Omitir los comandos de cinta
Saltar al contenido principal
Jarduerak eta agenda
  • Escuchar
  • Imprimir la página
  • Enviar a un amigo
  • Suscribirse al RSS de la página
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en Twitter
  • Compartir en Linkedin
  • Compartir en Google+

Palabras de Su Majestad el Rey a las Fuerzas Armadas en la Pascua Militar

Madrid, 06.01.1980

Q

ueridos compañeros, esta tradicional conmemoración de la Pascua Militar, iniciada en 1792 por Carlos III, Rey de las Españas, me permite reuniros de nuevo aquí, en la festividad de la adoración de los Reyes Magos, para transmitiros mi felicitación más sincera y pediros que la hagáis llegar a cuantos jefes, oficiales, suboficiales y tropas forman los Ejércitos y las Fuerzas que hoy representáis.         Agradezco profundamente las palabras de lealtad y los deseos de felicidad que acaban de ponerme de manifiesto el Vicepresidente Primero del Gobierno y el Ministro de Defensa. Tanto más cuando esa atención se me da por añadidura, ya que quiero dejar constancia de que el objeto primordial de este acto estriba en la gozosa obligación que me compete, como continuador de mis antecesores en el Trono, de expresaros a todos mis mejores votos para el año que comienza y mis sentimientos de gratitud por vuestros servicios durante el que acaba de terminar.

Constituye, además, para mí esta ocasión un motivo de alegría, puesto que me proporciona la oportunidad de disfrutar con vosotros estos momentos de camaradería y de unión.

Porque sabéis de sobra que nunca me siento extraño entre los que integráis los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire y las Fuerzas de Seguridad, sino estrechamente unido a quienes ahora estáis aquí presentes y a aquellos otros que, desde los más altos grados hasta las categorías más modestas de la milicia, se encuentran en estos instantes repartidos por el territorio de nuestra patria, entregados a ella en sus afanes y en su veneración.

No me siento extraño en vuestra compañía, ni mi función se limita a ser vuestro Rey y a ostentar el mando supremo de las Fuerzas Armadas. Soy también vuestro compañero.

Vuestro compañero, con todo el emocionante y hondo contenido que esta palabra encierra en el ámbito militar.

Compañerismo significa comunicación, identificación, transmisión recíproca de ideales y de sentimientos, compenetración, cariño y respeto.No es incompatible con la jerarquía, como instrumento que asegura la subordinación y constituye la base de la obediencia. Antes al contrario, en el compañerismo se centra la comunión espiritual de cuantos -cada uno desde su puesto y su categoría- hemos hecho del servicio a los ejércitos y a España el objeto de nuestra existencia.

Por eso me siento uno más entre vosotros.

No sólo por el alto deber que la patria me exige, sino porque mi juventud se ha formado, como la vuestra y junto a muchos de vosotros, en esas academias militares, donde se rinde culto a unas virtudes y se imprime un estilo que no se modifican por el transcurso del tiempo ni por los cambios que en la sociedad puedan producirse.

En mi corazón, en todo mi ser, vibra junto al amor a la patria el espíritu militar, y me siento siempre identificado con mis compañeros de la milicia; con vuestras preocupaciones, con vuestras penas, con vuestras satisfacciones y con vuestras esperanzas.

Así, cuando os veo alegres, yo me alegro. Cuando os siento tristes, yo me entristezco.

Y todas, absolutamente todas vuestras inquietudes; todos, absolutamente todos vuestros problemas gravitan sobre vuestro Rey y Capitán General -sobre vuestro compañero- con la misma intensidad por vosotros sentida.

En mis frecuentes contactos con los componentes de las Fuerzas Armadas, que tanto me complacen, encuentro la feliz oportunidad de intercambiar esas impresiones sinceras y auténticas en las que el compañerismo se fundamenta.

Y con base en ese mismo compañerismo respetuoso y entrañable, yo quisiera conocer siempre vuestros sentimientos y haceros conocer los míos, en un intercambio espiritual que nos una y nos identifique en las bases fundamentales de nuestros deseos, de nuestros propósitos, de nuestras ilusiones.

He sentido el dolor más intenso, con vosotros compartido, cuando compañeros nuestros han caído vilmente asesinados.

Comprendo el sufrimiento y la indignación de los que, desde el momento en que abrazáis vuestra noble profesión, estáis dispuestos a entregar vuestras vidas a la patria: pero que no podéis explicaros la cobardía, la traición y la inutilidad con que se arrancan esas vidas, desde siempre ofrecidas para realizar las más altas empresas.

Comprendo, repito, vuestro sentir y admiro vuestra serenidad, vuestra calma, vuestro patriotismo y vuestra disciplina, cuya espontaneidad hace innecesaria su exigencia.

Pero que nadie utilice vuestra noble actitud como instrumento a emplear en el sentido que a cada uno convenga; que nadie os identifique con sus propios intereses u os excite a protagonismos inoportunos; que nadie interprete vuestro silencio como signo de que no tenéis nada que decir; que nadie confunda la serenidad con la inhibición ni la calma con la apatía; que nadie, en fin, olvide que la disciplina inspira tanto prudentes abstenciones como puede impulsar actuaciones decididas si se determina -por quien legal y constitucionalmente debe hacerlo y no en virtud de interpretaciones subjetivas- que están amenazados los valores esenciales cuya defensa os encomienda nuestro ordenamiento jurídico.

Desde el mismo instante que fui proclamado Rey quise serlo de todos los españoles sin excepción alguna. De todos los españoles que se sientan tales y estén dispuestos a vivir dentro de aquel ordenamiento, dentro de un Estado de derecho.

