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Palabras de Su Majestad el Rey en la cena de gala ofrecida en honor del Presidente de los Estados Unidos de América, Sr. Ronald Reagan

Palacio Real de Madrid, 07.05.1985

S

eñor Presidente, señora de Reagan, en nombre de la Reina y en el mío propio, me es muy grato expresaros la satisfacción que sentimos por vuestra presencia en España. Este encuentro es un testimonio de la amistad que existe entre nuestras dos naciones.

Esta es vuestra primera visita oficial a España. Aunque breve, estoy seguro de que vuestra estancia entre nosotros os permitirá apreciar la vitalidad del pueblo español y de las instituciones democráticas que libremente se ha dado. Al hacerlo, España recobró su tradición secular tras un prolongado paréntesis.

En el umbral del siglo pasado, las Cortes de Cádiz establecieron las bases de un régimen nuevo en mi país. Fue en Cádiz también, donde se acuñó el término «liberal» que habría de ser el fundamento de tantas emancipaciones.

Los hombres de Cádiz partieron de la vieja tradición de las Cortes castellanas y aragonesas, y la enlazaron con las ideas proclamadas por la Constitución de Virginia, que habían comenzado a hacerse presentes en Europa.

Así pues, de la misma manera que España prestó una contribución no desdeñable a la Independencia de los Estados Unidos, las ideas de la Revolución americana alimentaron a los innovadores del constitucionalismo español plasmado hoy en la Constitución de 1978.

Igualmente, el libro de Hamilton alimentó la corriente federalista española que ahora encuentra equilibrada manifestación en la construcción del Estado autonómico.

Señor Presidente, en el período de clausura de las libertades que atravesó España, siempre hubo en América hombres de sensibilidad moral y profundo sentido político que, resistiéndose a las meras inercias de la política de poder, alentaron a la consecución del cambio en mi país. A esta tradición americana de defensa de las libertades, nuestro reconocimiento y homenaje.

Faltan muy pocos años para que celebremos el V Centenario del descubrimiento de América. Con este motivo, deseo expresar hoy mi confianza en que las iniciativas que en este contexto hemos acometido juntos, culminen felizmente en 1992.

Los españoles que exploraron, colonizaron y evangelizaron el nuevo continente, no limitaron su acción a lo que hoy es Hispanoamérica. Son innumerables los vestigios españoles en lo que ahora son los Estados Unidos y, muy especialmente, en un Estado que os es muy próximo: California.

El Camino Real que entonces cruzaba aquellas tierras, estaba y está jalonado, de San Diego a Sonoma, por veintiuna misiones que evocan la presencia de España.

Ello explica por qué las relaciones entre nuestros dos países tienen un rico contenido espiritual y cultural. La herencia española está presente y cada vez más viva en norteamérica.

Si el descubrimiento cambió la faz del mundo hasta entonces conocido, también dejó una huella indeleble en la historia de España.

De aquí que los vínculos de todo orden que se han ido estableciendo entre mi país y las naciones hispanoamericanas, expliquen la particular sensibilidad con que los españoles seguimos los avatares de aquellos pueblos.

Estamos convencidos que, en el horizonte de fin de siglo, el destino de las naciones hispanoamericanas inclinará el equilibrio mundial en el sentido del progreso o en el sentido del estancamiento. Por ello, deseamos que los problemas estructurales, que son causa de inestabilidad política en estos países, sean superados con reformas profundas llevadas a cabo democráticamente y conforme a las normas del Estado de derecho.

Sin libertad no cabe justicia, o acontece que la búsqueda de ésta se confunde con la justificación de la opresión. Pero es igualmente irrefutable, que sin el afianzamiento de la justicia, perece la delicada planta de la libertad.

Vuestra visita, señor Presidente; coincide con la feliz conclusión de las negociaciones de mi país con la Comunidad Económica Europea. En muy breve plazo, se habrá cerrado un capítulo de nuestra historia y se inaugurará un nuevo ciclo, en el que la reiterada vocación europea de España alcanzará paulatinamente su plena realización.

De este modo, el pueblo español ingresará definitivamente en ese conjunto de naciones que forman la Europa democrática. Naciones que comparten, no sólo un común pasado histórico; sino también -y sobre todo- un destino libremente asumido, basado en los principios de libertad y de respeto de los derechos individuales.

Vuestra visita a España es, al mismo tiempo, una etapa de la gira que estáis efectuando por diversos países europeos. Perseguís con ello, entre otros objetivos, poner de manifiesto el respaldo solidario de los Estados Unidos de América a una Europa fuerte y democrática.

