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Palabras de Su Majestad el Rey al Cuerpo Diplomático

Madrid, 22.01.1982

A

gradezco vivamente y aprecio vuestras amables palabras, así como los votos que en nombre propio y en el del Cuerpo Diplomático acreditado en Madrid me hacéis llegar al comenzar 1982 y la felicitación que con tal motivo me dirigís.

En este encuentro inicial del año, ya tradicional, quiero yo también expresaros mis mejores deseos personales de paz y ventura para vosotros, para los Jefes de Estado que aquí representáis y para vuestros respectivos pueblos.

Estos deseos tienen una significación especial en un año que se presenta con sombríos problemas en múltiples áreas. Confío plenamente, lleno de esperanza, que en un vasto esfuerzo de humana solidaridad y de verdadera colaboración consigamos entre todos que las tensiones se reduzcan, que las dificultades se superen y que el entendimiento y el buen sentido prevalezcan finalmente en un mundo más justo, más libre y más feliz.

Señores Embajadores, muchos de vosotros habéis sido testigos de excepción del camino emprendido por España desde hace unos años, en el orden interno, pero también en el de las relaciones internacionales. Permitidme que haga ahora una breve reflexión sobre el sentido último de esta trayectoria de mi país, reencontrándose de nuevo consigo mismo, se propone ocupar el lugar que le corresponde en el mundo de hoy.

España, fiel a la realidad de su historia y de sus tradiciones, fiel a la vocación de su pueblo y a las exigencias de su geografía, con una voluntad manifiesta de participación y de convivencia en la paz, comienza a ser un agente activo de la idea de unidad en Europa, que constituye su entorno más inmediato y del que necesariamente se siente más próxima. Y está dispuesta, asimismo, a tomar parte decidida en el tratamiento de los grandes temas internacionales.

Esta decisión de actuar más allá de nuestro campo interno y de contribuir con aportaciones reales y eficaces al mejor planteamiento de los problemas comunes, en Europa y en el mundo, lleva aparejada la necesidad por nuestra parte, de una más clara definición, tanto en lo que se refiere a los aspectos políticos y económicos, como al de la seguridad colectiva.

Por eso España está trabajando con tanta esperanza y dedicación en el Consejo de Europa, y avanza cada vez más en el gran ideal europeo. Y así ha aceptado no hace mucho la posibilidad de que sean presentados ante sus organismos recursos individuales respecto al cumplimiento del Convenio Europeo de Derechos Humanos y Libertades Fundamentales, de acuerdo con su artículo 25.

Por eso también se han dado pasos positivos y muy concretos para nuestra integración en las Comunidades Europeas y para la adhesión a la Alianza Atlántica, empeños ambos en los que este año de 1982 debe ser determinante.

Decía antes que España se había reencontrado a sí misma, y, al decirlo, estaba dando a entender ya que, por ese mismo hecho, estaba recuperando su antigua condición de universalidad, dimensión que le fue propia en los mejores tiempos de su historia.

La España del descubrimiento de América, de la conquista y de la colonización, era un factor que actuaba muy decisivamente en el entramado político de la época y eso nos permitió llevar a cabo aquellas gigantescas empresas.

Fue precisamente entonces cuando nació esa hondísima relación de familia que tenemos hoy con los pueblos iberoamericanos, que es ya consustancial a nuestra realidad como nación e inseparable de nuestra voluntad de futuro. España, al ser de nuevo más universal, será también más hispanoamericana.

Cuando dentro de diez años celebremos el V Centenario del descubrimiento, que constituye una cita muy importante con nosotros mismos y con las repúblicas iberoamericanas, estaremos respondiendo a un reto sin igual para la puesta al día de nuestra conciencia de comunidad.

En otro orden de ideas, algo parecido podría decirse con respecto a nuestro compromiso natural con los pueblos mediterráneos, con los pueblos árabes. Nuestra decisión de proyectarnos más definidamente en el mundo internacional no alterará en ningún caso los particulares lazos históricos y culturales que nos unen íntimamente con esas áreas vecinas, sino que serán reforzados con criterios de mayor solidez y nueva operatividad.

Este diseño general de reencuetro y de acción internacional desde las coordenadas que nos son propias, está por supuesto abierto y dirigido a todos los pueblos del mundo. España aspira, en efecto, a mantener y a desarrollar con todas las naciones, desde la igualdad y el respeto recíproco, con independencia de sus distintas opciones, las mejores y más amistosas relaciones de cooperación.

Es finalmente un diseño que, en nuestro sentir y en nuestras motivaciones, ponemos prioritariamente al servicio de la paz mundial, idea que propició y sirvió de motor a la Monarquía hispánica con la que enlaza la España actual. Una paz cuyo contenido ciframos en la verdad, la libertad y la justicia y que, a nuestro juicio, sólo puede estar asentada en la dignidad de la persona humana, fin y justificación última de toda acción política.

Desde esta idea de paz, de construcción de la paz, siempre presente en nuestro ánimo, os reitero mi ruego, señores embajadores, y os pido que hagáis llegar mis mejores deseos a vuestros Jefes de Estado, así como los del pueblo español para el bienestar y la pacífica convivencia de todas las naciones.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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