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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de la República Popular China Li Xiannian y al pueblo chino

Madrid, 12.11.1984

S

eñor Presidente, tanto para la Reina como para mí es un gran honor, y motivo de profunda satisfacción, el reiteraros hoy en forma oficial y solemne la bienvenida a España que anticipadamente os dio hace dos días la Isla de Mallorca, escenario de vuestro primer contacto con nuestra tierra y nuestra gente.

Sois el primer Presidente de la República Popular y el primer Jefe de Estado chino en toda la historia que visita nuestro país. El pueblo español es cabalmente consciente del significado y la dimensión de este encuentro, que complementa y renueva el que la Reina y yo tuvimos hace seis años con el pueblo de China. Como Rey de España saludo en vuestra excelencia al Primer magistrado de la gran nación china; al ilustre estadista y patriota que encarna en su larga biografía los trabajos y las luchas cotidianas de un pueblo admirable; al veterano hombre de acción que ha consagrado su vida al servicio de su país.

España y China, señor Presidente, han prestado a lo largo de la historia señaladas contribuciones al progreso espiritual y material de la humanidad. El alejamiento geográfico opuso, sin embargo, obstáculos por mucho tiempo insuperables a toda posibilidad de contactos directos. Pero el prestigio de vuestra remota y refinada civilización, revestida a menudo de rasgos fabulosos y casi míticos en los relatos de tempranos viajeros, no tardó en irradiar hasta este extremo occidental del viejo mundo, donde había de actuar como un poderoso imán sobre la imaginación y el espíritu emprendedor de sus habitantes.

Las primeras cartas -verdaderas credenciales que unos monarcas españoles dirigieron a un soberano de China- nunca llegaron a manos de su alto destinatario. Habíanlas encomendado mis antepasados los Reyes Católicos a su almirante Cristóbal Colón, antes de que éste iniciara su primer viaje, para que las entregase «al Gran Can de Catay». Esa embajada no alcanzó el objetivo imaginado, pero sirvió para completar el mundo entonces conocido: América sería así el fruto inesperado del empeño español por buscar, con riesgo y aventura, una ruta que acercase China y el oriente a las tierras de occidente, a ese occidente que por un afortunado y significativo azar está aludido en la primera sílaba (Xi) del nombre chino de mi país.

España, señor Presidente, forma parte, en efecto, del mundo occidental en su triple acepción geográfica, cultural y política. Como nación europea, España se dispone a culminar en breve el proceso de su plena integración en las estructuras comunitarias en que se concreta y materializa la aspiración de una Europa unida. Su condición europea y occidental no la hace, sin embargo, ajena a las preocupaciones e inquietudes específicas de los pueblos del Tercer Mundo -a muchos de los cuales se siente por lo demás estrechamente unida por vínculos indestructibles- ni a los graves problemas que preocupan y acongojan a los hombres de todas las latitudes del planeta. A este respecto, me satisface particularmente subrayar que, desde puntos de partida y postulados ideológicos diferentes, España y China mantienen posiciones coincidentes sobre no pocas de las cuestiones capitales que afectan e interesan a la comunidad internacional. Esa convergencia de actitudes ha quedado repetidamente puesta de manifiesto, tanto en los distintos foros internacionales como al hilo de las declaraciones o pronunciamientos oficiales de uno y otro gobierno.

La preservación y fortalecimiento de la paz exige de todos los países un efectivo compromiso en favor de la solución de los conflictos por vía de negociación, con exclusión de todo recurso al uso de la fuerza; impone, asimismo, el respeto de la soberanía y de la integridad territorial de todas las naciones, grandes, medianas y pequeñas, y la renuncia a toda forma de injerencia o intervención en los asuntos internos de los demás; requiere el control decidido y eficaz de la espiral armamentista por parte de sus protagonistas directos; postula la búsqueda de un orden económico internacional más justo, capaz de introducir correctivos a las irritantes desigualdades en los niveles de progreso y bienestar de los distintos pueblos de la tierra; tiene, en fin, su última apoyatura en el respeto al ser humano, a su dignidad y a sus derechos.