Europa y América tienen en común ideales que se asientan en la concepción del hombre como ser perfectible en la libertad. Caracteriza a nuestra civilización la concepción del progreso y la voluntad de superación. Tratamos de hacer de cada hombre y de cada mujer, pioneros del conocimiento y de su aplicación al dominio de la naturaleza.

Los Estados Unidos han sido fundacionalmente el refugio de la libertad individual. En vuestro proyecto como nación se han integrado las ansias de mejora social de quienes no encontraban en sus solares campo abierto para el desarrollo de su capacidad de iniciativa y para la expresión de su personalidad sin trabas. Este ámbito para la libertad que constituyó la América de los padres fundadores es el cimiento de la notable creatividad americana.

De la misma manera que el descubrimiento y colonización de América, impulsados por las Coronas de España y de Portugal, terminaron con la Edad Media e impulsados por un viento renacentista abrieron la época moderna, la independencia y asentamiento de América, con el imperio de las ideas liberales de Europa, inauguraron la época contemporánea. Este asiento para las iniciativas individuales que constituyó un país definido, como señalaba Turner, por la frontera, ha sido marco para grandes empresas en las que el hombre impuso su voluntad a la naturaleza.

No es extraño, pues, que en varios momentos sea en los Estados Unidos donde se producen, en serie casi ininterrumpida y asombrosa, descubrimientos que han hecho de la vida humana algo más seguro, más cómodo y, por lo tanto, más libre. En estos esfuerzos de progreso científico y técnico han contribuido los investigadores y técnicos españoles acogidos generosamente en vuestras universidades y en los avanzados centros de investigación. Concretamente, los programas de becas y de cooperación universitaria -y entre ellos los Programas Fullbright, de los que se ha beneficiado lo más granado de nuestro personal investigador- han reavivado la capacidad científica y humanística de nuestras capas intelectuales.

Valores comunes, pues, que deben defenderse frente a toda amenaza, en el marco de cada comunidad y, también conjuntamente.A ello, España coopera decididamente a través del Convenio de Amistad, Defensa y Cooperación con los Estados Unidos y con su solidaridad con el mundo occidental.

Sin renunciar al sueño de unidad europea, mi país permanecerá fiel a sus obligaciones libremente aceptadas, y a las decisiones que adopte sobre las modalidades de nuestra aportación a la seguridad occidental.

Precisamente, se celebra en estas fechas el cuadragésimo aniversario del fin de la II Guerra Mundial.

Contemplando retrospectivamente lo sucedido a lo largo de estas cuatro décadas, los europeos podemos sentirnos orgullosos de las cotas de libertad y bienestar material alcanzadas desde entonces. Y sobre todo, de la superación de las contiendas seculares, algo que parecía impensable en Europa occidental, hace tan sólo seis u ocho décadas.

El pueblo español ha hecho también de la reconciliación la piedra angular de su convivencia.

A esta noble tarea la Corona ha prestado y prestará siempre sus mejores esfuerzos.

A partir de ahora, los españoles se consagrarán también a la construcción de Europa -de la que deberá desaparecer el último anacronismo colonial- aportando a este ideal su vocación democrática, sus recursos materiales y su variada riqueza cultural, junto con su experiencia histórica, de la que nuestra dimensión iberoamericana es parte irrenunciable.

Señor Presidente, España ha seguido con atención la reciente evolución de la economía norteamericana, muy especialmente por su incidencia en las economías occidentales. Comprobamos que siguen planteados, y en algunos casos se han agudizado todavía más, los graves problemas que aquejan a la economía mundial: la deuda externa de los países en desarrollo, el creciente proteccionismo y los desequilibrios monetarios. Estas dificultades impiden que la economía mundial pueda salir de la crisis en que se encuentra desde hace ya varios años.

La reciente Cumbre de Jefes de Estado celebrada en Bonn, a la que acabáis de asistir, ha tratado algunas de estas cuestiones con vistas a encontrar vías de solución armonizadas. España, en la medida de sus posibilidades, procurará contribuir al esfuerzo común.

En estos momentos en que los Estados Unidos están negociando en Ginebra, con el respaldo de los aliados, deseo formular mis votos esperanzados por el buen término de esas negociaciones de desarme, en las que la humanidad tiene puestos sus ojos.

El pueblo español, señor Presidente, desea fervientemente la paz.

Al reiteraros nuestra más cordial bienvenida, levanto mi copa por la ventura de Vuestra Excelencia y de la señora de Reagan y por la felicidad del pueblo amigo de los Estados Unidos.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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