Omitir los comandos de cinta
Saltar al contenido principal
Jarduerak eta agenda
  • Escuchar
  • Imprimir la página
  • Enviar a un amigo
  • Suscribirse al RSS de la página
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en Twitter
  • Compartir en Linkedin
  • Compartir en Google+

Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad de los europeos al entregar el Premio Carlomagno 84 al Presidente de la República Federal de Alemania Karl Carstens

República Federal de Alemania(Aquisgrán), 31.05.1984

S

eñor Presidente federal, señoras y señores, como Rey de España, y como último galardonado con este Premio, constituye para mí un gran honor y un motivo de profunda satisfacción dirigirme de nuevo a este ilustre auditorio con ocasión de la entrega del Premio Carlomagno 1984 al Presidente de la República Federal de Alemania, profesor Karl Carstens.

Erlauben Sie mir vor allem, Herr Bundespräsident, Ihnen im Namen meines Landes, im Namen der Königin und in meinem eigenen Namen, unseren aufrichtigsten und herzlichsten Glückwunsch auszusprechen.

(Versión castellana.

Permítame ante todo, señor Presidente, expresarle en nombre de mi país, en nombre de la Reina y en el mío propio nuestra más sincera y cordial felicitación.)

Difícilmente podría haberse elegido una ocasión más grata que la entrega de este Premio y un marco más apropiado que la ciudad de Aquisgrán para poner de relieve la destacada personalidad del profesor Carstens y su dilatada entrega a los ideales de unión europea, ahora que se aproxima el término de su mandato al frente de la más alta magistratura de este gran país.

La concesión del Premio Carlomagno 1984 al Presidente de la República Federal de Alemania, Karl Carstens, significa para mí fundamentalmente dos cosas: honramos a una personalidad europea destacada por los méritos acumulados en los últimos treinta años y transmitimos con su ejemplo un mensaje de esperanza y valor a los ciudadanos europeos.

Señor Presidente, como Rey de una nación que mantiene con la vuestra seculares lazos de amistad, me satisface muy especialmente asistir a la entrega de este Premio con el que se os rinde el homenaje que merece una vida de valiosos servicios a la República Federal, y de permanente entrega a la obra ingente de integración europea.

La ciudad de Aquisgrán, en la que se forjaron ideales de unidad europea que perduran en nuestros días, supo hacer honor a su pasado glorioso dando a aquellos nuevo impulso al crear, en 1949, el Premio Carlomagno para recompensar la mejor contribución al entendimiento y la cooperación internacionales en el marco europeo. Me parece por ello de elemental justicia rendir aquí tributo a la meritoria labor que a este respecto desarrollan desde hace más de treinta años el Curatorium del Premio Carlomagno y la ciudad que hoy nos acoge. Quisiera asimismo dedicar un recuerdo emocionado a aquellas ilustres personalidades, distinguidas en su día con este preciado galardón que dejaron ya de estar entre nosotros, entre las que se cuenta mi compatriota, Salvador de Madariaga. Aunque sus voces se apagaron, su ejemplo sigue vivo y sus ideales europeístas perviven.

Señor Presidente federal, cooperar en la construcción de Europa, sirviendo al propio pueblo, constituye una tarea apasionante y un estimulante desafío al que, lejos de estrechos egoísmos y por encima de desalientos o dificultades coyunturales, estamos llamados los gobernantes del viejo continente. De ahí la envergadura de nuestras responsabilidades para con la historia y las generaciones presentes y venideras. De ahí también la satisfacción y el honor de contribuir a forjar en paz nuestro común destino de integración.

Los actuales problemas de Europa son innegables y serios: los de la consolidación y ampliación de la Comunidad Económica Europea, los de la seguridad y los que presentan los desafíos tecnológicos y científicos del futuro. Pero, ¿cuánto más invencibles no habrán parecido las dificultades que encontraron en sus países destrozados por la guerra los padres del renacimiento de la idea de una Europa unida? Karl Carstens es uno de ellos y lo ha sido en todas las fases de su vida pública.

