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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad iberoamericana el Día de la Hispanidad

Valladolid, 12.10.1980

D

e nuevo estamos reunidos para celebrar el 12 de Octubre.

Pero esta comparecencia renovada no tiene el carácter rutinario de la costumbre, sino la fuerza creadora del rito.

Como en un rito nos juntamos uno y otro año todos los que tenemos la certidumbre de que el 12 de octubre de 1492 significó, en una u otra medida, un nuevo comienzo de nuestra historia.

Como en un rito oímos la voz mágica que nos llama a congregarnos, y como en un rito las palabras que pronunciamos, por repetidas que sean, por banales que parezcan, tienen un poder fecundo y configurador.

Ha sido nuestra voluntad que el presente año los actos conmemorativos del descubrimiento se celebren en esta muy querida ciudad de Valladolid.

Hemos querido demostrar así el respeto que la Reina y yo sentimos por su pasado, la admiración que nos producen las virtudes de sus hijos, el gozo que sentimos contemplando la belleza de sus monumentos. Y hemos elegido el marco de esta Universidad, la universidad municipal más antigua de España, para rendir desde aquí homenaje a los que desde ella fueron honor de España al enseñar y difundir sus saberes.

También ha obedecido nuestra elección a dos razones que, al constituir un símbolo, realzan nuestras palabras y nuestros actos.

Es la primera de esas razones la de ser Valladolid la ciudad que, tal vez en grado máximo, nos muestra las obras más esplendorosas del arte isabelino. Queremos ver en esas fachadas fastuosas de San Pablo y de San Gregorio, el espíritu de la gran Reina Isabel y deseamos rendirla así nuestro emocionado recuerdo.

Queremos ver también en la riqueza imaginativa y fantástica de la composición de esas portadas, el anuncio barroco desbordante, que vuestros artistas labraron en piedra y en oro en tierras americanas.

Es la segunda razón el que aquí vivieran sus últimos días, tanto Cristóbal Colón como Miguel de Cervantes.

Si es verdad, como afirma André Malraux, que tan sólo la muerte convierte la vida del hombre en destino, fue esta ciudad de Valladolid la que, al contemplar el último suspiro de sus dos más egregios ciudadanos de todos los tiempos, iba a sellar su destino, que es también el común a todos los que nos encontramos aquí reunidos: el vuestro, americanos, y el nuestro, españoles.

Porque americanos y españoles compartimos la convicción de que nuestro común destino histórico está fundado sobre la lengua y sobre el descubrimiento.

Refuerza este convencimiento la afirmación que os hacía al principio de que este rito, que uno y otro año celebramos, nos une en una comunión sagrada de lengua e historia.

Yo quisiera recordaros la proximidad, que parece extraña proximidad, de dos fechas del reinado de los Reyes Católicos: el 2 de enero y el 12 de octubre del mismo año de gracia de 1492.

Esas dos fechas, que ningún español olvida, son la de la toma de Granada y la del descubrimiento de América.

La una precedió a la otra, como la causa al efecto, porque la historia puede parecer incomprensible, pero nunca es gratuita.

El final de la Reconquista con la toma de Granada precede a los viajes de Colón: la unidad es la condición necesaria en la realización de un destino histórico. La unidad es la confluencia de las fuerzas, de los impulsos y de los objetivos: es, sobre todo, la creación de la paz, porque significa el cese de las desgarraduras y de los enfrentamientos: de los egoísmos y de las violencias. En la paz el bien de todos prevalece sobre el de unos pocos.

La unidad y la paz significan que todas las fuerzas convergen hacia una meta común, por todos deseada, pero por nadie impuesta. La fecha del quehacer español apunta en ese siglo XV hacia Granada primero, y hacia la mar océano, después. ¿De dónde surge? Del arco tenso de la voluntad unida de todos los españoles.

El 2 de enero de 1492 es la culminación de la Reconquista. Vista así, en un escorzo histórico violentado, se nos presenta en los manuales de historia como una estrategia de siete siglos que hubiese ido realizando, sin desfallecimientos, un plan preconcebido.

España, realidad histórica milenaria, dotada ya de sus características esenciales por Roma, habría sido invadida en el año 711 y hubiese ido emergiendo de nuevo, poco a poco, en una pleamar española que hubiera ido rechazando al invasor musulmán hasta el triunfo final. No es así, nos dicen algunos historiadores. Eso que llamamos España romana, eso que llamamos España visigoda, no eran todavía España. España no es otra cosa que la resultante de ese encuentro siete veces secular -unas veces pugnaz, otras pacífico y siempre fecundo- con el Islam.

Pensamos que esto es verdad si nos referimos sólo a la aparición de la nación española como articulación política. España fue ciertamente alumbrándose con lentitud en los duros, ásperos y siempre creadores años de la Edad Media y se constituyó como nación, esta vieja y hermosa nación que tanto amamos, en 1492. Pero si tras siglos de combate, se constituye en nación, en unidad política, es porque antes, mucho antes, existía como unidad cultural, como conciencia profunda de solidaridad y quehaceres comunes.

