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Palabras de Su Majestad el Rey a las Fuerzas Armadas en la Pascua Militar

Madrid, 06.01.1983

Q

ueridos compañeros, es cierto que en muchos aspectos no es conveniente aferrarse al pasado para intentar hacerlo permanecer en nuestros días, cuando las circunstancias son bien distintas y un absurdo inmovilismo obstaculizaría el necesario progreso y la evolución indispensable.         Pero tampoco deja de ser verdad que el respetar antiguas costumbres y conservar el viejo sabor de lo tradicional, cuando ese respeto no supone detención ni retraso sino simple veneración de usos pretéritos, encierra toda la emoción de lo que, sin ser prosaica y materialmente útil, proporciona un tinte romántico y espiritual a nuestra realidad presente.

De ahí que esta celebración de la Pascua Militar, constituya una grata tradición que, al renovarse periódicamente, me proporciona la oportunidad de reunirme en este acto con las representaciones de las Fuerzas Armadas y de Seguridad para expresar a cuantos forman parte de ellas, junto con mi afecto y mi devoción, la más sincera y cordial de las felicitaciones.

Una vez más, cuando en los hogares españoles acaban de celebrarse las fiestas de navidad, la despedida de un año y el comienzo de otro, también en nuestra familia militar es preciso que se aviven los sentimientos de amistad, de compañerismo, de disciplina y de colaboración para formar un bloque fuerte y sólido.

Un bloque que no se aísle y se cierre herméticamente sobre sí mismo, sino que se integre de una manera plena en el conjunto de la nación, porque la unión de todos vendrá a robustecer la fe de las Fuerzas Armadas en sí mismas y de España en sus Fuerzas Armadas.

Se ha dicho y repetido, en frase feliz, que el ejército es la columna vertebral de la patria. Pero, como en el cuerpo humano, esa columna vertebral no puede ser un esqueleto frío e independiente, despojado de vida y de alma, sino que ha de insertarse en el conjunto de la nación, identificándose ambos estrechamente, formando un todo inseparable por el que circule la misma sangre vivificadora; donde aliente un espíritu de unión y un ideal común; en el que no sea posible establecer fronteras ni líneas divisorias.

Sintámonos todos unidos sin condiciones ni recelos y pensemos que sólo así podremos superar los problemas nacionales.

Esa unión en lo fundamental que afecta a civiles y militares, a todos los estamentos sociales, a cuantos se sienten españoles, es lo que proporciona autoridad al poder legítimamente constituido.

Vosotros conocéis muy bien lo que en la milicia significa mandar. Mandar con naturalidad y sin estridencias ni excitación, como consecuencia normal de la misión que corresponde a quien ostenta una responsabilidad o un poder.

Una frase clásica en la milicia afirma que «el jefe debe olvidar que lo es y no consentir que sus subordinados lo olviden».

En ello está el secreto de la autoridad, cuyo ejercicio obtiene una obediencia voluntaria y espontánea, mientras que la que arranca de la fuerza es impuesta y artificial. Por eso autoridad y fuerza son dos conceptos distintos que no deben confundirse.

Y un Estado se halla tanto más avanzado en la vida de la evolución humana cuanto de más autoridad dispone y menos fuerza necesita.Porque en la autoridad reposa la confianza de un pueblo.

Confianza que es fundamental en estos tiempos, pues la crisis de la confianza puede constituir un peligro indudable.

Confianza que es necesario tener en nosotros mismos; pero también en los demás.

La confianza de que los españoles nos esforcemos juntos en el cumplimiento de nuestros deberes respectivos, en que llevaremos hasta el límite nuestro afán de servicio, en que colocaremos por encima de todo la idea suprema de la patria común.

Al mirar hacia atrás, hacia el año que acaba de terminar, podemos darnos cuenta de que hemos vivido momentos tensos y difíciles. Pero el hecho de haberlos superado, de seguir avanzando sin pausa y sin desánimo por el camino que hemos elegido, es la mayor satisfacción que podemos experimentar, pues significa que somos capaces de normalizar y perfeccionar nuestra convivencia.

Se han producido también durante aquel período acontecimientos importantes que por fuerza obligan a abrir los ojos a la realidad y comprobar el peso enorme de la manifestación de la voluntad de nuestros compatriotas, que es preciso acatar y respetar como demostración del ejercicio de la libertad.

Es ese ejercicio de la libertad la base para la existencia de un orden auténtico, que se corresponde con la normal aspiración de los seres humanos.

Arrasar la libertad de las diversas partes que concurren en una sociedad democrática, en nombre de cualquier idea que pretenda superarlas, es incompatible con el mantenimiento del Estado de derecho y conduce directamente al estado tiránico, que nunca será legítimo aunque pretenda legalizar su arbitrariedad.

El desorden, la guerra social, pueden provenir de que una parte de la sociedad contemple codiciosamente el Estado como cosa propia y quiera actuar en consecuencia, o bien que no acepte al Estado y proceda de acuerdo con este criterio. En ambos casos, el querer interrumpir o modificar la trayectoria marcada por la voluntad de la mayoría social, es pecar contra la historia.

