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Palabras de Su Majestad el Rey en la cena de gala ofrecida en honor del Presidente de Rumanía, Sr. Nicolae Ceaucescu

Palacio Real de Madrid, 21.05.1979

S

eñor Presidente, en nombre de la Reina y en el mío propio os doy la bienvenida más afectuosa y cordial en compañía de la señora Ceaucescu y de los distinguidos miembros de la delegación rumana. Vuestra visita a España constituye un importante acontecimientos no solamente para el desarrollo de las relaciones entre nuestros dos países, sino también para la más eficaz colaboración entre España y Rumania en el escenario internacional.

Esta visita vuestra, señor Presidente, la esperábamos con particular interés. Han transcurrido ya dos años largos desde que se restablecieron las plenas relaciones diplomáticas entre nuestros dos países, las primeras entre España y un país del este europeo. Ya a raíz de aquel histórico acontecimiento habíamos convenido entrevistarnos, y tal propósito estaba a punto de cumplirse cuando un trágico accidente sísmico azotó vuestro país, haciendo necesaria vuestra presencia en las regiones afectadas. Quedó entonces aplazado el encuentro que ahora realizamos y que en este lapso de tiempo ha cobrado, si cabe, una trascendencia aún mayor.

Los acontecimientos del mundo en estos dos años han marcado profundos cambios, y se pueden ver con claridad aquellos campos en los que nuestra colaboración puede ser más fructífera. Rumania y España, dos potencias de magnitud media, pero con responsabilidades muy considerables en sus ámbitos regionales, están llamadas, por la geografía y por la historia, y también por la vocación y por el carácter de sus pueblos, a llevar a cabo una tarea importante, en la que sus esfuerzos concertados pueden rendir fruto considerable en beneficio de los propios pueblos y a favor del equilibrio de la zona continental y marítima que nos rodea.

No es simple retórica decir que España y Rumania son los pilares occidental y oriental de un mundo en el que se desarrolló la cultura grecolatina que constituye el fundamento de la moderna civilización europea. Hay un personaje histórico que simboliza perfectamente la simbiosis de nuestros dos países en el mantenimiento de esa cultura que representa un precioso legado para nosotros. El Emperador Trajano, nacido en Itálica, en el corazón de la Bética, fue quien extendió la cultura romana hasta los confines últimos de la Dacia, y quien, además, por su carácter de monarca magnánimo y respetuoso ante el supremo imperio de la ley, contribuyó con sus rescriptos imperiales a la formación de ese gran monumento civilizador que fue el derecho romano. Este ejemplo de soldado y legislador, que nunca traspasó los límites del poder personal más allá de lo que la ley y el interés público permitían, es una inspiración válida y un antecedente histórico que tenemos en común rumanos y españoles.

Los destinos posteriores de nuestras patrias tienen también rasgos comunes, ya que nuestra posición geográfica en las extremidades de lo que durante siglos se conoció como el mundo civilizado, hizo que tuviéramos que hacer frente a las invasiones exteriores, a través de largas luchas que forjaron la entereza del carácter de nuestros pueblos.

Un poeta español, Ramón de Basterra, que fue diplomático en Rumanía en los años difíciles de la I Guerra Mundial, dijo que vuestro país, síntesis de influencias orientales y latinas, ha creado un producto espiritual como esencia de esa síntesis, que es el sentimiento de la dignidad. Esa dignidad que caracteriza siempre la actitud del rumano ante cualesquiera circunstancias de la vida, y que parece armonizarse con la expresión de vuestros paisajes, con el colorido inconfundible de sus montes y campos, esmaltados de aldeas y ciudades que ofrecen al viajero un invariable gesto hospitalario.

Las virtudes de nuestros pueblos son el patrimonio con el que contamos para hacer frente a los problemas de nuestra época. Hoy nos encontramos con un mundo en transformación, pleno de oportunidades para lograr formas de convivencia que superen los modelos del pasado, y llenos también de desafíos que ponen a prueba la imaginación y la buena voluntad de los gobernantes.

