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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad académica al entregar el Premio Cervantes a Octavio Paz

Madrid(Alcalá de Henares), 23.04.1982

H

ay días que presentan una luminosidad especial, un simbolismo característico. Y estos veintitrés de abril en los que anualmente venimos reuniéndonos en este marco de la Universidad de Alcalá de Henares para la entrega de los Premios «Miguel de Cervantes» tienen ya un definido carácter, que bien pudiera calificarse de plenitud primaveral.

Son momentos en los que es permitido y casi obligado, ante un futuro incitante, mirar atrás para reflexionar, tanto sobre la tarea que nos espera como sobre la responsabilidad que el pasado ha puesto sobre nuestros hombros.

Porque existe el peligro de que la costumbre o la rutina nos hagan olvidar que actos como éste no pueden improvisarse ni celebrarse en cualquier parte. Nos respaldan cuatro siglos de gestación, con sus luchas, sus caídas y su grandeza. Todo lo cual es necesario asumir, porque conforma nuestra historia, nuestra personalidad.

Quiero llamaros la atención a los hombres de letras sobre esta responsabilidad, que a todos nos incumbe como hispanos y que a nadie cedo desde el punto de vista de un firme y arraigado compromiso de fidelidad.

Pero al mismo tiempo que la consideración del pasado nos vincula, pasa ante nosotros la visión diaria -con frecuencia cruel- de los acontecimientos que se suceden en el mundo, de los que naturalmente nos afectan y muy especialmente los que se desarrollan en nuestro propio suelo y en el de las naciones hermanas.

Y es a partir de la confluencia de estas dos realidades: nuestra común cultura, fruto granado de un largo proceso, y nuestra sensibilidad responsable de hombres valientemente encarados a un porvenir que es necesario mejorar desde ahora día a día. En ello me baso -como Rey de España y como ciudadano orgulloso de la comunidad a la que pertenezco- para pedir a todos un supremo esfuerzo.

Un esfuerzo de tan intenso carácter innovador como preciso sea, para buscar en nuestras comunes raíces históricas respuestas _que sin duda las hay y tan válidas o más que en cualquiera otra cultura_ respuestas claras, concretas y eficaces para una convivencia más justa, para una tarea común y generosa capaz de colaborar en el logro de un bienestar exigido por la dignidad humana para todos y cada uno de los habitantes de la hispanidad y del mundo, para una ilusión de trabajo, de perfección y de mutuo respeto.

Hombres empeñados en esta tarea, primero con el apasionamiento propio de la juventud, luego con la serenidad de la madurez, como es el caso de Octavio Paz, constituyen vivo ejemplo de lo que supone dedicar una vida al servicio de un alto ideal.

Que nuestra comunidad siga enriqueciéndose con su trabajo es el don que hoy -como Rey de España, y al hacerle entrega de este Premio cimero- le agradezco, al mismo tiempo que le felicito muy cordialmente.

Como poeta y meditador de bella prosa, cabe reconocer en él la superación de las ideologías y la capacidad de síntesis para asumir sin complejos esta herencia hispánica en la que han de encontrarse anchas vías para la vigencia de una tradición cultural más y más comúnmente participada.

Me permito apropiarme estas palabras reveladoras de Octavio Paz: «Necesitamos nombrar nuestro pasado, encontrar formas políticas y jurídicas que lo integren y lo transformen en una fuerza creadora. Sólo así empezaremos a ser libres.»

Si «la pluma, en palabras de Cervantes, es lengua del alma», he aquí proclamado un mensaje del espíritu hispánico, formulado por un escritor de dimensión universal, al que merece la pena dedicar la vida.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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