Expresamos nuestra gratitud al catedrático de derecho internacional de la Universidad de Colonia quien, como director del Instituto del Derecho para las Comunidades Europeas de esa misma Universidad, ha sido uno de los arquitectos de las estructuras jurídicas de la Europa comunitaria.

Expresamos nuestra admiración al diplomático que, desde su primer puesto como representante de la República Federal ante el Consejo de Europa hasta el alto cargo de secretario de Estado para Asuntos Exteriores, ha dedicado toda su energía a seguir adelante en el camino europeo.

Manifestamos nuestro reconocimiento al político Karl Carstens quien, como diputado democristiano, jefe de su grupo y después Presidente del Bundestag, ha mantenido en alto sus ideales europeos.

Rendimos homenaje en fin, a quien, en su calidad de Presidente de la República Federal de Alemania, ha dado testimonio inalterable de sus convicciones y esfuerzos para acercarnos a la anhelada Unión Europea.

Señor Presidente federal, desde muy pronto conocisteis la necesidad del esfuerzo y en él se forjaron y desarrollaron vuestras cualidades innatas de sentido del deber, lealtad a las propias convicciones y voluntad de servicio.

Como hijo póstumo de padre caído en la I Guerra Mundial encarnasteis, ya en la cuna, la tragedia de tantos millones de europeos víctimas de repetidos conflictos fratricidas. De ahí vuestra pasión por la paz y vuestra dedicación a la causa europea pues, como bien dijisteis, «pertenezco a una generación que ha vivido el espanto y sufrimiento de dos guerras. Yo y muchos de mi generación hemos sacado desde 1945 la consecuencia de que hay que descartar en el futuro la posibilidad de una guerra entre los pueblos europeos y que el camino más seguro para garantizar la paz en Europa es la concertación europea, la Europaische Einigung» (Unión Europea).

Un gran estadista alemán, de ilustre memoria, Konrad Adenauer _que sería uno de los fundadores de la Europa actual y que, como tal, fue distinguido también en su momento con el Premio que hoy recibís_, despertó vuestra vocación europeísta y os decidió a tomar parte activa en la vida política del país.

Comenzaríais como representante del Estado de Bremen ante la Federación para pasar luego a ser el primer Representante Permanente de la República Federal de Alemania ante el Consejo de Europa.

Tras la estancia en Estrasburgo regresaríais a Bonn para proseguir vuestra tarea en el Ministerio Federal de Asuntos Exteriores, primero como subdirector de la Sección de Europa, como director general después, más tarde como secretario de Estado político y finalmente como viceministro.

En esa etapa como alto funcionario daríais prueba cumplida de vuestra capacidad de liderazgo, de organización y de decisión, creando un clima de trabajo en equipo que os llevaría a renglón seguido al Ministerio de Defensa, como secretario de Estado, y finalmente al cargo de jefe de la propia Cancillería Federal.

Fiel a vuestra vocación, estuvisteis siempre en aquellos departamentos de mayor importancia para la construcción europea.

Fueron, señor Presidente, años intensos, años decisivos.En ellos, vuestro país normalizó su posición en el seno del mundo occidental, se integró en la Alianza del Tratado Atlántico del Norte, restableció relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, se adhirió al Consejo de Europa y participó, como miembro fundador, en la creación de las Comunidades Europeas.

En esa fase clave de la plena incardinación de la República Federal de Alemania en el mundo europeo occidental vuestro trabajo, prudencia, constancia y discreción supusieron una relevante contribución al servicio de vuestra patria y de la construcción europea.En 1969 pondríais fin a vuestra brillante carrera como funcionario para dedicaros por completo a la docencia -que nunca habíais abandonado totalmente- como profesor de derecho en la Universidad de Colonia.

Pero en 1972 vuestra vocación política y sentido del deber os harían acudir al llamamiento hecho por vuestros compañeros de partido y presentar vuestra candidatura al Congreso Federal.

Se abría con ello una nueva etapa de vuestra vida, no menos fructífera que la anterior: la de político. Seríais pues sucesivamente diputado, jefe de Fracción Parlamentaria, Presidente del Bundestag y por último Presidente de la República.