«La unidad hispánica -dice el maestro Sánchez Albornoz-, alcanzada tras un lentísimo proceso de unificación en el curso de los novecientos años que duraron las dominaciones romana y visigoda, se quiebra en pocos años como infausto corolario de la invasión árabe de España. El más amargo fruto de la presencia del Islam en la península, la más grave consecuencia del enfrentamiento de cristiandad e islamismo en el viejo solar de Hispania, no fue ésta o la otra de las múltiples facetas del vivir hispano, en las que son evidentes las huellas de la pugna o del contacto -más de la pugna que del contacto como queda probado- de los dos credos y de las dos culturas, islámica y cristiana, sobre la rugosa tierra de España. Fue la crisis total, absoluta, tremenda -por siglos duradera- de la unidad peninsular. Fue el retroceso, sin par en occidente, del caminar de una comunidad histórica hacia su unidad nacional. Fue el formidable paso atrás dado por España en su historia».

De este formidable paso atrás fue sacada España en 1492 por los Reyes Católicos, gracias a la unidad política, en la que todos los pueblos españoles: gallegos, asturianos, vizcaínos, guipuzcoanos, alaveses, andaluces, extremos, mallorquines, sin perder su personalidad y gracias a la paz instaurada, encontraron el comienzo de su destino histórico.

Y una de las dimensiones esenciales de ese destino se llamó América.

Los hombres de nuestro tiempo estamos hechos para mirar a la realidad cara a cara. No se trata, pues, de escribir la historia con complacencia, sino de restablecer la verdad, cuando haya sido tergiversada y aceptarla, si es dura, con dignidad.

Ningún español de mi generación se empeñará, por tanto, en ocultar y, lo que es peor, en ocultarse a sí mismo, las sombras que pueden oscurecer el período colonial de la historia de vuestros países americanos: pero si queremos ser honrados, tenemos que reconocer que España llevó a América un orden universal.

Leemos en Octavio Paz: «La superioridad técnica del mundo colonial y la introducción de formas culturales más ricas y complejas que las mesoamericanas, no bastan para justificar una época. Pero la creación de un orden universal, logro extraordinario de la colonia, sí justifica a esa sociedad y la redime de sus limitaciones. La gran poesía colonial, el arte barroco, las Leyes de Indias, los cronistas, historiadores y sabios y, en fin, la arquitectura novohispana, en la que todo, aun los frutos fantásticos y los delirios profanos, se armoniza bajo un orden tan riguroso como amplio, no son sino reflejos del equilibrio de una sociedad en la que también todos los hombres y todas las razas encontraban sitio, justificación y sentido».

Aquella sociedad era una totalidad viva, contradictoria tal vez pero que creó un estilo de vida, una sociedad regida por principios jurídicos, económicos y religiosos plenamente coherentes, que creaban un sistema de relaciones armónicas entre las partes y el todo.

Un día vuestros pueblos llegaron a madurar y por todo el continente resonó la palabra mágica de «libertad».

Desgraciadamente junto a la libertad llegaron las guerras civiles con su cohorte de ruina, desolación y fraccionamientos infinitos.Vuestro Bolívar, nuestro Bolívar -me gusta repetir que nuestros conquistadores son vuestros, como nuestros son vuestros libertadores- soñó el sueño de la unidad americana.

El 8 de enero de 1822 escribía sobre ello a San Martín, a O'Higgins y a Martín Rodríguez y les decía: «Nos falta poner el fundamento del Pacto social que debe formar de este mundo una Nación de Repúblicas».

En su mensaje a Pueyrredon de 1818 escribía: «Una sola debe ser la patria de todos los americanos ya que en todo hemos tenido una perfecta unidad».

Bolívar soñaba con la nación de repúblicas, con la unidad política, porque España había dejado, como legado histórico, esa totalidad viva, esa «perfecta unidad» de que os hablaba antes.

España había fraguado su unidad política en 1492 porque muchos siglos de vida en común habían ido creando una conciencia de comunidad y de solidaridad indestructibles. Cuando esa vida en común se vio anegada por la invasión islámica, sólo unas décadas después, en el siglo ix, se confía ya en que, conforme a muchas revelaciones y proféticos anuncios, pronto reinará Alfonso III en toda España y se recobraría la unidad perdida. ¡Sueño de Alfonso III! ¡Sueño de Bolívar!.

Sueños proféticos. Los sueños de unidad nunca son sueños perdidos, cuando los pueblos que sueñan, aunque vean esa unidad amenazada o rota, han sido fraguados, como es vuestro caso y el nuestro, en un anhelo de universalidad y en una fortísima conciencia de comunidad.Los pueblos de Hispanoamérica verán pronto hecho realidad espléndida el sueño bolivariano.

Ya está América grávida de ese futuro de plenitud unida y por eso se viven ensayos de integración.

Estad seguros de que España dará cuanto pueda para que toda integración sea el cumplimiento del sueño hispanoamericano.

Para ello es necesario, sobre todo, que renazca la paz en todas nuestras tierras. ¡Cese de una vez tanta sangre inútil! ¡Acabe la violencia vesánica! Impidamos que el odio se enseñoree de nuestros pueblos, no dejemos que sobre nosotros se siga proyectando la sombra de Caín.

En la unidad y en la paz está la verdad de nuestro porvenir y no olvidemos que, como decía Vasconcelos, «la América Española es lo nuevo por excelencia, novedad no sólo de territorio, también de alma».

Y nosotros tenemos fe, fe infinita, en esa alma de América, madre de nuestro futuro.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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