La fuerza que no obedece a la ley es la auténtica engendradora de desorden; la que convierte a la sociedad en algo potencialmente explosivo.Y si acaso triunfa, expulsa a la sociedad de la historia, sustituye su esperanza de progreso y la hace caer en el abatimiento.

Nuestro compromiso, el compromiso de todos nosotros, es evitar ese mal y velar por la seguridad y el bienestar de la nación que nos da su confianza.

Ese es también nuestro honor, como sentimiento que forma parte de la estima de los demás y de la propia estima.

El honor inmenso de servir a la patria inmortal.

Porque la patria no sólo está formada por los ciudadanos que en un momento dado habiten en su territorio, sino por la memoria y el recuerdo de cuantos españoles, a través de la historia, escribieron en ella páginas brillantes y nos han legado su nombre y sus hazañas. Y está formada también por la esperanza en quienes han de sucedernos y continuarán el relato interminable de nuevos esfuerzos, de nuevos sacrificios.

Por eso patriotismo es amar el pasado; mejorar el presente mediante la entrega al servicio de nuestros compatriotas; evitar a todos éstos las ocasiones de dolor o sufrimiento; contribuir a formar a nuestros hijos en el trabajo y en la ilusión.

Un sentido patriótico profundo, verdadero, consciente de sí mismo, por gracia de la cultura histórica, de la civilización y del respeto a la ley, supone el alto honor de amor a España. Pero el amor a España no basta con sentirlo. Es preciso hacerse cargo de él, someternos a él, no sometiendo a España a nuestro capricho, a nuestros intereses o a nuestros personales criterios y definiciones.

La ley básica a la que todos debemos respetar y defender, la Constitución, ha sido elaborada por la representación de los españoles y aprobada por la voluntad mayoritaria de los mismos. Es, por consiguiente, el pueblo, mediante la Constitución, el que ha configurado el Estado de derecho, y no cabe atentar contra la Constitución sin atentar contra el Estado, ni atentar contra el Estado sin atentar contra la comunidad de españoles.

Constitución, Estado y pueblo son la encarnación triple de la libertad de los pueblos, y no hay argumento válido para destruir esos fundamentos, ni menos para intentar separarlos artificialmente con el fin de derribar la Constitución en nombre del Estado o al Estado en nombre del pueblo.

Los procesos democráticos han de realizarse dentro del arco de posibilidades que la ley permite. Y la ley ha de permitir la aplicación de los procedimientos constitucionales mediante los cuales aquellos procesos puedan ser ratificados o rectificados periódicamente a fin de que se adapten a la voluntad mayoritaria del pueblo.

Para que estas alternativas políticas se produzcan dentro de un orden y estén presididas por una continuidad, es importante el papel de la institución Monárquica, que está por encima de la propia persona a quien durante una etapa determinada le corresponde el honor de encarnarla.

Porque la institución Monárquica no depende, ni puede depender, de unas elecciones, de un referéndum o de una votación. Su utilidad se deriva de que está asentada en el plebiscito de la historia, en el sufragio universal de los siglos. La independencia permanente de la Jefatura del Estado es la que permite al Rey ejercer el arbitraje y la moderación, y también garantizar la unidad de la patria y la consolidación del sistema.

Yo sé muy bien que las Fuerzas Armadas tienen clara conciencia de estos conceptos fundamentales así como del trascendente papel que les corresponde en orden a garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional que los españoles se han dado a sí mismos.

En esta fecha de la Pascua Militar, deseo expresaros, a la vez que mi felicitación cordial, el agradecimiento por vuestra contribución al proceso de transformación que se viene realizando en nuestra patria, y en el que todos los españoles han dado muestra de madurez, de serenidad y de prudencia.

En mi calidad de jefe supremo de las Fuerzas Armadas que la Constitución me atribuye, os digo que estoy orgulloso de su comportamiento, de su afán de servicio, de su disciplina y de su patriotismo.

En este día en que renovamos la antigua tradición de la Pascua Militar, os pido que no perdáis nunca la esperanza y que sigáis laborando, cada uno desde su puesto, por la paz de España. Y pensemos ya en el futuro, en el año que comienza.

Finalmente, agradezco mucho al Ministro sus amables palabras y sus firmes propósitos. Por mi parte, le deseo los mayores aciertos en su gestión al frente de un departamento que tiene a su cargo nada menos que la defensa de la nación. Una tarea que como él acaba de decir, presenta un carácter colectivo y en la que han de conjugarse armónicamente las responsabilidades de todos.

Estoy seguro de que pondrá su mejor voluntad en conseguirlo y tampoco dudo de que vosotros habéis de colaborar decididamente en proporcionarle vuestra ayuda, vuestros conocimientos y vuestra dedicación entusiasta.

Así sus decisiones importantes podrán apoyarse en el asesoramiento sincero y fundado de quienes tienen un perfecto conocimiento de la vida y de los problemas de la milicia.

Y nada más, señores. Un recuerdo emocionado para los compañeros que desde la última celebración de este acto, se han separado definitivamente de nosotros, convocados por la llamada de Dios.

Que El os conceda, a todos vosotros y a vuestras familias, la felicidad que os deseamos.

Y ahora, gritad conmigo:

¡Viva España!

Itzuli Hitzaldiak atalera
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