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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de Honduras Juan Alberto Melgar y al pueblo hondureño

Honduras(Tegucigalpa), 13.09.1977

S

eñor Jefe del Estado, no podría dar por terminada mi estancia en esta tierra tan llena de tradiciones afines a la nuestra, sin manifestar la satisfacción que, tanto la Reina como yo hemos sentido en estas horas de entrañable convivencia con la realidad hondureña.

Honduras nos ha recibido con esta hospitalidad que, como decía Gracián, es la mejor expresión de la hidalguía. Las pruebas de afecto de que hemos sido objeto demuestran que los hondureños de todas las clases sociales constituyen de verdad un pueblo de hidalgos.

Permitidme que os diga que es difícil pasar por las calles y plazas de Tegucigalpa y no sentirse conmovido de tantos ecos de un pasado en el que se entremezclan las bellezas arcaicas de una cultura precolombina y a la vez las huellas de España. Desde los restos del templo maya de Capán, con sus fabulosas esculturas y bajorrelieves, hasta la catedral de Conayagua y a la devota ermita de la virgen de Suyapa.

Hay algo en vuestra historia que configura una especie de sino cultural y a la vez de significado trascendente. Un ejemplo de ello lo tenemos en la diosa Comizahual, símbolo de la sabiduría.

Pero, además, el destino de esta tierra, situada por designio providencial entre dos océanos, tiene también que haber forjado su carácter entre dos de las culturas antiguas de nuestro planeta: la maya y la cristiana.

Contemplando vuestras gentes y tratando de conocer vuestras costumbres, me ha parecido que encontraba a los sencillos pobladores del viejo reino de Payaqui, cuando, un día de julio de 1502, aquel visionario almirante de la lejana Castilla llegó por primera vez a la isla de Guanaja y empezó a bautizar estas tierras con nombres que eran expresiones de alegría por la felicidad de su hallazgo, como el cabo de Gracias a Dios.

La historia de los pueblos no está determinada por un destino irremediable, sino que se hace cada día conforme a lo que los hombres pensamos y creemos. Y vosotros, los hondureños, habéis conseguido rejuvenecer «una vieja raza europea» con vuestro trabajo admirable, con vuestro tesón, con vuestro esfuerzo de pueblo activo, creador de riqueza, esforzado y sencillo. Un pueblo de forjadores de cultura y de poetas. De hondureños que labran la grandeza de su patria, como José Trinidad Reyes, que escribía villancicos como Lope de Vega, y que sabía fundar academias literarias que luego se convertirían en universidades.

Porque no sólo hay que evocar el rastro de Colón, de Cortés, de Pinzón o de Díaz de Solís en esta tierra, sino de aquellos hombres que, como Francisco de Herrera, Coronado Chaves, Juan Lindo o Santos Guardiola, consolidaron la independencia política de Honduras, logrando crear en Centroamérica un Estado vigoroso y fuerte con el que hoy España quiere sellar una entrañable amistad.

Señor Jefe del Estado, con mi viaje a Honduras creo que queda bien sellado ese sentimiento de comunidad, de identificación de fines y de afanes. Ha sido particularmente emotivo para mí el acto en el palacio del Distrito Central, en el que con tanto acierto y respeto histórico ha sido recordada la figura de mi abuelo el Rey Alfonso XIII. La solución pacífica de los diferendos, bien por la vía de la negociación o del concierto a través de la mediación o del arbitraje, sin duda constituyen un paso ejemplar que a todas las partes interesadas honra. La Corona se enorgullece de haber prestado en el pasado, cuando fue requerida, una ayuda de estas características, dentro de la más estricta imparcialidad y respeto histórico.

Tanto la Reina como yo estamos profundamente agradecidos a las constantes atenciones que el pueblo entero de Honduras ha tenido con nosotros. Para nosotros ha sido cordialísima vuestra compañía. Por eso permitidme, señor Jefe del Estado, que para confirmar los lazos de nuestra relación personal, que a pesar de su brevedad tiene ya, por lo sincero, el valor de una vieja amistad, os invite a visitar España, con el fin de continuar este diálogo de dos pueblos fraternos.

Por ello, en nombre de esa imperecedera amistad, levanto mi copa y formulo mis más fervientes votos por vuestra felicidad personal y la de vuestra esposa, así como por la de todo el pueblo hondureño.

Muchas gracias.

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