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Palabras de Su Majestad el Rey en el Congreso Nacional de Argentina

Argentina(Buenos Aires), 16.04.1985

S

eñor Presidente del Senado de la Nación, señor Presidente de la Cámara de Diputados, señores congresistas, deseo ante todo expresar mi agradecimiento al Congreso de la Nación argentina por esta invitación que me permite dirigir el mensaje de solidaridad y fraternal amistad de que soy portador a los treinta millones de argentinos representados aquí.

Nuestros pueblos, señores senadores y diputados, han estado siempre unidos por esos vínculos de sangre, historia y cultura, que no sólo configuran una especial relación, sino que definen nuestra personalidad como naciones.

Pero esos vínculos, que se han manifestado con singular puntualidad en los momentos críticos de nuestra historia reciente, son hoy aún más estrechos porque Argentina y España han vivido en los últimos años los avatares de los procesos de recuperación de sus libertades democráticas.

Cada país ha seguido, en este largo y difícil camino, la inspiración que su propio pueblo, con su gran sabiduría le ha ido marcando.

Ahora, por primera vez en varias décadas, argentinos y españoles compartimos la euforia de la soberanía popular rescatada, el entusiasmo de la democracia restablecida y la inquebrantable voluntad nacional de conquistar un futuro de paz y prosperidad para nuestros pueblos.

La trascendencia de esta sintonía no radica tanto, sin embargo, en la coincidencia de los sistemas políticos, como en la identidad del entramado moral en que éstos se apoyan. No hay modelos universalmente válidos aunque sí existen unos principios básicos sobre los que se asienta la idea de una auténtica democracia: el imperio de la ley y la realización de la justicia.

Es grande mi emoción al dirigirme a esta Asamblea legislativa, depositaria de la soberanía popular y de las libertades conquistadas con el sacrificio, a veces heroico, de tantos hijos de la patria argentina y donde se encuentra representada la pluralidad de toda índole de esta gran nación hermana.

La restauración de la libertad por los argentinos, que España entera celebró con júbilo el 30 de octubre de 1983, constituyó un hito histórico en el devenir de esta nación, y supuso un punto de inflexión decisivo en la recuperación de las instituciones democráticas en todo el hemisferio.

El impulso argentino hizo irresistible la tendencia, ya iniciada, hacia el restablecimiento de regímenes constitucionales, y ha hecho posible el reencuentro con los propios orígenes de las nacionalidades americanas, con el sentido profundamente liberal y humanista que forjaron los libertadores como San Martín, Bolívar, O'Higgins y Sucre, y con la línea marcada por sus ilustres sucesores, que modelaron la personalidad y el talante de los pueblos iberoamericanos.

Nuestra América vuelve a sus orígenes, a las esencias liberales por las que siempre luchó y que, superados los desgarramientos históricos, nos han enriquecido a todos y son ya patrimonio, también, de la España renovada.

Al aceptar, con profundo orgullo, el Premio Simón Bolívar, otorgado con ocasión del bicentenario del Libertador, contraje la responsabilidad de representar los ideales de amor a la libertad y ansia de unidad entre las naciones del hemisferio. Unos ideales que hoy renacen en la Argentina que vosotros representáis de forma ejemplar.

Desde esta casa de libertades se han consolidado los elementos esenciales de la vida democrática: la libre participación y el protagonismo de los ciudadanos y la necesaria pluralidad con que los mismos se expresan.

Como tuve ocasión de decir en mi anterior visita a este país, en circunstancias bien diferentes, «estamos convencidos de que el orden político y la paz social no pueden tener otros fundamentos que la dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, y el respeto a la ley. Porque el orden puede y debe ser constituido y defendido con procedimientos basados en los fines humanos del poder».

Paz y orden son elementos fundamentales para el mantenimiento de la libertad democrática, pero también el respeto a la ley, el reconocimiento y la garantía inexcusable de los derechos humanos.

La democracia ha renacido en nuestros países en momentos nada fáciles para nuestros pueblos. Tanto España como la Argentina han de enfrentarse a problemas de gran envergadura, en un mundo que no acaba de salir de la crisis económica que sufrimos desde hace ya más de una década.

Frente a la simplificación y el reduccionismo implícitos en el poder irrestricto, la democracia tiene como rasgo esencial la complejidad, el pluralismo de vocaciones e intereses, y la posibilidad de realización de proyectos diversos.

Ello hace que los ciudadanos experimenten a veces un sentimiento de impaciencia ante las dificultades para encontrar solución a los grandes problemas con los que se enfrenta toda nación libre. Y a veces esa impaciencia corre el riesgo de convertirse en frustración, complicando la maduración de la vida democrática.

El cuerpo legislativo, que ustedes honorables senadores y diputados, constituyen, representa las aspiraciones y los anhelos que el pueblo argentino les ha confiado y representa asimismo la voluntad de compromiso que es la esencia de la convivencia democrática.

La traducción serena y consciente de las aspiraciones populares a una legislación, fruto del pacto entre los diversos componentes de la sociedad, es la noble tarea a la que ustedes vienen entregándose con tanto esfuerzo desde hace más de un año.

Esa labor, difícil y abnegada, que completa la del gobierno de la nación, se proyecta sobre la ciudadanía dándose aliento, reforzando su compromiso democrático y su ánimo para afrontar las dificultades cotidianas.

La normalización democrática ha permitido también que vuestra gran nación recobre el prestigio que tuvo en el mundo y que merece vuestro pueblo.

Desde el siglo pasado, hombres como Mitre, Alberdi o Sarmiento, hicieron de la Argentina un país que era la admiración de todos los pueblos.

Hoy, la Argentina ha asumido un merecido protagonismo en la comunidad internacional.

