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Palabras de Su Majestad el Rey a la Comunidad Iberoamericana en el Día de la Hispanidad

Las Palmas de Gran Canaria, 13.09.1977

S

eñor Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, señores embajadores, señor presidente de la Mancomunidad de las Islas Canarias, señores gobernador y autoridades, señoras y señores,

En el diario de a bordo del primer viaje de Cristóbal Colón, singladura del 8 de septiembre de 1492, hay estas palabras que escribió el almirante: «Tres horas de noche, sábado, comenzó a ventar nordeste y tomó su vía y camino al Oeste».

Así, sencillamente, Colón dio cuenta de que sus barcos dejaban ya los mares calmos de las Islas Canarias en donde se habían hecho los últimos preparativos del viaje, y empopados por el alisio, empezaban la definitiva navegación hacia el occidente del mundo, que era el lugar al que el destino nos guiaba para que España completase su ser nacional y el globo terráqueo sus dimensiones físicas.

Yo deseo hoy, apoyado en este recuerdo, señalar ante ustedes la función providencial que cumplieron las Canarias, recalada previa antes del viaje descubridor en el proyecto español que dio América al mundo. Las Canarias pasaron así de ser uno más de los archipiélagos del Atlántico _que en la antigüedad había enardecido la imaginación de cosmógrafos y marinos_, a convertirse en el muelle último de España para la primera flota americana, y en la verdadera prefiguración de América, cuyos climas tradicionales, artes y hasta acentos musicales de nuestra común lengua castellana parecen encontrar aquí su eco. De la misma manera, el archipiélago es, viniendo de la otra orilla, no la prefiguración, sino España misma, primer puerto de nuestra tierra. Y siempre, durante siglos, una suerte de puente entre América y España, que de ambas participa.

Por estas terminantes razones, nuestras Canarias son doblemente españolas: porque son patria de españoles y porque están originalmente integradas en la mayor empresa española, la empresa que más que otra justifica a mi país ante la historia universal, es decir, la empresa de América.

Señor Presidente, señores embajadores: he iniciado hoy mis palabras con estos recuerdos y afirmaciones para que cobre todo su sentido la bienvenida que les doy a estas provincias españolas en las que se exalta el rasgo más ecuménico de España: su americanidad. Estoy seguro de interpretar los sentimientos de mis compatriotas canarios que guardan con orgullo, junto a su condición de españoles, el recuerdo, transmitido por el propio Colón, de que en sus islas de Gomera y Hierro se conservaba la tradición de los marinos que hablaban de la gran tierra vista siempre que navegaban al poniente del archipiélago.

Aquí, señores, América se adivina mejor, es más perceptible. En este pleno Atlántico parecen próximos los puertos de la otra orilla y se prefiguran La Guaira, La Habana o Veracruz. Y aquí, España se encuentra a sí misma en todos sus perfiles, como nación variada, plural, llena de ricas diversidades que hoy los españoles queremos exaltar a su máxima dignidad: como país de voluntad universalista al que se encuentra multiplicado, renovado, al otro lado del mar, en la gran comunidad hispanoamericana, y, en fin, como pueblo con un gran amor a la unidad esencial, sentimiento que vibra en las palabras dichas por un egregio canario, Benito Pérez Galdós, en los días sombríos del año 1898: «Nosotros, los más distantes, seamos los más próximos en el corazón de la patria».

Así, pues, con una alegría muy especial y considerando el hecho como un honor, me dirijo a usted, señor Presidente; a ustedes, señores embajadores; a cuantos me escuchan, a todos los pueblos hermanos de América, desde esta amada tierra canaria y española.

