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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad iberoamericana el día de la Hispanidad

Palma de Mallorca, 12.10.1984

E

xcelencias, señoras y señores, hace tan sólo unas horas conmemoramos con emoción el II centenario de la muerte de Fray Junípero Serra, en su villa natal de Petra. Rendimos así homenaje, españoles y americanos, a un hombre al que unos y otros consideramos con justicia como nuestro.

Hoy, en esta mediterránea ciudad de Palma que nos acoge, y donde todo es «alegre, fino, sano y sonoro», como dijera Rubén Darío, celebramos también conjuntamente la festividad del 12 de octubre, símbolo de nuestra pertenencia a una familia común.

La celebración del 12 de octubre viene a recordarnos a los españoles una de las claves más profundas de nuestro ser como pueblo. Es ésta una ocasión propicia para meditar sobre nuestra trayectoria colectiva como nación.

Con motivo del primer viaje que hice al exterior como Rey de España, dije en la ciudad de Santo Domingo que en aquella isla iniciaba una peregrinación necesaria a todo español que quisiera reencontrar sus raíces y entender con mayor profundidad la historia de nuestra patria. Pienso que cuando vosotros llegáis, desde el otro lado del mar, a las costas de la vieja España, redescubrís las esencias soterradas de vuestra personalidad.

Desde estas tierras de Ramón Llull, figura señera de la cristiandad medieval, queremos recordar nuestra vieja condición de europeos proyectados hacia otros continentes.Por el simple hecho de ser españoles, somos también europeos, ya que a Europa hemos estado siempre unidos por geografía, historia y cultura.

Pero al mismo tiempo la ocasión que ahora celebramos nos viene a recordar nuestra esencial americanidad, porque es en América donde en mayor medida nos hemos proyectado los españoles como pueblo. Y ha sido América la forja que nos ha moldeado durante cinco siglos.

La epopeya iniciada en 1492, con fecundo encuentro de dos continentes, alteró el curso de la historia de la humanidad. De esa fusión y de ese encuentro surgieron nuevos pueblos cuyo nivel espiritual y fuerza vital asombra todavía. Sobre ellos se plasmó la obra que quedara ya esbozada en el testamento de la Reina Isabel, cuyos principios de respeto por el derecho y afirmación de la dignidad humana continúan siendo una guía segura para nosotros.

En la historia de los pueblos constituye sin duda un caso singular el de la monarquía hispánica, que en el cenit de su hegemonía se cuestionó a sí misma y debatió en público problemas de conciencia mientras se esforzaba por adecuar sus actos a la doctrina elaborada por eminentes teólogos como Las Casas y Sepúlveda.

Esta misma monarquía en el siglo xviii impulsó eficaces reformas administrativas, hacendísticas y económicas que se aplicaron a ambos lados del Atlántico, diseñadas por nuestros hombres ilustrados nacidos en los dos hemisferios. Claros ejemplos de ello son las realizaciones de José Gálvez, Pablo de Olavide, Celestino Mutis, Antonio de Ulloa y Jorge Juan, Alejandro Malaspina y tantos otros que fomentaron el comercio o las construcciones públicas, la reforma de la hacienda o de la marina y dieron impulso a las ciencias y las artes, creando, además, academias y centros de saber.

De todos ellos quiero destacar aquí la figura eminente de fray Junípero Serra. Si franciscanos fueron los monjes que apoyaron a Colón desde el monasterio de La Rábida, este otro franciscano mallorquín continuó su obra en los amplios espacios de Querataro y la Baja y Alta California.

Fray Junípero Serra vivió en la mayor pobreza y, paradójicamente, fue un creador de riqueza, porque la red de misiones por él fundadas contribuyó de forma decisiva a la transformación económica de toda la región, al enseñar a sus pobladores a laborar la tierra e introducir los cultivos europeos.

En el siglo xix, la generación de los libertadores, hijos de la ilustración, acertó plenamente en su misión histórica de crear nuevas patrias, pero fracasó, como el mismo Bolívar reconocía con amargura, en preservar la unidad de la gran familia, cuyas aspiraciones a la unidad siguen estando vigentes y son más necesarias en el mundo de hoy.Consciente de esta aspiración, desde el restablecimiento de la monarquía parlamentaria, ha venido siendo una constante de nuestro reinado la proclamación de la vocación americana de España.

De ahí los desvelos de la Corona para que no se olvide nuestro deber respecto a los demás miembros de la gran familia iberoamericana de pueblos. La comunidad iberoamericana de naciones nos parece una constante que ha de dominar nuestro pensamiento y nuestra acción. Es una comunidad que existe ya, pero que hemos de esforzarnos día a día en profundizar y potenciar.

Es justamente esa comunidad la que cumple quinientos años en el ya cercano 1992. La celebración del V Centenario del descubrimiento de América debe ser ocasión de regocijo, momento de examen del pasado y de proyectos hacia el porvenir.

La dinámica de nuestro tiempo exige de nuestra acción un paso ágil y renovado que nos permita cooperar cada vez más estrechamente, tanto en lo cultural como en lo económico, en el campo de la tecnología como en el de la educación, para mejorar las condiciones y la calidad de vida de nuestros pueblos.

No se nos oculta el esfuerzo que exige la realización de esta gran empresa y desearía por ello convocaros a todos, y de manera especial a nuestros respectivos gobiernos, para que la conmemoración de este V Centenario constituya un éxito que potencie aún más la cooperación solidaria y fraterna entre nuestras naciones, dirigida a la búsqueda de nuevos horizontes de paz y progreso.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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