La recuperación por China de su integridad territorial constituye un proceso al que España ha prestado y sigue prestando solidaria atención, en razón de las analogías y paralelismo existentes entre secuelas coloniales del pasado que ambos países han heredado en su propio suelo.

Señor Presidente, desde el 9 de marzo de 1973, las relaciones entre España y la República Popular de China, asentadas en la fiel observancia de los principios de coexistencia pacífica, han registrado notables progresos en todos los órdenes, pero singularmente en el del aprecio y la comprensión recíprocos. La ausencia de fricciones, cuestiones litigiosas y enfrentamientos de intereses nos permite ir más allá del mero coexistir en paz, para plantear nuestras relaciones en los términos de una verdadera amistad y una más intensa cooperación.

Si en la tradición china la amistad es una de las cinco relaciones fundamentales, también en la escala de valores individual y colectiva de los españoles ocupa un lugar preeminente. El inolvidable viaje que la Reina y yo hicimos en 1978 a vuestro país nos hizo sentir el calor de la genuina amistad del pueblo chino hacia España. Estoy seguro de que vuestra excelencia habrá podido percibir igualmente desde su llegada a nuestra tierra la inequívoca realidad de los cordiales sentimientos del pueblo español hacia China.

Por eso, señor Presidente, España se congratula sinceramente de los avances que vuestra gran nación viene realizando en su camino hacia formas de realización humana cada vez más abiertas, más dinámicas y más estimulantes, en las que cada individuo se halle en condiciones de aportar al conjunto de la sociedad la contribución enriquecedora de su imaginación, de su creatividad, y de su esfuerzo personal. Los objetivos de modernización del país, mediante la reforma de sus estructuras económicas, y la renovación de su tecnología en el horizonte del año 2000, no pueden sino suscitar el respaldo mayoritario de la población, dentro de vuestras fronteras, y el apoyo y el aliento de vuestros amigos fuera de ellas.

En este punto, yo quisiera, señor Presidente, englobar en una consideración conjunta nuestras relaciones pretéritas y presentes, y extraer de unas y otras corolarios válidos para el futuro.

España puede mirar el pasado de sus relaciones con China sin rubor ni remordimiento. Desde el último tercio del siglo xvi se desarrolló una corriente comercial pacífica y mutuamente provechosa entre Manila y Pinal o Ping-hai, y en Cantón se estableció en época más tardía una factoría española cuyo nombre chino (Lü-sung, por Luzón), evocaba, por ciento, la plataforma filipina en que esos primeros intercambios tendrían su punto de apoyo.Sin embargo, en la época contemporánea se ha producido un fenómeno de desconocimiento de España y de lo español en vuestro país debido, en parte, a que España no tuvo colonias en China ni concesiones territoriales en el siglo xix y principios del xx. Si ello contribuyó a ese desconocimiento, tampoco empañó unas relaciones que ahora nos corresponde impulsar y desarrollar.

En estos momentos en los que China decide abrir sus puertas a los intercambios técnicos, científicos, culturales y económicos con el exterior, España debe estar presente, ya que las posibilidades de colaboración entre la industria española y la china son muy amplias y pueden brindar en no pocos casos, particularmente en las tecnologías intermedias, y también en las avanzadas, alternativas interesantes para China, útiles para la modernización y renovación de las estructuras que con tanta decisión vuestro país ha acometido.

Hagamos, pues, chinos y españoles, fructificar imaginativamente y en beneficio mutuo nuestra amistad. Eso debiera ser, señor Presidente, el propósito común en el que se cifren el sentido y la significación de vuestra visita a España.

Con este deseo y esta esperanza, quiero señor Presidente, levantar mi copa por la amistad entre España y la República Popular de China, por la prosperidad y bienestar de nuestros pueblos y por la ventura personal de Vuestra Excelencia y su esposa, de los miembros de vuestro séquito y de los dirigentes de vuestro gran país.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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