Señor Presidente federal, ya en el siglo XVIII dijo Montesquieu que «Europa no es sino una nación compuesta de varias», y hoy no cabe poner en duda la aseveración de Ortega de que «ninguna nación europea se ha desarrollado ni ha conseguido llegar a su forma plenaria si no es gracias a un fondo ultra o supranacional que es precisamente la realidad total europea».En ese compendio, en ese precipitado de ingredientes variados pero convergentes, que es Europa, cada nación ha aportado e imprimido el sello de su propia identidad, conformando entre todas la europea, como conciencia de una comunidad de valores, creencias e intereses.En este sentido, y cuando en el presente año se conmemora el séptimo centenario de la muerte de Alfonso X el Sabio, los españoles podemos recordar con legítimo orgullo que este Rey de Castilla que, como hijo de una princesa alemana, Beatriz de Suabia, fue pretendiente a la corona del Sacro Imperio y contribuyó decisivamente a introducir en occidente las culturas griega y árabe, al potenciar y estimular extraordinariamente la Escuela de Traductores que funcionaba en Toledo desde el siglo anterior.

Fiel al espíritu tolerante y ecuménico que le caracterizaba, el Rey Sabio congregó en torno suyo a eruditos de todas las religiones y de todos los orígenes entre los que se cuenta a un oriundo de este país, Hermann el Alemán, que llegó a ser obispo de Astorga. Sobre este modelo de la Escuela de Toledo se fundó más tarde, en la localidad casi vecina de Straelen, el Colegio Europeo de Traductores.

Europa pudo ser y no fue en diversas ocasiones. La primera de ellas en el año 800 cuando Carlomagno -«Padre de Europa» como le calificó premonitoriamente uno de los poetas de su corte- fue coronado Emperador en esta ciudad. Pudo ser y no fue, tal vez porque quería que las naciones que la componen enriquecieran primero sus propios perfiles para poder hacer luego aportaciones más fecundas al acervo común.

De ese modo la conciencia de unidad en la diversidad iría nutriéndose de las contribuciones de los Estados nacionales a la vez que, en sentido inverso, tenía lugar una homogeneización, una europeización, de los valores nacionales más destacados. Cada uno de los Estados que integran Europa ha ido, pues, viviendo su propia historia nacional como un segmento de la historia europea.

Este es claramente el caso de mi país.España ha tenido desde sus albores conciencia clara de su pertenencia a un espacio común de civilización, a ese ámbito histórico que llamamos Europa.España, como todas y cada una de las naciones de este continente, ha dado a Europa y recibido de ella.

De lo dado, permitidme que recuerde hoy aquí dos aportaciones de especial significación en la hora presente: la capacidad de sincretismo y la conciencia de universalidad.Por un lado, España ha sido, en razón de su situación, encrucijada de caminos y pueblos y crisol de razas y culturas. A lo largo de innumerables vicisitudes, ha cumplido una función decisiva para enlazar Europa con otros continentes y otras culturas.

Por otro, España dotó a Europa de conciencia de universalidad. Instrumentalmente, con el descubrimiento del nuevo mundo y el fecundísimo encuentro de culturas que él mismo propició. Conceptualmente, con la creación del moderno derecho de gentes, pues fue la Escuela española de Teólogos -juristas encabezados por Vitoria, Suárez y Menchaca- la que, al concebir la humanidad como un todo unificado, sentó las bases de la idea de orbe como comunidad universal.

Mucho camino se ha recorrido en los últimos treinta años y mucho queda todavía por recorrer para hacer realidad este proyecto histórico. Si miramos atrás, hacia las dificultades superadas, nos damos cuenta de cuánta Europa se ha hecho ya. Y sólo sobre este telón de fondo seremos capaces de valorar en su justa proporción los problemas europeos actuales. Ni lo ya conseguido, ni los desafíos de nuestra época, nos permiten ser pusilánimes y derrotistas.Señor Presidente federal, como hombre de gran experiencia en las tareas políticas y de gobierno sabéis que no faltan en la actualidad motivos serios de preocupación. Los espíritus más lúcidos se preguntan sobre las causas y consecuencias de un posible declinar de la vitalidad de nuestro viejo continente. Hay quienes dudan que los europeos seamos capaces de hacer frente con resolución e imaginación suficientes al desafío del futuro. Yo represento a un pueblo que entiende que el curso de la historia, lejos de venir mecánicamente predeterminado en función de ciertos condicionamientos, se traza y se decide por la voluntad del hombre.

