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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad académica al ser investido doctor "honoris causa" por la Universidad de Montevideo

Uruguay(Montevideo), 21.05.1983

E

xcelentísimo y Magnífico Señor Rector, autoridades académicas, señores profesores, señoras y señores, quiero agradecer con profunda emoción la distinción de que se me hace objeto en este acto al otorgárseme el Doctorado honoris causa de esta Universidad, de tan brillante ejecutoria en la vida del país.

Consideraré siempre esta preciada distinción como símbolo de profundo acercamiento al pueblo uruguayo en este nuestro viaje a la República Oriental, a través de uno de los sectores que mejor representa la esencia de vuestra gente y de vuestra nación: el mundo de la cultura y de la intelectualidad, que se reúne en el interior de esta Casa.

Permitidme iniciar estas palabras rindiendo tributo de homenaje histórico, a más de siglo y medio de los hechos, a Artigas, el gran padre de la patria uruguaya, sobre cuya obra y personalidad la dimensión del tiempo transcurrido hace valorar y comprender lo exacto de su gran ideario político, profusamente expuesto en actas, instrucciones, discursos y programas.

Gracias a su noble y firme lección de energía y carácter, que legitimó desde su comienzo la nueva patria en formación, hoy podemos reunirnos en estas aulas para reflexionar, lejos de toda retórica superficial, sobre la dimensión real y el entrañable significado de los permanentes valores de nuestra mutua tradición cultural hispánica.

Como dice Julián Marías, la relación entre España y América se ha vivido muchas veces como un motivo de vanidad: orgullo de linaje, tradición ilustre y culterana, relaciones de maternidad o de fraternidad. No cabe duda alguna de que la expresión madre patria quiso demostrar cariño, pero en muchos aspectos, preciso es reconocerlo, no es muy afortunada.

La segunda mitad del siglo xx está aportando nuevas perspectivas a este tipo de relación.

En un estudio sobre el pensamiento latinoamericano del siglo xx, el profesor Risieri Frondizi señalaba que la América de estirpe hispana ha superado la etapa de la adhesión ciega y entusiasta a las doctrinas foráneas para intentar una vía más cercana a las modalidades propias del espíritu de este continente, es decir, del espíritu de los pueblos iberoamericanos.

Existe, no obstante, en la América de nuestros días una corriente de pensamiento hispánico de gran vigor y proyección. Este hispanismo americano, que nada tiene que ver, en su génesis o en su significación, con el hispanismo de los extranjeros estudiosos de la cultura española, se basa en la proclamación de la raíz hispánica de los pueblos americanos; propugna de algún modo el hermanamiento espiritual y práctico de todos los pueblos hispánicos que participan de un mismo sentido ante la vida y que comparten unas mismas ilusiones ante ese futuro que exige el planteamiento de un nuevo orden internacional.

Por lo que respecta a la actitud de España ante este fenómeno, es preciso consignar que la política exterior de mi país se orienta, con atención preferente, hacia todas las repúblicas de este inmenso continente. Se trata de una «constante» inscrita en el cuadro de su posición al respecto, con la formulación de una serie de principios básicos de actuación.

Al proyectar su política sobre esas coordenadas, mi gobierno ha entendido que, para su articulación eficaz y ágil, era ineludible la previa reestructuración de su acción administrativa de cara a Iberoamérica.

Un Instituto de Cooperación Iberoamericana, adecuadamente dotado de los amplios medios que hoy se requieren para los fines propuestos, orienta su acción hacia la investigación detallada de la compleja realidad actual y futura de nuestra comunidad de naciones.

En los primeros años de nuestro siglo, consignaba don Miguel de Unamuno esta observación acerca de Hispanoamérica: «El pensamiento colectivo de la América como una unidad de porvenir frente al Viejo Mundo europeo no es aún más que un sentimiento en cierta manera erudito y en vías de costosa formación.»

Teniendo en cuenta los muchos años transcurridos desde la fecha en que aquel vasco inmortal escribió esas palabras, no es extraño percibir en la América actual un inmenso progreso en ese sentimiento americano de futuro unitario que nuestro pensador sólo veía antaño «en vías de costosa formación».

La rapidez de ese progreso está en relación no sólo con las transformaciones propias del mundo hispanoamericano, sino también, y acaso en mayor medida, con las vicisitudes europeas de los últimos lustros.

El hecho es que en estos años asistimos a una reflexión americana de excepcional tensión.

No creo que haya hipérbole en afirmar que hoy, más que nunca, se están prefigurando en la intimidad del hombre americano toda una serie de posturas, cuya vigencia espiritual y progresivo desarrollo tendrán por escenario temporal los dieciocho años que nos separan del siglo XXI.

Todo ello nos debe llevar a detenernos ante esa reflexión tratando de captar ese reto inmediato en toda su intensidad.

En este orden de cosas se dibujan dos estados de ánimo distintos. Por un lado, el de aquellos que ante todo sienten triunfalmente la entidad espiritual de América, como si se tratara de una solución cultural ya fraguada; de otra parte, el de quienes la perciben como una realidad en trance de identificación, y cuyo futuro cultural suscita para el hombre americano toda suerte de interrogantes.

Simplificando ambas actitudes, podría tipificarse por medio de esta dicotomía: América como solución y América como problema.

Uno de los hombres de más acusado relieve intelectual del Uruguay, Alberto Zum Felde, autor de una obra importante en torno a los problemas de la cultura americana, enjuició con su sentido crítico demoledor el viejo retoricismo felizmente superado.