Todos sois para mí el objeto de mi atención y de mi afecto. El espíritu de servicio, el cumplimiento en el deber, el sacrificio, la dedicación y la entrega al trabajo no son obligaciones privativas de la milicia ni exclusivas de un grupo social determinado. Pero como dijo un escritor español- «lo militar es lo humano colectivo elevado de tono, tendido como un resorte puesto en tensión por la elevación del potencial que supone el cercano contacto con esa exaltación de toda la vida que es la muerte».

Estáis siempre dispuestos a darlo todo sin pedir nada.

Por eso hoy, especialmente, quiero que recordemos juntos a los que murieron en cumplimiento del deber. Ellos fueron, ellos son y serán para todos nosotros el ejemplo de ese dar sin pedir. Y ese gran silencio, esa serenidad de quienes saben tragarse las lágrimas; ese callar de las familias que se resignan, aunque sea difícil su consuelo; que sufren aunque no hagan ostentación clamorosa de su dolor, constituye una norma de conducta de la que toda España debe extraer una lección a seguir, una disciplina a imitar.

La disciplina -que en su origen significa aprender- es una actitud de relación, que supone la existencia de discípulos y de maestros, de quienes obedezcan y de quienes enseñen a obedecer y sepan mandar.

Esta es la razón de que la obediencia del inferior en grado al superior, sea el principio esencial de la subordinación y encierre en sí la confianza en el mando y la necesidad de que éste se haga digno de esa confianza.

Y este magisterio de la disciplina, ejercido por todos los escalones de quienes constituyen las Fuerzas Armadas, es el que os pido que mantengáis siempre para no contradecir aquella frase de un santo, recogida por Juan Ginés de Sepúlveda:

«La mayor alabanza de la milicia es ésta: el mostrar obediencia a la utilidad pública y sujetarse a cuanto para ésta se mande».

Os exhorto también a que continuéis siendo el justo medio, el punto de equilibrio entre los exagerados movimientos pendulares a que a veces conduce el apasionamiento de nuestra raza.

Os encarezco que permanezcáis firmes en el cumplimiento de vuestros deberes. Firmes como el centinela que tiene muy clara su consigna y que ha de cumplirla por encima de tentaciones y de asechanzas, de halagos y de críticas, de ataques abiertos o de arteras emboscadas. Por encima, incluso, del instinto de conservar la propia vida.

La milicia ha de ser en sus fines, en sus hombres y en sus actuaciones, diáfana, sencilla y rectilínea. No caben en ella ni la confusión ni la duda, ni la ira ni el conformismo, ni la irritación ni el espíritu pusilánime.

La ecuanimidad, la mesura y la templanza de la que en todo momento dais muestra es un ejemplo que os agradezco y que me obliga a devolvéroslo con mi entrega absoluta y constante al bien de España, con el mismo equilibrio y con igual altura.

En esta época de dificultades, generalizadas a escala mundial, de rápidos avances y de necesidades apremiantes, cuando todos debemos unirnos para encontrar soluciones, sigamos también todos fieles a nuestra dedicación, a nuestro trabajo, a nuestra entrega. Pensemos en la supremacía de las obras sobre las palabras, porque las palabras sólo son útiles si contienen ideas importantes y únicamente son importantes las ideas cuando pueden llevarse a la práctica para conseguir resultados posibles, convenientes y comprendidos dentro de las leyes que han de regular todas nuestras actividades.

No perdamos el tiempo con palabras vacías, con actitudes falsas, con conceptos inactuales o manifestaciones que puedan inducir a interpretaciones dudosas.

Nuestro camino, el camino de las Fuerzas Armadas, es evidente:

Cumplamos con espíritu de sacrificio, con disciplina y abnegación, unidos en el más estrecho compañerismo, los deberes que en orden a la consecución de aquella utilidad pública hemos de compartir con el pueblo español. Porque el ejército es el pueblo, nace del pueblo y defiende a la patria, que es el pueblo y sus pueblos.

Los deberes que se encierran en nuestras Reales Ordenanzas cuando dicen que «la defensa nacional es obligación de todos los españoles. Las Fuerzas Armadas, identificadas con los ideales del pueblo español, del que forman parte, al que sirven y del que reciben estímulo y apoyo, son elementos esenciales de aquélla en su alerta permanente por la seguridad de la patria».

Los deberes que señala la Constitución española:

«Garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional».

En esta garantía y en esta defensa me siento más identificado con el pueblo español, me siento más identificado con vosotros que nunca, y pienso que es donde más aplicación tiene el concepto _asimismo constitucional_ que me encomienda el mando supremo de las Fuerzas Armadas.

Porque para mantener la unidad de España, el respeto a sus símbolos y la observancia de la Constitución contaréis siempre todos, contará siempre España, con el Rey, que se honra en estar al frente de los ejércitos.

Su fortaleza material y espiritual, vuestra unión estrecha e indisoluble constituyen la más segura garantía de la paz.Esa paz, en la que, al comenzar el nuevo año, con optimismo e ilusión, ciframos nuestras esperanzas.

Y al reiteraros mi gratitud os repito también, en esta Pascua Militar, para vosotros y vuestras familias, la felicitación más afectuosa, con un abrazo cordial.

¡Viva España!

Itzuli Hitzaldiak atalera
  • Escuchar
  • Imprimir la página
  • Enviar a un amigo
  • Suscribirse al RSS de la página
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en Twitter
  • Compartir en Linkedin
  • Compartir en Google+