Hace un año celebramos la fiesta de hoy en Cartagena de Indias. Era el primer 12 de octubre de mi reinado y la primera vez que un Rey de España lo festejaba en América. Desde el año pasado, he tenido la fortuna de visitar Santo Domingo, Colombia, Venezuela, Guatemala, Honduras, El Salvador, Costa Rica y Panamá. Yo creo que en ese tiempo se ha avivado la conciencia de Hispanoamérica y España. Hemos podido formular desde entonces unos proyectos concretos de convivencia y cooperación y trazar unas líneas precisas de acción futura. Por ello, me parece simbólico que hoy, cuando celebramos nuevamente nuestra fiesta común, en este balcón de las Canarias por donde España se asoma a América, lo hagamos teniendo entre nosotros al Presidente de la República de México, que al restablecer recientemente la plena normalidad de sus relaciones con España, ha venido a completar de manera feliz los vínculos intercomunitarios. Este es un motivo más, y muy profundo, de nuestra alegría de hoy.

Estamos todos, pues, y con un sentimiento más vivo de nuestra solidaridad. Entiendo que es un momento propicio para reflexionar de nuevo acerca de nuestro futuro y de nuestros quehaceres.

Creo que podemos decir esto: cuantos pertenecemos a la comunidad hispanoamericana, cuantos nos hallamos albergados en esa patria común de inmensas fronteras que es nuestra lengua, debemos tener presente que nos corresponde llevar a cabo una misión de gran envergadura dentro del mundo actual.

No me parece que sea una frase trivial el afirmar que la hora hispanoamericana está sonando. Si esto es así, y si hemos podido decir recientemente que ha terminado la fase declarativa y lírica de nuestra fraternidad para pasar a la acción y responder a aquella llamada que suena, es también porque hace ya muchos años los intelectuales, los escritores, los historiadores, los poetas de nuestra lengua comenzaron a anunciarla con el don profético que era propio de su vocación. Cuando los políticos aún no tenían plena conciencia de lo que era y podía ser nuestra afinidad; cuando los planes de cooperación económica, cultural o técnica aún no existían, y cuando una ignorancia mutua, y a veces tosca, caracterizaba a nuestras relaciones, unos hombres de pensamiento en Hispanoamérica y España estaban haciendo las primeras formulaciones, quizá un poco retóricas porque así era la época y ellos no podían usar otros modos, de la comunidad de países hispanoamericanos. Algunos lo hacían cuando les rodeaban ambientes de crisis, de amargura y de pesimismo; cuando estaba en juego la propia identidad nacional. Y, sin embargo, supieron saludar con optimismo al tiempo que se acercaba. Ellos sabían bien que en una época de masificación de la sociedad, de imperio de la técnica y de dominio de las razones económicas, la supervivencia de nuestra manera de entender la vida podía constituir un elemento positivo. Pues dicha manera se fundamenta -por encima de nuestros defectos y fracasos- en una firme consideración de la persona humana, de su dignidad y sus derechos; de su posibilidad última de encontrar más allá de las ideas abstractas y los esquemas racionales el camino recto.

Yo quiero rendir aquí homenaje a los intelectuales de Hispanoamérica y España, porque en su pensamiento encontramos, ya desde el siglo pasado, no sólo el anuncio clarividente de lo que había de ser nuestra hermandad; no sólo el análisis y la crítica fustigadora de nuestras sociedades, de sus injusticias y abusos, sino el proyecto de convivencia futura que ha de estar basado en una profunda consideración de la persona humana. No he de mencionar aquí sus nombres, pues son innumerables, pero en la memoria de todos están.

Este es el reto, el «paso honroso» con que nos desafía nuestro tiempo: un tiempo en el que se ha agudizado más que nunca el dramático conflicto entre el hombre y la sociedad, entre la autoridad y la libertad, entre el materialismo y la espiritualidad; un tiempo en el que nuestra noción tradicional de la persona humana y su dimensión irreductible, pero también nuestra idea de la solidaridad con el prójimo, pueden encontrar el remedio acertado que alivie las angustias comprensibles y las justas rebeldías que laten en el seno de la sociedad moderna.

