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Palabras de Su Majestad el Rey en su visita a la sede de la Conferencia Episcopal Española

Madrid, 20.11.2001

S

eñores Cardenales, Arzobispos y Obispos, miembros de la Conferencia Episcopal Española,Señor Ministro,

Expreso, ante todo, mi agradecimiento al Señor Cardenal Presidente por sus muy amables palabras de bienvenida.

Y permitan que manifieste hasta qué punto nos es grato a la Reina y a mí el haber podido aceptar la amable invitación que, con ocasión de los veinticinco años de mi servicio a España como Rey, me hicisteis para que os visitáramos durante la Asamblea ordinaria que acostumbráis a celebrar anualmente en Madrid para el cumplimiento de vuestras comunes responsabilidades.

Efectuamos esta visita cuando está a punto de concluir la conmemoración de esos veinticinco años de mi Reinado, y cuando, por vuestra parte, os esforzáis en lanzar una nueva etapa del camino del cristianismo al servicio de la humanidad en este Nuevo Milenio, una vez clausuradas las actividades que os han absorbido como Pastores durante el año del Gran Jubileo, con el que la Iglesia Católica, los cristianos y el mundo entero hemos celebrado los dos mil años del nacimiento de Jesucristo.

Este año se cumple también el vigésimo quinto aniversario del primero de los Acuerdos Iglesia-Estado, que sancionó la renuncia al derecho de presentación de Obispos, abriendo así una nueva página en la relación entre la Iglesia y el Estado que se completaría enseguida con los Acuerdos de 1979.

Encuentro en esta visita un momento privilegiado para agradeceros, una vez más, vuestra dedicación generosa y perseverante -a pesar de las perplejidades y obstáculos que el tiempo nuevo presenta- a custodiar activamente el rico patrimonio de fe cristiana y de cultura que ha impregnado tan notablemente nuestra historia.

Vuestra dedicación puede caracterizarse por el esfuerzo en conciliar por una parte la fidelidad a esa rica herencia y por otra el ofrecimiento a nuestra sociedad de los valores que cualificadamente representáis y que invitáis a todos a compartir y vivir, en el respeto a las legítimas opciones que cada conciudadano toma o puede tomar libremente.

Gracias por el gran servicio que la Iglesia Católica presta en estos momentos a los españoles en campos muy diversos, particularmente en labores educativas y asistenciales, cuyas necesidades se han visto tan fuertemente acentuadas por el crecimiento de los sectores de marginación y el gran número de emigrantes venidos de todas partes. Conocemos y agradecemos la dedicación permanente y silenciosa de numerosas instituciones y de miembros de la Iglesia a estas valiosísimas tareas.

Es éste también un momento oportuno para recordar con vosotros a los miles de misioneros españoles dispersos actualmente por numerosas naciones y continentes, que dan un admirable testimonio de servicio y de solidaridad con los pueblos más necesitados de ayuda y de promoción humana.

Ellos son los herederos de aquellos numerosos evangelizadores y humanizadores que salieron de nuestros pueblos durante siglos para servir a los demás en todas las latitudes del mundo.

Recuerdo ahora asimismo con viva gratitud a Su Santidad el Papa Juan Pablo II, de quien constantemente en estos largos años de su Pontificado hemos recibido aliento y orientación para nuestro camino de servicio, no siempre fácil, a España y a los españoles. Su Santidad, constructor de paz y sembrador de esperanza, es un ejemplo elocuente de vida consagrada al servicio de todos y su testimonio merece toda nuestra gratitud.

Venimos de un largo camino en el que, con la ayuda de Dios y el trabajo de todos los españoles, hemos construido con ilusión y esfuerzo un marco de libertad y de convivencia para el desarrollo armonioso de nuestra vida colectiva. Desgraciadamente, ese marco de libertad y de convivencia, encarnado en la Constitución, se ve atacado por el terrorismo fanático de unos pocos. El terrorismo solo puede merecer el combate desde la ley y la condena unánime y sin matices de una sociedad que desea vivir bajo el imperio de unos principios éticos que ponen en lugar preferente el respeto a la vida y a la dignidad de las personas.

Termino animándoos a manteneros en vuestro camino de servicio, que es también servicio a España, y os pido que encomendéis nuestro pueblo a Dios y que continuéis ayudando cada día a los españoles a proseguir su andadura por caminos de unidad, de paz, de concordia y de desarrollo en la justicia.

Muchas gracias.

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