. Para ello, en nuestra Constitución, que es una Constitución abierta, caben cuantas mejoras sean necesarias y merezcan la aceptación del pueblo español, a cuyo servicio se encuentran en definitiva todas las instituciones de la Monarquía.

Quiero deciros también que he percibido en Asturias, por encima más allá de las dificultades que hoy nos acechan, un espíritu decidido de vencerlas, una verdadera ilusión de futuro. En ello tenéis también al Rey de vuestro lado ahora y en todo momento.

Que nuestra ilusión y nuestro optimismo se fundamenten en el trabajo, en la justicia y en la paz. En el trabajo que, como os decía el día primero de mayo, une y no divide y tiene derecho a desarrollarse en libertad y con plena responsabilidad. En la justicia, que es deber del Rey garantizar, y en la paz, porque sólo ella puede poner la base necesaria para nuestro desarrollo.

 

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