Aquellas viejas preocupaciones culturalistas, ya no tienen razón de ser.

Se busca una auténtica solución que aparte para siempre a esta joven América de la sombra de los problemas que plantea una crisis que en realidad es mundial, aunque tenga específicas connotaciones en este continente.

Otro gran escritor uruguayo, Arturo Ardao, sostuvo que el pensamiento americano ha estado al servicio de una actitud filosófica antes que de una actitud meramente histórica.

Existe una manera propia de ver los fenómenos de nuestro tiempo y de enjuiciar los mismos a través de unas originalidades profundas y nobilísimas. Hay que aludir, sin duda, a una corriente del pensamiento que cabe denominar, siempre y cuando se especifiquen las determinaciones del adjetivo, «corriente del pensamiento hispánico». Este hispanismo americano, se basa en la proclamación de la común raíz hispánica de los pueblos americanos; exalta un estilo común, un acervo natural y unas tradiciones históricas compartidas por más de una veintena de pueblos, y propugna de algún modo una auténtica coordinación espiritual de todos los pueblos hispanos.

La eclosión simultánea en toda el área americana del pensar hispánico ha llevado a varios de sus mantenedores a proclamar el carácter unitario de la gran corriente del pensamiento de la hispanidad; a expresar la conciencia de su pujanza actual y de la potencial; a puntualizar algunos extremos alusivos a España, cuya vocación hispano-americanista permanece intacta.

Nuestro filósofo vasco ya citado hablaba, como prueba de ese interés por vuestro continente, de «esa América de mis cuidados».

Así de entrañable.

En Unamuno ejerció siempre una poderosa fascinación la historia americana. Llegó a percibir a los pueblos hispanoamericanos y a España con una valoración igualitaria que sentía vivamente a todos ellos como idénticos portadores de hispanidad.

Por lo demás, Unamuno pensaba a Hispanoamérica como una «unidad de porvenir», participó él también de los sueños de Bolívar y glosó el pensamiento de José Enrique Rodó propugnando una idea global de América como grande e imperecedera.

Excelentísimo señor rector, señoras y señores, Hispanoamérica ha comenzado a romper una serie de inercias innecesarias que la ataban a compromisos que no eran suyos.

En los últimos años, y de forma muy particular durante los agitados meses de 1982, hace ahora un año, se puso de manifiesto que el ideal de su unidad no puede quedar en meras palabras. Que es preciso avanzar más en la identidad de intereses. Que es necesario presentar un frente unido ante viejas concepciones del poder y de la política que nada tienen que ver con el mundo moderno de nuestros días y mucho menos con el que nos aguarda en los umbrales del nuevo siglo.

Así como es cierto que la tradición histórica otorga valores culturales, pero nunca condiciona el sentimiento de nación, también es verdad que los intereses nos deben unir tanto como las ideas.

Para nosotros América fue una continuidad histórica y cultural.

Hoy la vemos ya como una auténtica novedad que representa en muchos aspectos la discontinuidad respecto de Europa.

No hay que olvidar que la discontinuidad es fecundidad y que España, que participa por su carácter de pueblo atlántico volcado hacia América de esa discontinuidad americana con respecto a Europa, también lo hace plenamente y por derecho propio de los ideales y de las preocupaciones de las repúblicas hermanas.

De entre todos los grandes utensilios que nuestra común cultura ha depositado en nuestras manos, pienso que la lengua es sin duda el de mayor importancia.

Con ocasión de mi viaje a la República Argentina en el mes de noviembre de 1978, y en un acto similar al que aquí nos reúne hoy, manifesté en la Universidad de Buenos Aires que la lengua constituye nuestra frontera y que en ella todos estamos avecindados, todos somos participantes, todos tenemos igual obligación, idéntico derecho.

Hoy quiero añadir que la lengua es nuestra carta de ciudadanía cultural, la identidad de los hispano-hablantes. Una identidad cultural que se debe caracterizar por un profundo sentido de la libertad. Libertad de la cultura -de la cultura en sentido amplio-, como forma de vida que ineludiblemente requiere un marco genérico de libertades, de las que la libertad política es su máxima expresión.

Al leer las grandes obras de vuestros más ilustres ensayistas, filósofos y narradores, es fácil detectar de qué importante manera ha participado siempre Uruguay de las preocupaciones del continente americano.

El altísimo nivel educativo de este entrañable pueblo uruguayo ha sido, es y será ejemplo en América y fuera de ella.

Yo quisiera, antes de terminar mis palabras, fijar nuestra atención por un momento en la necesidad de trazar las bases reales de la cooperación entre nuestros pueblos en el seno de una comunidad iberoamericana de naciones.

Una asociación natural que, al no precisar de formulaciones jurídicas excesivamente casuísticas, denota la realidad de su presencia y de su necesidad.

Nunca fue más cierta la grandeza de nuestros pueblos que cuando actuaron movidos por los mismos ideales.

El hondo y profundo significado de la celebración del bicentenario de Simón Bolívar este año, así nos ayuda a comprenderlo.

No quisiera terminar estas palabras sin invitar al mundo de la cultura uruguaya, a sus entidades y asociaciones académicas y universitarias, a una colaboración más estrecha con la universidad española que siempre ha estado dispuesta -y hoy lo está más que nunca- a traducir en colaboraciones concretas ese patrimonio común que nos une a ambas orillas del océano.

Muchas gracias.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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