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Palabras de Su Majestad el Rey a los Reyes de los Belgas Balduino y Fabiola y al pueblo belga

Madrid, 26.09.1978

S

eñor, Señora, al acogeros hoy con la Reina Fabiola en vuestra primera visita oficial a la capital de España, quisiera hacerme intérprete de los sentimientos de todo el pueblo español, que estoy seguro comparte los que la Reina y yo abrigamos en este momento.

Sentimientos de alegría por vuestra presencia entre nosotros; de gratitud porque sabemos bien vuestro afecto y vuestra predilección por nuestro país; de orgullo, por la conciencia de haber podido daros, en vuestra augusta consorte, lo mejor de las virtudes del alma española, y de haber contribuido así a establecer, entre los pueblos belga y español, un vínculo de estimación recíproca que viene a renovar los que la historia había creado entre las dos naciones.

Hoy podemos leer esa historia con ojos desapasionados, con la serenidad que nos da la altura de los tiempos; y advertir con claridad el sentido de un pasado, en buena parte común, hecho de coincidencias evidentes en los valores espirituales y culturales, y también de inevitables fricciones en el desarrollo de la vida política y social. El matrimonio de la Reina doña Juana con Felipe de Borgoña abrió un período histórico en especial participación española en los asuntos europeos, que adquirió excepcional dimensión cuando, desde su nativa Gante, llegó a las playas de Laredo uno de nuestros más grandes monarcas, nuestro Carlos I.La vocación universalista estaba ya fuertemente implantada en el ánimo de los españoles con la empresa de los descubrimientos y la revelación del nuevo mundo, y por ello nuestro empeño europeo se realizó bajo el signo de la unidad, precursor del que, con diversos matices, anima al europeísmo actual. Carlos de Habsburgo sería también uno de los más grandes Emperadores y el protagonista de la titánica lucha por un concepto universal de la autoridad, concepto heredado del imperio romano, transfigurado por la teología medieval, y superado finalmente por la marea incontenible del crecimiento de los pueblos europeos, por el desarrollo en la propia España de una nueva filosofía jurídica y política, y por la conciencia nacional que despertaba en todas partes, transformando la fisonomía de nuestro continente.

Si traigo a la memoria ese período histórico que transcurre desde comienzos del siglo xvi hasta mediados del xvii y en el que nuestros pueblos y nuestros gobernantes jugaron un papel tan decisivo, lo hago por la fuerza de un paralelismo histórico que nos permitiría ver en los acontecimientos de hoy el renacer de una conciencia de solidaridad entre los pueblos y entre los Estados de Europa.

Si la crisis del universalismo en los comienzos de la Edad Moderna dio lugar a un sistema de cambiantes alianzas que contrapesaban la dinámica de los diversos centros de poder, la situación actual deberá conducir a una síntesis equilibradora, que indudablemente ha de poner a prueba la imaginación y la prudencia de los dirigentes europeos.

No cabe duda de que la experiencia dimanante de la II Guerra Mundial fue un acicate poderoso para la idea de una Europa unida. Yo quisiera rendir homenaje al protagonismo que destacados políticos belgas han tenido en ese proceso y en el impulso que le dio vida. Quisiera esperar, por otra parte, que no se realicen los temores de que ese impulso haya perdido fuerza, de que las rutinas o los intereses de corto alcance puedan convertirse en obstáculos para una acción política que hoy exige altura de miras y desinterés, con un cierto grado de acometividad en las iniciativas.

Cada momento tiene sus peculiares exigencias, y el que vivimos hoy reclama una utilización adecuada de los instrumentos políticos de que disponemos, para que sirvan más eficazmente a los fines que inspiraron su creación; y esto se aplica principalmente a los organismos internacionales europeos.

Recordemos que el Documento sobre la Identidad Europea de diciembre de 1973, integrante del acervo político de las comunidades, propugna la unidad de Europa como objetivo que se debería alcanzar antes del fin de la década de los setenta. Pues bien, al acercarnos al término de ese decenio ¿podemos realmente esperar la realización de tal objetivo, no por ambicioso menos necesario?

