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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias al recibir el Premio "Capitales Iberoamericanas".

Madrid(Casa de América), 11.06.2003

A

nte todo, Gracias! Gracias a Los Alcaldes de Madrid y Panamá por sus palabras y Gracias a la Asamblea Plenaria de la Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas por este premio que ha tenido a bien concederme, que tanto me honra, y que sobre todo me estimula?aún más, si cabe? en la labor que para los españoles se convierte en grata obligación: contribuir a reafirmar y aumentar los vínculos que nos unen a la Comunidad Iberoamericana de Naciones.

Todos los miembros de esa Comunidad compartimos la realidad de la historia, la cultura y la lengua y más recientemente una pluralidad de intereses económicos. Somos una Comunidad que avanza también en el diálogo político y en el acercamiento institucional con las Cumbres anuales de Jefes de Estado y de Gobierno que se iniciaron hace doce años en Guadalajara, México. Pero, por encima de todo, los iberoamericanos compartimos unos valores que nos aproximan y conforman una comunidad espontánea de sentimientos y afectos, que abarcan todos los ámbitos de la sociedad y de la vida.

Si con todo ello en nuestro haber alzamos la vista para mirar al futuro y tomamos conciencia colectiva de lo que compartimos, interiorizando su valor un creciente número de ciudadanos de nuestros países, entonces lo que vemos es una nueva realidad, con posibilidades indudables de influencia en infinidad de áreas de este mundo nuestro que irremisiblemente se globaliza. Y no me cabe la menor duda de que esa nueva realidad, bien aprovechada, beneficiará también al progreso de cada una de nuestras naciones y favorecerá la solución de problemas comunes o compartidos.

Iberoamérica es, por tanto, la expresión de lo que tenemos en común, y, a la vez, una parte indispensable de la identidad de cada uno de los pueblos que la integramos. De ahí que el compromiso con Iberoamérica sea irrenunciable para España, porque es una parte, quizá la mejor, de si misma.

La Corona ha estado siempre atenta a esta exigencia, y ha querido ser la primera en promover este continuo reencuentro entre nuestras naciones, para representar y servir -yo diría que con pasión- los profundos sentimientos de afecto y de solidaridad del pueblo español hacia sus hermanos Portugueses y latinoamericanos, tanto en los momentos de alegría como en circunstancias difíciles.

Y a mí, como Heredero de la Corona, me ha correspondido el alto honor de representar a España en los actos de toma de posesión de los nuevos Presidentes en Iberoamérica. Por esta razón, y también por otros motivos, he viajado oficialmente a países de nuestra Comunidad en más de cincuenta ocasiones durante el último decenio. En cada una de ellas ha ido fraguándose en mí un cariño muy especial hacia la rica y variada realidad de Iberoamérica y así ha ido creciendo mi interés por conocerla más y mejor, para de esa manera también conocer y entender mejor España y el futuro común que todos tenemos como Comunidad Iberoamericana de Naciones. Por tanto, les puedo asegurar que me siento muy afortunado por poder desarrollar este trabajo, que me permite una presencia frecuente y sostenida en América. Una presencia que es claro signo del compromiso de futuro de España con nuestras naciones hermanas y la permanente identificación de la Corona con los ideales de la libertad y la democracia, únicas bases firmes para el desarrollo y la prosperidad de los pueblos.

Estos viajes me han llevado a visitar todas las capitales iberoamericanas; a admirarlas, comprenderlas y conocer a tantos que se afanan por procurar el progreso digno de sus ciudadanos; me han producido enormes satisfacciones y el privilegio de un contacto fluido y continuo que ahora se reanuda, y aun diría que se refuerza, en esta Cumbre de Alcaldes que hoy se clausura.

Una reunión que tiene un tono familiar, pues las ciudades fueron nuestro primer hogar común, y el símbolo de nuestra vocación de vivir juntos, unidos e iguales. Conservamos con esmero este legado del pasado, que se refleja en sus monumentos, en su trazado urbano y en la forma de afrontar su crecimiento a lo largo de los siglos.

Pero el tiempo no pasa en balde, y nos plantea nuevas exigencias en cada momento. Por eso quiero fijarme aquí, ante todo, en el hoy y en el mañana de nuestras ciudades, que habéis tratado en esta reunión, y en sus posibilidades como elementos indispensables de vinculación entre nuestros pueblos.

Todas las ciudades iberoamericanas, y en especial sus capitales, se enfrentan al presente con problemas parecidos y de enorme envergadura, que se afanan en resolver, con medios no siempre suficientes, para cumplir su papel de impulso y estímulo del desarrollo económico, social y político de sus respectivas naciones.

Todo ello obliga hoy a los municipios a buscar equilibrios, no siempre fáciles de alcanzar, entre la tradición y la modernidad, entre lo municipal, lo regional y lo estatal, y entre lo deseable y lo posible. Sobre todo para mejorar y ampliar cada vez más su capacidad de gestión, y defender su identidad de comunidad individualizada en un contexto de globalización cultural.

Estoy convencido de que el futuro pasa por la potenciación del papel de las ciudades, cuya proximidad al ciudadano las convierte en un instrumento natural e inmediato de atención a sus necesidades. Por eso, os animo a continuar trabajando para encontrar las respuestas más adecuadas a vuestros problemas organizativos y estructurales, y ofrecer mayores y mejores servicios a vuestros conciudadanos.

Así, las ciudades se convertirán, cada vez más, en escuelas de participación democrática, de civismo y de solidaridad, que son las premisas indispensables para la convivencia y la cohesión social.

La Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas nació para potenciar el desarrollo de las mismas, así como para reforzar la solidaridad y la cooperación entre ellas. Conozco vuestra admirable labor de estos años, que se manifiesta a través de un continuo intercambio de experiencias y conocimientos, y una incansable promoción del entendimiento, la ayuda y la colaboración intermunicipal, que vemos crecer con agrado. Si el entorno urbano acerca a los ciudadanos y es escuela de civismo y convivencia, el acercamiento de las ciudades Iberoamericanas nos ayuda, sin duda, a formar una fraternidad más intensa, una identidad cultural más amplia y potente, y una comunidad que realmente tenga capacidad de hacerse valer y escuchar en el Mundo.

Os felicito por esa labor con la que me siento personalmente identificado aún más, tras haber sido distinguido con vuestro Premio, y os invito a continuar avanzando en la tarea de hacer del municipalismo un modelo de gestión que promueva los valores del diálogo, la integración y la concordia.

Con mi agradecimiento por vuestro esfuerzo y entusiasmo, levanto mi copa por el porvenir de esta Unión y su contribución al progreso de nuestra Comunidad Iberoamericana.

Muchas gracias.

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