España aprecia con especial interés los esfuerzos desplegados por vuestro gobierno ante el grave problema de la deuda externa y su preocupación por el desarme a escala mundial. Estos dos problemas atentan contra la estabilidad de nuestro mundo y, por lo mismo, constituyen un peligro potencial para la convivencia democrática.

El problema de la deuda externa exige soluciones imaginativas y valientes que permitan un arreglo auténtico y duradero para lograr el triunfo en la batalla de la modernización y del desarrollo.

Sin ese desarrollo no se concibe que haya paz. Y sin un horizonte de paz, no es posible tampoco el desarrollo para la mayoría de los pueblos del mundo y, especialmente, para los de este hemisferio.

Las grandes potencias y todos los países desarrollados han de comprender que en ese clamor de justicia hay también un aviso: que nadie puede ya ser ajeno a los llamamientos de reforma y de paz, porque se trata de la supervivencia de todos.

Señores senadores y diputados, deseo reiterar ante esta ilustre Asamblea la posición mantenida por España en las Naciones Unidas respecto de la reivindicación argentina tendente a reintegrar la unidad de sus tierras mediante medios pacíficos y negociadores. Sé que situación análoga en lo que respecta a España provoca en vosotros la misma actitud solidaria.

España es un país del occidente que se constituyó como nación simultáneamente con su proyección americana. Su conformación espiritual y moral está así modelada por estas dos vertientes que definen su identidad y han determinado siempre su política.

La integración de España en el conjunto de las instituciones económicas y políticas de la Europa occidental es ya un hecho que ha alegrado a los españoles, conscientes de estar viviendo el inicio de un nuevo ciclo histórico.

Nuestro alejamiento secular de Europa empobreció a ésta tanto como a España.

Por otra parte, creemos también que la ausencia de España de instituciones europeas ha contribuido al distanciamiento entre Europa y la América hispánica.

Nunca ha pretendido España detentar el monopolio de una relación entre naciones libres e independientes; sin embargo es un hecho que desde la II Guerra Mundial, y especialmente, con la constitución de las Comunidades Europeas, la política exterior de la Europa en construcción se proyectó preferentemente sobre otras áreas y sobre otros intereses.

Iberoamérica y España, tan unidas espiritual y económicamente desde el siglo XVIII, no están hoy lo vinculadas que su común cultura haría exigible.

Hoy, España entiende que la ocasión del acceso de la Península Ibérica a las instituciones europeas ha de ser también la hora de la apertura de Europa a la América de raíz ibérica.

Nuestro compromiso no da lugar a duda alguna: al incorporarnos a la Europa comunitaria no cortamos, sino que llevamos con nosotros, para unirlos al resto del continente europeo, los lazos profundos que nos unen con éste; la lengua de Cervantes, que es también la de Martín Fierro; la herencia de tantos antepasados nuestros y vuestros.

Señores senadores y diputados, al transmitiros el abrazo fraterno de los pueblos de España, no quiero dejar de rendir, desde esta Asamblea que representa el renacer del pueblo argentino, un homenaje a esos millones de hombres y mujeres que, desde los confines de Galicia y de Asturias, de Canarias y del País Vasco, de Cataluña o de Andalucía, de España toda, ligaron para siempre su suerte a esta tierra Argentina, hicieron de ésta su patria, lucharon y murieron por ella sin dejar nunca de sentirse españoles.

A ellos, que vinieron movidos por el afán de una vida mejor y más justa para sus hijos, se unieron luego los millares de desplazados forzosos, los exiliados de nuestra Guerra Civil, que aquí encontraron la libertad de creación y conciencia que durante tantos años hizo de este país un foco inigualado de progreso.

En la década pasada, muchos de vuestros hijos encontraron a su vez asilo en nuestra patria.

Esos lazos de dolor y de ausencia han reforzado aún más la solidaridad entre argentinos y españoles y su determinación de trabajar porque nunca más ninguna idea de Estado ni ningún mesianismo salvador venga a arrebatarnos nuestra dignidad de hombres libres.

Señores senadores y diputados, la América de expresión española, cuya vitalidad creadora es indiscutible, no juega aún el papel decisivo que le corresponde en la comunidad internacional. No nos cabe duda que conforme se alejan de este continente los fantasmas de la opresión política, renace el espíritu de unidad y la voluntad de afirmación.

Para que este espíritu y esta voluntad se traduzcan en realidades efectivas se hace necesario un gran esfuerzo solidario y sobre todo, una firme voluntad política donde se apoyen los procesos integradores de este hemisferio.

En esta tarea, siempre tendréis a España a vuestro lado; y ninguna ocasión mejor que la efeméride que se nos acerca en 1992.

No queremos, en ocasión del V Centenario, celebrar un acontecimiento español, ni siquiera glorificar una fecha que abrió paso a la Edad Moderna.

Lo que queremos es aprovechar la ocasión para mostrar al mundo lo que nuestra América es hoy y, sobre todo, lo que está determinada a ser en el futuro.

Buscar en nuestra inmensa riqueza cultural y social las raíces de una nueva civilización que en su pluralismo, su tolerancia y vitalidad, suponga una nueva concepción del hombre moderno. Mostrar al mundo que nuestra lengua, que es nuestra segunda patria, no sólo se adapta a los retos del mundo actual, sino que lo enriquece. Revelarnos, en suma, a nosotros mismos y al resto del mundo, que nuestro pasado común es una fuente cada vez más caudalosa y rica de dinamismo y esperanza.

Antes de abandonar vuestra compañía, señores presidentes, señores senadores y diputados, señoras y señores, permitidme formular un voto final: que las ideas de libertad, justicia y progreso continúen inspirando la labor de estas Cámaras, símbolo de la voluntad nuevamente en marcha del pueblo argentino.

Muchas gracias.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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