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Palabras de Su Majestad el Rey en la cena de gala ofrecida por el Presidente de Yugoslavia, Sr. Rodovan Vlajkovic

Yugoslavia(Belgrado), 22.05.1985

S

eñor Presidente, en nombre de la Reina y en el mío propio, deseo agradeceros las amables palabras que acabáis de pronunciar, así como manifestaros nuestro reconocimiento por la afectuosa acogida que nos habéis dispensado en esta heroica ciudad de Belgrado, capital de un Estado donde seis naciones y numerosas nacionalidades conviven en paz y trabajan juntas por alcanzar cada vez mayor justicia y prosperidad.

Hace mucho tiempo que deseaba visitar vuestro país y, si bien mis deberes no lo habían hecho posible hasta ahora, quiero manifestaros la enorme satisfacción que nos produce encontrarnos hoy entre vosotros. Desde este momento puedo confirmaros que el interés con el que emprendí este viaje no ha cesado de aumentar desde que pisamos tierra yugoslava.

Me he referido a mi propio interés y lo he hecho intencionadamente pues, como sabéis, la Reina, aunque también lo comparte, no viene por primera vez a vuestro país. Ya tuvo el placer de visitarlo acompañando a su padre el Rey de Grecia, invitados hace años por el Presidente Tito.

Señor Presidente, cuando esta mañana me cupo el honor de depositar una ofrenda floral en el monumento erigido en el Monte Avala a los héroes de la lucha por la libertad de Yugoslavia, pensaba en la dramática historia de vuestros pueblos y en cómo a pesar de tantas invasiones, desmembramientos y largos intentos de alienación material y espiritual, han sabido conservar sus señas de identidad y completar una unidad política que los alberga y potencia a todos: la República Socialista Federativa de Yugoslavia.

Un factor que acerca a nuestros pueblos es que ambos han atravesado por circunstancias históricas similares. La batalla en Kosovo entre los ejércitos servio y turco tiene su paralelo en la de Guadalete que abrió paso al largo período de dominación árabe en España.

Los pueblos de España, aún divididos, supieron mantener durante siete siglos la conciencia de su solidaridad y lograr en 1492 restaurar la unidad perdida.

La larga lucha de los yugoslavos por alcanzar su expresión como Estado común a todos ellos nos parece igualmente meritoria, con un añadido de voluntad creadora, ya que los yugoslavos tenían que crear una unidad política que hasta entonces no había existido.

Pero si el recuerdo de la historia ha de producir una lógica satisfacción y orgullo en nuestro pensamiento, es necesario no detenerse ahí. El pasado hay que situarlo como parte integrante del presente y acogerse ilusionadamente a la construcción de un futuro mejor, en el que fructifique la solidaridad.

Ante todo, la primera condición para alcanzar ese futuro es la paz. Pero la paz, señor Presidente, es un todo indivisible y si bien exige como condición inmediata la seguridad, sólo puede realizarse plenamente con la justicia.

España ha contribuido y seguirá contribuyendo, en una de las líneas fundamentales de su política exterior, a la consecución de un orden internacional más seguro y más justo.

Para ello, creemos imprescindible que el diálogo recientemente iniciado entre las dos grandes potencias mundiales, supere las actuales dificultades y logre resultados tangibles.

Paralelamente, países como España y Yugoslavia pueden y deben aportar sus mejores esfuerzos en los foros en que participan: desde las Naciones Unidas, en el plano universal, hasta la Conferencia de Seguridad y Cooperación, en el plano europeo.

Esta acción se complementa con la que cada una de nuestras naciones desarrolla en ámbitos específicos, que constituyen también una aportación a la cooperación internacional. Yugoslavia ha contribuido de forma señera a la creación y desarrollo del movimiento de los países no alineados.Por nuestro lado, el inminente ingreso de España en la Comunidad Europea ha de permitir que su voz adquiera más firmeza y su acción más eficacia.

Señor Presidente, España es una democracia joven y por ello llena de vitalidad y fuerza en la defensa de los valores que representa.

Mi país es sensible a los problemas con que se enfrenta nuestro mundo y no regatea esfuerzo alguno a su alcance por conseguir terminar con el injusto reparto de la riqueza en el mundo y con la desigualdad creciente entre los pueblos y naciones que condena a algunos al hambre y a la pobreza, mientras permite a otros vivir en abundancia. Este es uno de los retos más urgentes y difíciles con que nos encontramos, sin cuya superación no es posible imaginar un mundo de paz estable y duradera.

Esa paz exige igualmente que cada nación defienda y respete, para sí y para los demás, a los individuos que integran cada una de sus sociedades.

Concebir la paz como mera ausencia de guerra, con ser ya mucho, no es ni puede ser suficiente.

Sería injusta una paz en la que no resplandeciera el respeto por los derechos humanos, entendidos en su acepción más amplia. La vida del ser humano sólo se entiende y adquiere todo su valor como un todo que alberga derechos y libertades inalienables. Sin ellos, el hombre no puede vivir ni siquiera en paz consigo mismo y esto constituye un factor de incomprensión y de tensiones.

Señor Presidente, España y Yugoslavia, cada una desde su especial posición, con sus diferencias y afinidades, pueden hacer mucho para el logro de estos objetivos.

Vuestro país es un claro ejemplo de que, con voluntad firme y propósitos decididos, es posible hacerse escuchar y respetar en los foros internacionales.

En esta tarea, es imperativo resistir a las tentaciones conformistas.

Creo sinceramente que la voluntad de nuestros pueblos, su tenacidad y generosidad pueden ser un factor importante para la resolución de los grandes problemas que hoy acucian al mundo entero.

Las excelentes relaciones existentes entre nuestros dos países son clara muestra de las posibilidades que se ofrecen a los pueblos para fomentar un clima de confianza, entendimiento y paz.

Por ello, me complace reiterar aquí la mejor disposición de España para seguir por este camino de diálogo y cooperación. Es deseo español consolidar e incrementar nuestras relaciones, en las que aún queda mucho por hacer en beneficio mutuo.

Con este espíritu que preside nuestro ánimo en el acercamiento a las naciones y pueblo yugoslavo, levanto mi copa por vuestra ventura personal y la de vuestra esposa, por la prosperidad y progreso de vuestro pueblo y por el futuro de las relaciones entre nuestros dos países.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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