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Palabras de S.M. el Rey en el acto de entrega del Premio "Cervantes"a Guillermo Cabrera Infante

Alcalá de Henares, 23.04.1998

U

n año más volvemos a reunirnos en el ámbito complutense por antonomasia, universitario y cervantino, para celebrar el nacimiento de nuestro escritor más universal entregando el Premio que lleva su nombre al escritor cubano Guillermo Cabrera Infante.

Entristece nuestra celebración la reciente desaparición de Octavio Paz, eminente gloria del pensamiento y de la literatura en lengua española, a quien tuve la satisfacción de entregar este Premio Cervantes en 1981 y a quien quiero dedicar hoy muy especialmente un emocionado recuerdo.

Festejamos hoy los despejados caminos de nuestra lengua, cada vez más extendida y mejor cultivada por sus hablantes y escritores, fundida en la fraternal unión de los pueblos hispanohablantes y embellecida por el encanto de los acentos americanos.

Esta mañana destaca de manera especial uno de ellos, el de la querida Cuba, al hacer entrega del Premio Cervantes a uno de los más conspicuos escritores que ha dado la Isla: el feliz autor de "Tres tristes tigres", monumento a la versatilidad de nuestro idioma, a su aguda comprensión del mundo, a sus infinitas capacidades de manifestación estética.

Este año de 1998 completa simbólicamente el ciclo de una década que ha visto nacer a la Comunidad Iberoamericana de Naciones y en la que hemos conmemorando el Quinto Centenario del Descubrimiento y, con él, el cimiento de la casa común que con tanto amor hemos ido construyendo.

Un hogar en el que hacemos realidad nuestros proyectos, y en particular el de una cultura orgullosa de sus raíces, nutrida de solidaridad, enamorada de la libertad, y que despliega su imaginación creadora al amparo y por el camino de nuestra lengua común.

Este espíritu late en la persona y la obra de Cabrera Infante, empezando por su relación con el formidable personaje histórico, cultural y literario de Cuba que fué José Martí. Recientemente han sido publicados sus "Diarios", con prólogo esclarecedor de nuestro autor, quien allí cuenta una emocionante historia: su maestro le regaló "La Edad de Oro", de Martí, con esta palabras: "Es para tí. Como premio a la excelencia".

Alegoría que repetimos hoy, día en que recibe este Premio también a causa de su excelencia como escritor y como hombre. Si Cabrera afirma que Martí es toda una literatura y siempre habrá una historia literaria, también es cierto que el autor de "La Habana para un Infante difunto" tendrá siempre lugar de honor en esa historia.

Y lo ha de tener, sobre todo, por los acendrados valores literarios, tan cubanos, tan hispánicos, tan universales que resplandecen en su obra, canónica y ejemplar, muy próxima y concordante con la cervantina por su capacidad de aunar, desde abiertos postulados personales, lo particular con lo universal.

A la sombra de Cervantes, a su modo y medida, también Guillermo Cabrera elige su ciudad y su país para transformarlos literariamente y, sin perder un adarme de su esencia particular intransferible, en ciudad y país universales y acogedores. Desde sus primeros textos, Cuba está presente. La Habana es el principio y fin de su andadura. Y pues tiene su residencia, desde hace años, en Londres, quizá convenga recordar las palabras de Dickens: "Comprendió que deseaba ser ciudadano del mundo".

Pretensión que Cabrera Infante realiza a través de una propuesta literaria convencida y convincente y una vocación insobornable y contrastada. Su vida es una permanente transferencia literaria de la realidad que a todos afecta, con la que ha creado un mundo complejo y atractivo en otra dimensión de la misma realidad que vive y transfigura. Su labor ha ido ahormando una lengua humanista y creadora, con la que vida, lengua y literatura constituyen un todo armonioso de necesaria y fecunda complementaridad.

La suya es una literatura que potencia el gozo sensible junto al placer de la razón, a través de dos caminos que, siendo paralelos, discurren en permanente contacto de experiencia y estímulos creadores. Y en esos caminos que se bifurcan, el humor tiene un papel preponderante.

En ocasiones utilizará un trabalenguas infantil con raíces populares, como en "Tres tristes tigres". Otras veces recurre a la cultura más elevada para transformar, con ingenio, un título musical y escribir "La Habana para un Infante difunto". Al cabo, un libro unívoco y proteico a la vez, como "Cine o Sardina", redunda en la misma fórmula: convertir en literatura de la más alta calidad todo aquello de lo que se ocupa y atiende, a través del prisma del humor directo, que provoca la risa franca y saludable. Pero también con fina ironía, propiciadora de la sonrisa, sin duda convencido de que, como afirmara Ortega y Gasset:, "la ironía es una forma superior de inteligencia". En definitiva, la palabra literaria, poética, creadora de Guillermo Cabrera Infante es la que le ha hecho digno merecedor del Premio Cervantes en este año significativo y prometedor de 1998. Una palabra que continuará roturando nuevos caminos y abriendo perspectivas nuevas para la Lengua Española, nuestro gran patrimonio común.

Empeño y trabajos que os propongo continuar con ánimo pleno de esperanza, para que el futuro sea cada vez mejor, mucho más comprensivo y humano.

Muchas gracias.

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