Este es el camino, que ya fue señalado por la intelectualidad hispánica, tantas veces volcada en la defensa de los valores del espíritu, en la defensa del hombre frente a la opresión, en la batalla por la libertad, el progreso y la cultura, aunque muchas de ellas fuese necesario hacerlo desde el terreno de la protesta o de la condena.

Creo que en este marco de entendimiento de nuestra misión debemos dar un gran testimonio universal de los valores culturales que nos vinculan y diferencian. Para que esto sea posible y la cultura hispanoamericana pueda ofrecer su contribución al progreso mundial es preciso promover un gran desarrollo educativo, cultural y científico, que dé plena virtualidad a los valores que en esos tres campos existen potencialmente. Creo que deberíamos incluso pensar si sería conveniente la creación de un gran organismo colectivo dedicado con exclusividad al fomento de la educación, la cultura y la ciencia dentro del área de nuestro idioma; un área que, por sus características específicas y casi únicas, parece requerir un tratamiento particular, lo que no excluye en absoluto que continúe la cooperación cotidiana con organismos internacionales análogos y de ámbito universal. Este organismo podría coordinar los esfuerzos que cada país hace para promover aquel desarrollo que necesitamos y que extendería los bienes del saber a todas las capas de nuestras sociedades respectivas para que dejen de ser patrimonio de unos pocos y se transformen en el tesoro colectivo a través del cual el espíritu hispanoamericano -joven heredero del legado de Europa se manifieste en el mundo.

Pensemos ahora que ese espíritu ha tenido un vehículo de expresión a través de los siglos: nuestra lengua, que pronto va a cumplir mil años de existencia y que, sin embargo, permanece joven y lozana, dando tales frutos que hoy se puede decir que Hispanoamérica está produciendo un nuevo renacimiento literario del castellano. Ese instrumento lingüístico tan preciado, propiedad de más de doscientos millones de seres, ha de ser cuidado por todos. Nadie tiene el cetro de tal reino. Estará en las manos de quien lo conserve con más esmero y lo use con más imaginación. En este sentido quiero hacer el elogio del castellano de América que, desde las crónicas de la conquista hasta los últimos premios Nobel de nuestro tiempo, ha dado una colección de monumentos insignes a la literatura universal en la hermosa variedad de los acentos y vocabularios de la lengua hablada popular -que reproducen a veces los giros tradicionales o las propias diversidades lingüísticas de España, o que incorporan ricas aportaciones indígenas o extranjeras y en la gran unidad de la lengua culta escrita, vemos nosotros la vitalidad de un idioma que evoluciona y que es al mismo tiempo fiel a su propio genio, sin que haya que temer por él con preocupación de purista, ni dedicarle normas paternales.

Pero ello no nos exime de inquietud ante el fenómeno universal de la cultura de masas, de la penetración extensiva de los grandes medios de comunicación, de enorme facilidad de los contactos internacionales; fenómeno que si es, por un lado, grandemente positivo, puede, por otro, producir graves efectos de precipitada alteración en la identidad de las culturas y en la calidad de sus medios de expresión.

Por eso no debemos abandonarnos a la complacencia de poseer una lengua rica y vital, y tenemos el deber de defenderla, de cuidar ese instrumento tan preciado, manifestación la más alta de nuestra cultura, traducción de nuestras ideas y sentimientos, «sangre de nuestro espíritu», como dijo con inmenso acierto don Miguel de Unamuno.

Yo invito desde aquí a las academias y a las universidades, a los colegios y las escuelas, a los maestros y los escritores, a los que dirigen los grandes medios de comunicación masiva o a quienes trabajan en la soledad de sus gabinetes de estudio, a todos cuantos manejan el idioma en que nos hemos expresado durante siglos y hemos dado gloria a la cultura universal, a cuidar de nuestra lengua, a enaltecerla, y hacer, en fin, que por su propia limpieza, profundidad, belleza y eficacia, sea no sólo el modo de expresión de nuestros pueblos, sino uno de los grandes vehículos de manifestación espiritual del mundo de hoy.

