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Palabras de Su Majestad el Rey en el Acto de Entrega del Premio "Miguel de Cervantes" a Francisco Umbral

Madrid(Alcalá de Henares), 23.04.2001

E

l nombre de Miguel de Cervantes se ha convertido en la mejor insignia de la lengua castellana. El autor del Quijote la utilizó con sencillez y profundidad regulando su uso para varios siglos, a la vez que creaba un nuevo género literario, la novela moderna, que hoy rige en buena medida los destinos de la literatura.

Nadie discute hoy este papel fundador de Cervantes, autor de la primera gran novela de la historia universal, que es el primer combate importante de la interioridad del espíritu contra la bajeza prosaica de la vida exterior. El texto cervantino abría las puertas de la modernidad al situar con precisión el lugar del hombre en el mundo, un lugar alto y difícil, y sin parangón en el universo de lo creado.

Genio magnánimo, poderoso, con la sonrisa a flor de labios y la mirada honda pero bondadosa, entregó Cervantes a las futuras generaciones un insuperable mensaje de cordialidad, de inteligencia, de fraternidad. Por eso se le ha llamado el más sabio de los hombres, porque pocos como él supieron transitar los círculos y laberintos del alma humana.

El Premio Cervantes rinde homenaje al genio que lleva su nombre, pero también rinde tributo a la lengua universal en que aquél dejó cifrada su genialidad, y a la tradición literaria de la que forma parte principalísima don Miguel. Lengua universal, lengua madre, lengua que suena con los más variados acentos en los territorios más diversos y alejados, pero lengua que es una por voluntad de sus hablantes, que la mantienen prodigiosamente cohesionada.

Los expertos se asombran ante esta unidad de la vieja lengua de Castilla, que permite a un campesino del altiplano de los Andes expresarse con palabras justas y certeras donde resuenan los viejos modos de la Edad de Oro de España.

Nunca fue la nuestra lengua de imposición, sino de encuentro; a nadie se le obligó nunca a hablar en castellano: fueron los pueblos más diversos quienes hicieron suyo por voluntad libérrima, el idioma de Cervantes.

Se sabe hoy que es a partir del siglo XIX cuando el castellano comienza verdaderamente su extraordinaria expansión, que no ha cesado de crecer. Y es la tradición literaria, al fijar los usos y embellecerlos, la que ha dado origen a su prodigiosa unidad.

Una tradición renovada siglo a siglo, que cantó con voz de bronce en El Poema del Mío Cid, se hizo son de letanía en las Coplas de Jorge Manrique, se volvió música melancólica en Garcilaso, habló con Dios ardiendo en la llama viva de Juan de la Cruz, se volvió piedra preciosa en Góngora, se hizo pasión de vida en Lope de Vega, desplegó su caudal de furia y sarcasmo en Quevedo, se convirtió en imagen del mundo en Galdós, por sólo citar algunos nombres, y ha sonado y resonado en el esplendor literario del siglo XX y ya también del XXI, a ambas orillas del Atlántico. La muy ilustre estirpe de los Premios Cervantes así lo corrobora. Recorrer la lista de sus premiados es recorrer una parte muy sustancial de la historia literaria del siglo XX en España y en América.

Hoy honramos a la literatura y a la lengua española en la persona de uno de sus más brillantes cultivadores contemporáneos, Francisco Umbral, que ha enriquecido nuestro idioma con acento personalísimo, transfundiendo al lenguaje literario el lenguaje de la calle, acercando los registros culto y popular, haciendo de su ritmo y construcción andaduras de seda por las que discurren sus imágenes y sus intuiciones del mundo.

Umbral levanta cada día, desde hace ya cuarenta años, un periodismo de calidad, por el que circulan la ambición y las intuiciones de la mejor literatura, y a la vez alumbra libros perdurables -novelas, memorias y ensayos- como "Mortal y rosa", "El hijo de Greta Garbo", "Trilogía de Madrid", "Leyenda del César Visionario", "Larra, anatomía de un dandy", además de muchos otros, más de cien, tan hermosos como a veces inclasificables.

Umbral es, él sólo, toda una biblioteca, todo un universo, al gran modo español, que sabe ser generoso y dadivoso. Es siempre escritor, a todas horas y en todo lugar. La literatura ha sido para él una vocación y una pasión. Nadie más lejos que Umbral del escritor accidental, ocasional. Toda su vida está presidida por el fervor de la literatura, por la voluntad de cifrar en palabras la compleja realidad del mundo.

El mundo se diría que está para ser escrito, y Francisco Umbral lleva escribiéndolo, descifrándolo, desde que era adolescente en su adoptiva ciudad de Valladolid y en su juventud y madurez madrileñas.

Por la extraordinaria riqueza de su escritura, por su condición de gran creador de lenguaje, por la tensa belleza con que nos ha conquistado a través de su palabra, Francisco Umbral se merece nuestra gratitud.

Esperamos, y aún diría que necesitamos, que nos siga enseñando y deleitando. Por muchos años.

Queda clausurado el acto de entrega del Premio de Literatura en lengua castellana "Miguel de Cervantes 2000".

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