Hace por estas fechas dos años que en esta misma sala y en ocasión semejante se dejaron oír frases acertadas sobre los problemas de Europa y la voluntad de resolverlos.Daban lugar a la esperanza.

Ello no obstante, la Comunidad Europea -núcleo fundamental de la construcción de Europa- ha conocido en este tiempo problemas crecientes y dificultades sin parangón que no han podido aún ser totalmente resueltos. No cabe ignorar que el cansancio, el desaliento y el escepticismo han hecho en alguna medida mella en nuestras sociedades.

Sin embargo, Europa ha dado cumplidas muestras en el pasado de que el fatalismo puede ser eficazmente combatido cuando se pone en juego la dinámica del espíritu libre.El Premio Carlomagno concedido este año a Karl Carstens vigoriza las esperanzas y los deseos de seguir luchando por Europa. Porque, ¿qué es Europa? ¿Un término puramente geográfico, una denominación referida a la civilización de occidente, un concepto sobre el hombre y su organización social?

En uno de sus numerosos e insistentes discursos sobre el tema, Karl Carstens se ha dedicado a esta cuestión. Cito sus declaraciones ante la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa en enero de 1983:«Los fundadores del Consejo de Europa tuvieron que contestar a la pregunta ¿Qué es Europa? Su respuesta no se quedó en lo abstracto, fue concreta al poner en el centro de esta organización, la más vieja y amplia de Europa, la protección de los derechos humanos y de las libertades fundamentales. Con ello dieron con lo esencial del concepto europeo del hombre».

Constatamos con satisfacción que mucho se ha adelantado ya en la edificación del derecho común europeo. Y como Rey de España reafirmo la voluntad inquebrantable de mi pueblo de aportar al destino común europeo nuestros esfuerzos e ilusiones, nuestra disposición, tanto a hacer sacrificios propios, como a exigirlos de los demás.

La historia enseña que nos debemos los unos a los otros. De la interacción entre nuestras naciones y pueblos se ha ido creando el concepto de vida filosófica, cultural, social y política que determina nuestras existencias por encima de las diversidades y riquezas individuales.

Y sólo todos juntos saldremos airosos de los desafíos del futuro.No es meramente la oportunidad política ante un mundo tecnológicamente complejo e interdependiente, sino sobre todo la lógica histórica la que clama por qué asumamos conjuntamente nuestras responsabilidades morales ante el futuro de Europa y por qué, al hacerlo, seamos conscientes de nuestro pasado.

«Sólo quien por los estudios de la historia conoce los errores, puede tener esperanzas de evitarlos», dijo Karl Carstens en otra ocasión.

Nuestro filósofo José Ortega y Gasset lo ha expresado de la siguiente forma: «El saber histórico es una técnica de primer rango para mantener y continuar una civilización madurada. No porque ofrezca soluciones positivas para los nuevos conflictos de la vida -la vida es siempre diferente de lo que era- sino porque impide que se repitan los errores ingenuos de tiempos pasados».

El ideal europeo sigue vigente en nuestros pueblos.Hombres resueltos y generosos están llamados a proseguir en la tarea de hacer realidad esta vocación.

El amor a lo que en el idioma alemán se llama Heimat («patria»), ese afán de encontrar seguridad y hasta refugio ante un mundo cada vez más tecnificado y anónimo no contradice sino que complementa los empeños por crear las estructuras para una Europa multinacional.De los pequeños terruños nativos se han ido formando las regiones naturales del hombre. Las individualidades regionales constituyen las entidades básicas de cada patria nacional.Hagamos, pues, en este mismo sentido, de la comunidad de destino que la vieja Europa inexorablemente ya conforma, la patria común y rejuvenecida de las naciones de Europa.

Muchas gracias.

Itzuli Hitzaldiak atalera
  • Escuchar
  • Imprimir la página
  • Enviar a un amigo
  • Suscribirse al RSS de la página
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en Twitter
  • Compartir en Linkedin
  • Compartir en Google+