Las organizaciones multilaterales que tanto han contribuido al progreso y equilibrio de Europa son susceptibles de perfeccionamiento; pero cabe esperar que su adaptación a las nuevas necesidades no suponga un retraso del proceso unificador, ya que tal desaceleración tendría consecuencias desfavorables para el equilibrio político y económico de Europa.

Sabemos bien que en Bélgica se tiene una conciencia clara de este peligro, y por ello he querido expresar en vuestra presencia esta preocupación que sentimos en España, y no únicamente por lo que afecta a nuestro interés nacional, sino por nuestra conciencia de europeos y nuestro afán de contribuir positivamente a la tarea común.

No quiero dejar pasar esta ocasión sin reiterar nuestro agradecimiento por la acogida y el aliento que, desde un principio, hemos recibido de Bélgica en nuestra renovada vocación europeísta, con lo que vuestro país hace honor a su tradicional espíritu integrador y continúa el desempeño de un papel preponderante en la unificación de nuestro continente.

Mucho esperamos de Bélgica quienes sentimos la inquietud europea, tanto en el ámbito de las comunidades como en aquél, más extenso, de la seguridad colectiva y de la cooperación a escala continental. El interés español en estos campos nos ha llevado a aceptar con plena conciencia de la responsabilidad que ello comporta, la tarea de preparar y hospedar la sesión que en 1980 celebrará en Madrid la Conferencia para la Seguridad y la Cooperación en Europa. La colaboración y la experiencia de Bélgica serán un precioso auxiliar del que esperamos valernos para asegurar el éxito de esa reunión, que deberá consolidar y hacer progresar al llamado «espíritu de Helsinki», dando un sentido dinámico y activo al concepto de la distensión. España, como país huésped, no escatimará sus esfuerzos en ese sentido, y espera confiadamente que prevalezca una voluntad política constructiva por parte de todos los países miembros de la Conferencia.

Las relaciones bilaterales entre Bélgica y España, desde nuestro encuentro en Bruselas el pasado noviembre, han seguido desenvolviéndose bajo el signo de la amistad y la cooperación en todos los órdenes. Como entonces tuvimos ocasión de subrayar, nuestros pueblos se conocen hoy mejor y pueden confrontar sus experiencias y sus ideales a través de un complejo de relaciones diversificadas por la moderna dinámica social. Los intercambios comerciales y las inversiones ofrecen posibilidades de desarrollo prometedoras, lo mismo que las actividades de orden cultural. Se multiplican los contactos, no solamente a nivel de los gobiernos, sino también de las administraciones, de los medios económicos de los empresarios, de los intelectuales y artistas, de las fuerzas políticas, buscando nuevas vías de entendimiento y de iniciativas comunes. No podemos olvidar la presencia en Bélgica de tantos compatriotas nuestros que allí trabajan, encontrando acogida cordial y oportunidades de promoción y que contribuyen al progreso económico de vuestro país.

Bélgica y España, como lo pusisteis de relieve durante nuestro precedente encuentro, mantienen hoy puntos de vista convergentes y caminan en la misma dirección. Esta coincidencia, mutuamente enriquecedora, no es un hecho casual, sino el resultado de una común profesión de valores humanos, de una inspiración compartida, producto de hondas experiencias históricas, que nos avecinan por encima de las diversidades en el desarrollo de cada una, y de las que el vínculo familiar que os acerca al corazón de los españoles es el mejor y más cumplido símbolo.

Esperamos que esta visita vuestra a Madrid sea ocasión y sirva de estímulo para una profundización de las relaciones entre España y Bélgica y que contribuya a fomentar una colaboración cada vez más estrecha entre ambos países, en la seguridad de que esa colaboración, además de favorecer a las dos naciones, será un valioso elemento en servicio de la unificación de Europa, ideal que compartimos y cuya importancia hemos querido subrayar en esta memorable ocasión.

Invito a todos a que levantemos nuestras copas por la felicidad de Su Majestad el Rey de los belgas y de la Reina Fabiola, por la prosperidad de la nación belga, por la amistad perdurable de nuestros pueblos.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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