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Palabras de Su Majestad el Rey en el homenaje a Don Miguel Delibes con motivo del "Día de la Fundación pro Real Academia Española"

Madrid, 15.04.2010

L

a celebración de este "Día de la Fundación pro Real Academia Española" me brinda, ante todo, la oportunidad de expresar mi agradecimiento a cuantos, patronos o miembros benefactores, ayudáis a hacer posible la gran labor que viene realizando nuestra Academia en colaboración con las Academias hermanas de América y Filipinas.

La Academia ha ido al encuentro del pueblo, al que en definitiva sirve, y el pueblo aviva cada día la conciencia de que la lengua -el español- es un patrimonio familiar de la comunidad, y de que esta Casa es su hogar: su laborioso hogar.

Una lengua y una Casa que tanto deben a Don Miguel Delibes quién nos dejó hace poco más de un mes. Acabamos de revivir su presencia conmovedora el día de la presentación de la "Nueva gramática". Sus palabras resuenan con sentido de testamento espiritual.

Nos pedía que nos esforzáramos en hacer llegar al pueblo, enriquecida, la lengua que nace del pueblo.

Ha querido nuestra Academia honrar en este día, junto con sus benefactores y amigos, la memoria del gran escritor. Un homenaje que se tributa a quien ha sido un hombre bueno, un castellano leal, un español cumplido, un literato cuya vida y obra pervivirán para siempre en nuestra memoria.

La Reina y yo, que hemos disfrutado desde hace muchos años y hasta susúltimos días de su gratificante amistad, nos asociamos de corazón a tan merecido homenaje.

Hace poco más de tres años, precisamente en el día de su cumpleaños, tuvimos la inmensa alegría de visitarle en su casa, en su Valladolid natal, para reiterarle todo nuestro afecto, admiración y gratitud.

Afecto, admiración y gratitud a un hombreíntegro y completo, ejemplo de grandeza de espíritu, de sensibilidad y humildad, en el que -como dije entonces- la palabra de bellos y nítidos trazos, nunca se gasta inútilmente, nunca ha sido vana, pues refleja y sirve al hombre en toda su dimensión.

Las manifestaciones de duelo que se produjeron a raíz de su fallecimiento demuestran hasta qué punto el pueblo lo sentía suyo.

En su libro de los "Claros varones de Castilla" reservaba Hernando del Pulgar el título de "hombre esencial" para aquel que no se preocupa de apariencias, ni gusta de ceremonias hinchadas. Antes bien, cultiva su mundo interior y, sin perderse en palabras vacías, busca servir con eficacia a los objetivos esenciales de lo humano.

Eso mismo fue lo que don Antonio Machado cifró en los conocidos versos de su "Retrato" al decir: "y más que un hombre al uso que sabe su doctrina, / soy, en el buen sentido de la palabra, bueno".

En esa línea de larga y noble tradición moral se inscribe la vida y obra de Miguel Delibes. Pocas veces se da entre ambos elementos -vida y obra- una trabazón taníntima como la que enél se advierte.

Julián Marías, que lo recibió en esta Academia en nombre de la corporación, afirmaba en su discurso: "Delibes siente pasión por la autenticidad de la vida, y horror por la convención, la falsedad, la compostura de fuera adentro, la máscara social".

Era cierto. A Delibes le gustaba repetir queél no era hombre ni escritor de ideas, sino de personas y de hechos. No es casual que en sus novelas la atención se centre en uno o dos protagonistas individuales.

Sobre ellos concentra su mirada para contemplar lo humano condensado, lo esencial de cada vida.

No le guía en ello un propósito de análisis psicológico, sino la radical voluntad de compartir la experiencia, de ponerse dentro de la conciencia del otro, y de acompañarlo en busca del camino que conduzca a la plena realización de su persona.

Uno de sus mejores lectores, Gonzalo Sobejano, ha escrito que "ese ritmo de la compasión -no un mero sentimiento sino un rico proceso literario- es la nota más peculiar y profunda que Miguel Delibes ha traído a la narrativa española de nuestro tiempo".

El que fuera director de "El Norte de Castilla", escribió desde la conciencia de que el novelista cumple su misión alumbrando la parcela del mundo que le ha caído en suerte, y de que aél le ha correspondido Castilla en toda su anchura.

Como dije antes ha sido un castellano leal, porque leal ha sido,-en su compromiso de autenticidad- con sus gentes y la tierra en la que viven, sobre todo con Valladolid pues Delibes hizo suyo el viejo adagio castellano "villa por villa, Valladolid en Castilla".

Su mirada sutil es la del cazador al que uno de sus personajes definía como "un hombre libre, tras un animal libre sobre una tierra libre", en diálogo y fusión con la naturaleza.

Pero, en definitiva, hoy quiero destacar también la lealtad que Miguel Delibes ha profesado a la lengua. Su capacidad, no de reproducirla, sino de recrearla es la que ha ensanchado esa palabra que su paisano Jorge Guillén definía magistralmente al pedir: "Dame tu palabra, Castilla, / que a la luz del sol se desnuda. / Ahí la mente más aguda / no agotará la maravilla".

En su variada literatura ha explorado la vida del campo y de la ciudad, la de los viejos labradores y la del mundo urbano, la de todas las edades, en fin, desde la niñez hasta la hoja roja y la vejez.

Miguel Delibes, que, según Marías, "ha considerado siempre la lucha fratricida como el verdadero enemigo, mucho más que cualquiera de los dos contendientes", nos ha legado una gran lección de la libertad de espíritu basada en la comprensión y el respeto al hombre. También la de la tolerancia y la concordia.

Miguel Delibes pudo recibir a la muerte con el señorío espiritual de otro castellano viejo, el Comendador don Rodrigo Manrique.

Así, "dio el alma a quien se la dio" rodeado de sus queridos hijos y nietos que nos acompañan, que siempre formaron una piña conél y con el recuerdo imborrable de su esposaÁngeles, arropado con el calor del pueblo y de cuantos le hemos querido.

Es mucho lo que nos deja Miguel Delibes; mucha la vida condensada en miles de páginas escritas.

Por ellas se mueven, al paso de la lectura, centenares de personajes que son buena parte de su biografía; en ellas vuelan perdices rojas y cantan pájaros de nombres y costumbres singulares; discurren ríos y riachuelos humildes...

Por todo ello, desde esta Real Academia que siempre será la suya, nos sale del alma decir:¡Miguel Delibes, gracias; muchas gracias!

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