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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de Argentina Jorge R. Videla y al pueblo argentino

Argentina(Buenos Aires), 27.11.1978

S

eñor Presidente, señores miembros de la Junta, las relaciones entre dos pueblos que, como el argentino y el español, tienen títulos justificadísimos para llamarse y quererse como hermanos, configuran un manantial de inagotables posibilidades que sus gobernantes tienen la obligación de potenciar. El acontecer histórico nos ha vinculado desde el origen. Surgimos de las mismas fuentes biológicas, culturales y espirituales; tenemos un pasado común y compartimos una misma tradición.

La quiebra conceptual del antiguo régimen, al iniciarse el siglo pasado, significó para nosotros una profunda transformación de nuestros esquemas políticos, económicos y sociales, proyectando a un primer plano una concepción del individuo como ciudadano, titular de derechos, libertades y obligaciones, con el trasfondo de su igualdad ante la ley.

Las Cortes de Cádiz y el Cabildo Abierto de Buenos Aires fueron los dos clarines que, en función de esos nuevos planteamientos, prefiguraron a la vez nuestra existencia como naciones independientes y las aspiraciones ideales por las que habían de vivir y luchar nuestros pueblos.Reanudadas nuestras relaciones a mediados de la pasada centuria, Argentina no tardó en convertirse, para los españoles, en un auténtico mito de progreso y prosperidad.

La imaginación de los que, desde allí, soñaban con ella como tierra de promisión, quedaba luego refrendada por la realidad de las posibilidades que a su llegada encontraban. Como vuestro inimitable poeta puso en boca de Martín Fierro:

Tendiendo al campo la vista no vía sino hacienda y cielo.

Centenares de miles de españoles acudieron a esa poderosa llamada de la tierra argentina, sumaron su esfuerzo al gran proyecto nacional y se integraron con alma y corazón a sus destinos. Sus hijos engrosaron las filas de la ciudadanía argentina, dando pie a que España volviera a enorgullecerse de haber cooperado a vuestra realidad con su más preciada riqueza: los hombres y las mujeres de su gran diversidad regional.Por esa vía nuestra vinculación de hermandad logró un nuevo e invalorable impulso. Sobre ese trasfondo vital han discurrido nuestras relaciones de país a país.

Nuestros pueblos han vivido pendientes el uno del otro, celebrando como suyos los éxitos del hermano y solidarizándose en las dificultades. Han dado prueba constante de armonía y concordia, fieles al espíritu obligado de todo entendimiento fraternal.

Las técnicas de las comunicaciones y de los intercambios han compensado nuestro alejamiento geográfico. Se ha hecho posible el impulso a la cooperación técnica y comercial que exigían la cordialidad de nuestros sentimientos y la intimidad de nuestros vínculos. Hemos iniciado con buen pie el camino. Los niveles alcanzados son ya respetables. Pero queda aún bastante que recorrer para que podamos declararnos satisfechos.

Nos toca conseguirlo en medio de un mundo convulsionado y en crisis, en el que las técnicas desbordan todo control y hacen difícil su financiación; en el que las crisis económicas globales no alcanzan la debida respuesta; en el que los intercambios comerciales intensifican las desigualdades; en el que la convivencia ciudadana se distorsiona por el terrorismo.

Pero pienso, como José Hernández, otro gran poeta vuestro, que:

No hay tiempo que no se acabe ni tiento que no se corte.

Tan sólo tenemos que ver la manera de cortar mejor el aliento. A la vista de las dificultades, justo es confesar que el reto que se nos plantea puede atemorizarnos. Pero creo, también, que la historia nos ha dotado con los medios suficientes como para intentar enfrentarnos, constructivamente y con esperanza, a las complicaciones que nuestro mundo de hoy nos depara.

Estamos convencidos -y la experiencia histórica que está viviendo mi país lo atestigua-, de que el cambio es siempre posible a través de medios pacíficos, ya que los problemas aludidos pueden ser planteados y resueltos políticamente. De la misma manera, también estamos convencidos de que el orden político y la paz social no pueden tener otros fundamentos que la dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, y el respeto de la ley. Porque el orden puede y debe ser construido y defendido con procedimientos basados en los fines humanos del poder.

Una vez más, quiero proclamar que deposito mi fe en la solidaridad de los pueblos hermanos; en la gran comunidad de países que de ella pudiera y debiera surgir. Contamos con una singular tradición ética, históricamente formulada como aspiración conjunta. Nuestro pensamiento discurre por los canales de un mismo idioma, enriquecido por todos. Nuestra historia común se inicia con una misma concepción del hombre y de la vida, cuyo respeto sin quiebras nos devolvería hoy un sentido de grandeza que, a no dudarlo, actuaría como impulso motor. Gozamos, en fin, de una gran diversidad regional, tesoro cultural invalorable. Todo nos convoca a una acción comunitaria, que sólo espera que la potenciemos.

Estrictamente independientes, pero juntos y solidarios, podemos y debemos alcanzar ese nivel de decisión que hoy nos falta. Pienso que, en este mundo de rumbo disperso que nos ha tocado en suerte, se detecta sin gran esfuerzo el vacío de una comunidad de naciones y de propósitos, que sea capaz de implantar un modo de fraternidad a la que todo nos convoca.

En este sentido, deseamos proyectar el legado histórico de un pasado, vivido en común, en una realidad que gravite en forma operante y viva en el mundo actual, que nos sirva de estímulo para la búsqueda de formas concretas de cooperación entre nuestros pueblos. Y que nos sirva también para salvaguardar en nuestra área los supremos valores de la libertad, de la justicia y de la paz.

Entre nuestros pueblos todo es alma común, todo es espíritu de la misma civilización. Pero tenemos un deber que cumplir en el futuro y lo tenemos que cumplir con nuestras ideas y nuestras palabras. No debemos tener miedo al mañana, y debemos esforzarnos en la creación de una sociedad abierta en la que la libertad y la justicia florezcan con el acento puesto en la palabra hombre. Todo lo demás es perecedero, y ninguna culpa será más grave que olvidarlo.

Señor Presidente, señores miembros de la Junta, quiero dejar aquí, y con esas ideas, testimonio de nuestro agradecimiento al pueblo y al Gobierno argentinos, de la hospitalidad y de las atenciones que nos dispensan a la Reina y a mí.

Levanto mi copa con el ferviente deseo de una Argentina próspera, destino inconfundible que se encuentra en su propia esencia y en su voluntad popular. Como ya lo consignara ese gran pensador que compartimos españoles y argentinos: «El pueblo argentino no se contenta con ser una nación entre otras: quiere un destino peraltado...»

Que así sea.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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