Este mundo en transformación necesita ante todo la paz y la seguridad. Son ambas necesidades primarias para la vida de los pueblos, pero no basta concebirlas en forma negativa, simplemente como la ausencia de una guerra, sino que requieren un esfuerzo continuado y consciente, capaz de vencer las inercias que podrían volver a conducir el mundo a una confrontación armada de consecuencias irreparables. Lo mismo España que Rumania están desplegando ese esfuerzo, que en los foros multilaterales y en sus relaciones con los otros países les distingue como defensores de toda iniciativa encaminada a la consolidación de la paz y de la seguridad colectiva. Vos mismo, señor Presidente, habéis dado en múltiples ocasiones, y muy recientemente durante vuestra visita a varios países africanos, el ejemplo de una dedicación activa e infatigable a la causa de la distensión; a la defensa de los derechos inalienables de todos los pueblos a conducir sus destinos por la vía que mejor sirva a sus intereses, en plena posesión de sus recursos propios, liberados de las injerencias extrañas que se oponen al ejercicio de su plena soberanía.

El mundo actual necesita igualmente una verdadera solidaridad de intereses, que quizá pueda realizarse primeramente en marcos regionales, pero que por su propia naturaleza debe extenderse al ámbito universal. Ya han quedado atrás los tiempos en que un país podía progresar a costa de la indigencia y de la explotación de otros. La necesidad de un nuevo orden económico internacional es ya indiscutible, lo mismo que la promoción social y cultural de todos los pueblos, en igualdad de condiciones, en pleno respeto a sus características tradicionales y a los requerimientos de su desarrollo. También aquí nos hemos encontrado Rumania y España en el mismo lado, en la defensa de los principios que el derecho internacional ha establecido y consagrado para la protección de aquellos intereses.

Como partícipes en una herencia común, simbolizada por la comunidad de raíces latinas de nuestra lenguas, podemos hoy aunar nuestros esfuerzos para potenciar la acción de ambos Estados, tanto en las relaciones bilaterales como en los temas generales de interés común.

En el próximo futuro nos espera una tarea conjunta que puede y debe atender al mejor conocimiento mutuo, a la más frecuente y libre comunicación entre nuestras poblaciones, al incremento de los intercambios de todo orden, ya sea en la esfera comercial como en la cooperación técnica y en las actividades culturales. Ya se viene progresando en todos estos campos, pero aún queda un amplio margen hasta llegar al aprovechamiento óptimo de las posibilidades que se abren ante nosotros.

También en un futuro, relativamente próximo, tendremos ocasión de colaborar en un ámbito internacional de especial importancia, como es el que corresponde a la Conferencia para la Seguridad y la Cooperación en Europa, cuyos miembros se reunirán en Madrid, en el otoño de 1980. Los grandes temas de la convivencia internacional tienen su reflejo en el documento básico de esa Conferencia, el Acta de Helsinki de 1975, tanto por lo que respecta a la seguridad como a la colaboración, a las acciones humanitarias, el derecho de libre comunicación y el mantenimiento en general de los derechos individuales y sociales.

La reunión de Madrid es una oportunidad que no debe ser desaprovechada para el proceso de la distensión, cuyo avance es una necesidad primaria para la propia supervivencia de los países europeos. Ya en las anteriores sesiones de la Conferencia hemos colaborado y nos proponemos intensificar las consultas con vuestro país para la más adecuada preparación del encuentro en Madrid.

En el temario de la Conferencia hay un punto que nos interesa también a ambos particularmente, y es la distensión en la zona del Mediterráneo. Creemos advertir cierto desequilibrio en la atención que se presta al área continental y al área marítima de Europa cuando se trata de reducir el nivel de los armamentos. Sin embargo, la propia Acta de Helsinki ha proclamado que la distensión en ambas zonas está íntimamente ligada, y por ello parece oportuno recordar esta circunstancia y no olvidar los intereses de aquellos países que, sin ser europeos, son mediterráneos y se hallan tan próximos a nosotros.

Vuestra estancia en nuestro país, señor Presidente, que deseamos os sea grata, es una ocasión propicia para dialogar en profundidad sobre todo este conjunto de cuestiones, y estoy seguro de que ese diálogo se traducirá en iniciativas concretas que hagan aún más efectiva nuetra colaboración en beneficio de nuestros pueblos e igualmente, en la medida de nuestras posibilidades, en bien de una comunidad internacional, cada día más estrechamente interdependiente.

Con esa esperanza levanto mi copa para brindar por un futuro de bienestar y prosperidad para el pueblo rumano, por las relaciones entre Rumania y España, por vuestro bienestar personal, señor Presidente y señora de Ceaucescu.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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