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Palabras de Su Majestad el Rey a los asistentes al Acto Europeísta

A Coruña(Santiago de Compostela), 10.11.1982

S

antidad, hemos llegado aquí como peregrinos y viajeros a este Santiago de la tradición, a través de caminos y circunstancias distintas, procedentes de diferentes lugares. Hombres y mujeres de Europa entera, católicos los más, y todos deseando poseer y confirmar esa buena voluntad que es síntoma de acercamiento a la realidad cristiana. Nuestra aspiración sincera es llenarnos de esperanza para cumplir con realismo responsable nuestro quehacer en este mundo en que vivimos y que sabemos sólo puede construirse y consolidarse con el trabajo, la fe y el sacrificio de cada día.

Formamos parte de una Europa que en ciertos aspectos progresa y se enriquece cultural y económicamente. Nos sentimos depositarios de una formidable herencia de la que, no podemos ocultarlo, hemos dilapidado buena parte. Somos testigos de nuestro tiempo, de sus avatares y de sus ilusiones, de su egoísmo y de su generosidad. Y vivimos momentos en los que cada vez parece más fuerte la tentación del escepticismo. En muchos ambientes ha arraigado la incertidumbre moral que se agrava desgraciadamente por el culto al obsesivo bienestar material.

Otros hechos adversos se suman: las dificultades por las que atraviesa la familia, la negación en ocasiones del derecho a la vida, las divisiones de una Europa que en un tiempo estuvo unida por las mismas raíces culturales y religiosas, las desigualdades económicas que constituyen una amenaza permanente, la dificultad por encontrar una ocupación que se presente, incluso, desde el momento de la inicial búsqueda del empleo. Hasta la ciencia, cuando no es utilizada para el bien del hombre, y, sobre todo, esa plaga del terrorismo, siempre inhumano, inútil e intolerable del que por desgracia tenemos en España tan recientes y dolorosas manifestaciones y contra la que es preciso luchar unidas las naciones y los hombres hasta desarraigar sus criminales propósitos.

Pero no sólo contemplamos desgracias ni somos únicamente agoreros del pesimismo. Sabemos que hay muchos hombres y mujeres que trabajan a favor de la constitución de una Europa cada vez más libre, más justa y más solidaria. En universidades, centros culturales y asociaciones de diversos tipos, que surgen muchas veces de la libre iniciativa social, nos esforzamos en encontrar una luz más clara, una verdadera orientación que nos ayude a custodiar y a incrementar los valores que satisfacen profundamente el corazón y la inteligencia de los hombres.

No nos es posible olvidar el dato histórico. Las cotas más altas de la cultura europea han coincidido con el florecimiento de los valores espirituales, y en lo negativo es también una constante de la historia que la decadencia en la sociedad está precedida por la disminución de la confianza en el destino trascendente del hombre.

Parece que existe un estrecho lazo entre la fe y la generosidad. De la fe surgieron en Europa una multitud de instituciones en el campo de la educación, de la beneficencia y de la asistencia social.

Como Su Santidad ha expresado en diversas ocasiones, existe una vinculación fundamental entre el mensaje de Cristo y lo que de más profundo late en el corazón humano. Y este vínculo es a su vez creador de cultura.

Quienes aquí nos hemos reunido, en representación de las más diversas instituciones europeas o en nombre propio, esperamos como cristianos, como hombres de buena voluntad, esa luz que la Iglesia ha sabido proyectar, obedeciendo a Cristo, sobre las realidades del mundo.

Santiago de Compostela, que fue meta de la historia, puede ser ahora principio de una Europa nueva, que debe nacer insertando el espíritu de Cristo en la misma entraña del mundo. Queremos, Santidad, que vuestra palabra sea inspiradora de un trabajo continuo y positivo, realizado sobre la base de la libertad y de la responsabilidad personal; un trabajo que no deje nunca de considerar la suprema importancia de los factores espirituales.

Al terminar hoy vuestra estancia en nuestra patria queremos agradeceros, Santidad, no sólo la gracia de vuestra visita, sino la trascendente doctrina que durante ella habéis impartido a los españoles y el ejemplo vivo de vuestra fortaleza y de vuestro entusiasmo. Gracias, Santidad, por esa siembra espiritual que dejáis en nosotros como un mensaje de esperanza y que, sin duda, ha de fructificar gozosamente en estas viejas tierras de España y en los corazones de sus hijos.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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