No otro destino merece el idioma que hace diez siglos era el balbuciente e infantil «Roman Paladino», y que al cabo de ellos expresa uno de los más sugestivos modos de vida que se ofrecen al hombre moderno.

He aquí una tarea de cultura que yo me atrevo a sugerir a todos los pueblos de Hispanoamérica para que, si ellos aceptan, la lleven a cabo en un esfuerzo en el que siempre tendrán a su lado a España. En el caso de que la cumplamos, habremos dado la medida de nuestra importancia como comunidad de naciones dentro de la comunidad internacional. Todos los renacimientos lingüísticos y literarios son, parafraseando al gran Antonio de Nebrija, compañeros de un renacimiento de los pueblos. Demos testimonio de que así es en el caso de las naciones de Hispanoamérica, una de las cuales es España.

Dentro del vasto ámbito geográfico que abarcan las fronteras de nuestro idioma y de nuestra cultura se mueve un inmenso mundo de seres que están viviendo un crítico, a veces dramático, período de transición, de transformación. Múltiples fuerzas se agitan en él; se enfrentan en su seno opuestas corrientes ideológicas; viejas reivindicaciones de toda índole se levantan con más fuerza que nunca; inquietudes, amarguras, injusticias, esperanzas, optimismos se cruzan entre sí; juegan fuerzas ajenas y ambiciones extrañas; se habla insistentemente del futuro, y angustia al mismo tiempo el presente. Una explosión demográfica tiene lugar mientras que el desarrollo económico que debiera llevar consigo no logra ajustarse a las necesidades que aquélla crea. Las carencias de nuestras propias sociedades empujan a los hombres a grandes movimientos migratorios fuera de las fronteras propias y crean, a extramuros de la hermandad hispánica, importantes concentraciones de minorías trasplantadas, especialmente en los Estados Unidos y Europa. En esta situación, el peligro de la pérdida de un mínimo de nivel de cultura, necesario para sobrevivir como tal comunidad, es grande. Tal pérdida llevaría consigo la de la identidad espiritual de nuestros pueblos; provocaría una especie de desarraigo cultural colectivo.

Así, pues, junto a la concertación política y a la cooperación económica y técnica, tan fundamentales para la perspectiva futura de nuestros países, la cultura emerge como uno de los pilares básicos de nuestro hecho diferencial. Es la cultura la que hace esencial y profundamente libres a los hombres, y la que les da conciencia de sí mismos y, por tanto, capacidad para actuar en todos los demás terrenos. Nuestra hermandad, en trance de crisis, pero también en trance de esperanza, exige un enorme esfuerzo de desarrollo educativo. Es preciso y urgente que nuestra comunidad se reconozca a sí misma en su auténtico perfil cultural, sepa bien quién es, cuál es su origen y cuál su destino; aprecie la hondura y variedad de su ser histórico, hecho de cruzamientos y mestizajes múltiples no sólo de razas, sino también de culturas. Y, provista de esa conciencia, ajuste bien sus ejes de marcha como tal comunidad para el futuro.

Me ha parecido que la fecha de hoy, 12 de octubre, era propicia a unas reflexiones sobre esta necesidad cultural que es, en suma, una necesidad de conocimiento y de sus formas de expresión. Las ofrezco con la esperanza de que sean útiles y pienso que el lugar en que las manifiesto es apropiado, porque aquí, en las Islas Canarias, empezó realmente la parte definitiva de aquel gran viaje colombino que era un viaje de fe, pero también de conocimiento previo de lo que era el mundo.

Era un viaje lleno de conciencia, en el que el almirante había ajustado también sus agujas y sus cartas marinas y tenía bien preparados a sus pilotos. Luego fue la providencia la que hizo saltar aquel viento certero de la noche del 8 de septiembre de 1492.

Muchas gracias.

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