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Palabras de Su Majestad el Rey en la Apertura del Curso Académico Universitario 2001-2002

Las Palmas de Gran Canaria, 09.10.2001

E

l inicio, cada año, del curso académico en la Universidad española es una ocasión que aprovecho con mucho gusto para reunirme con todos los que constituyen su alma mater: Rector, Consejo social, profesores, alumnos y personal de la administración y servicios. Hoy, en esta Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, saludo a quienes comparten con vosotros los mismos afanes e ilusiones en todas las universidades de España, y, de manera especial, en la Universidad hermana de La Laguna.

A todos queremos hacer llegar un mensaje de apoyo, estímulo y aliento para que crezcan, aún más si es posible, la ilusión y el empeño con que desarrolláis vuestro trabajo, cuya importancia y trascendencia es fundamental para nuestro país.

Este mensaje confía plenamente en la juventud perenne de la institución milenaria a la que dedicáis vuestros esfuerzos. Sobre esa actitud de esperanza, a la vez juvenil y llena de experiencia, quiero hacer hoy estas reflexiones.

Vuestra labor ha hecho posible en España la elevación de los niveles de cultura, de la investigación, del cultivo de la ciencia y de las formas de vida del conjunto de la ciudadanía.

Sobre este firme cimiento se ha asentado una conciencia cívica cada vez más consciente y responsable. Y es ésta precisamente la que ha hecho posible, en buena parte, el asentamiento y el desarrollo de la democracia en nuestro país.

La tarea de construir la cultura y la ciencia, la de ofrecer sus contenidos, y también la de preparar a las personas que hacen posible este proceso, es la que atañe más directamente a la institución universitaria.

España, como cualquier país empeñado en mejorar las oportunidades y la calidad de vida de sus ciudadanos, ha necesitado, y necesita, de la Universidad.

En este sentido, debemos felicitarnos por la creación, a lo largo y ancho de nuestra geografía, de tantas instituciones de grado superior que han transmitido el saber en su más alto nivel, y han sido, a la vez, capaces de explicar a sus conciudadanos cuál es su situación, cómo pueden abordarse sus problemas, cuál es el valor de sus tradiciones culturales, y la riqueza específica de su patrimonio común.

La universidad ha constituido, desde sus inicios, un ámbito privilegiado para el ejercicio de la libertad. Los claustros universitarios constituyen, con la reunión de maestros especializados en los diversos saberes, el lugar idóneo para que la creatividad, el diálogo, la controversia y la emulación hagan avanzar la ciencia y la cultura de cada época.

En realidad, sin esa libertad, sería imposible llevar a cabo los cometidos propiamente universitarios. Ella alienta y llena de contenido el clima de cooperación entre investigadores, que, con una actitud abierta a lo universal y atenta a las necesidades de lo próximo, impulsa el progreso científico y proporciona las técnicas que facilitan la vida y mejoran la calidad de la propia enseñanza universitaria y del conjunto de la sociedad.

Esa es la responsabilidad del conjunto de la comunidad universitaria, y de los profesores, los alumnos y cuantos con su trabajo permiten su puntual funcionamiento. Responsabilidad que ha venido desarrollando brillantemente en el pasado y que con toda seguridad marcará su actuación en respuesta a las demandas del tiempo presente.

La sociedad española puede también exigir esa respuesta responsable y adecuada al alma mater, porque la construcción de un futuro mejor y una diligente adaptación a las nuevas circunstancias de nuestro tiempo, como la sociedad del conocimiento, la internacionalización, o los avances tecnológicos y sociológicos, obligan a la Universidad a una continua evolución, a un crecimiento cualitativo para seguir estando a la altura de su papel a comienzos del siglo XXI.

Mi presencia aquí hoy quiere ser un impulso para que la responsabilidad, generosa y eficaz, de las gentes de esta joven y generosa Universidad de Las Palmas de Gran Canaria siga siendo el motor que desarrolle todas sus posibilidades y garantice su protagonismo en el avance cultural, científico y técnico de nuestro país.

El fin es grande, su importancia indiscutible. Con la seguridad de una respuesta adecuada a este ambicioso requerimiento, declaro inaugurado el curso académico universitario 2001-2002.

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