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Palabras de Su Majestad el Rey a los miembros de la Fundación Coudenhove-Kalergi al recibir el Premio de la Fundación

Madrid, 18.06.1986

A

cepto con gozo el honor que significa recibir el Premio de la Fundación Coudenhove-Kalergi, tanto por su significado intrínseco como por la relevancia de las personalidades a quienes ha sido otorgado desde su institución.

Coudenhove-Kalergi fue el primer Premio Carlomagno, en 1950. El hecho me parece simbólico, porque vino a expresar el reconocimiento al hombre que con su reflexión y sus ideas, expresadas sobre todo en el libro «Pan-Europa», supo dar alcance y contenido políticos a la esperanza de la integración europea.

En 1950 esa esperanza comenzaba a encarnarse a medida que expectativas formuladas en 1948, en el Congreso de La Haya, iban convirtiéndose en realidad y esas realizaciones tangibles alentaban nuevos pasos y nuevas metas en el camino hacia la unión de los pueblos europeos.

Se llegó así a la creación de una organización que agrupa a los Estados europeos en una asociación más íntima para responder adecuadamente a unas necesidades y unas aspiraciones por todos sentidas.

Cada gran acontecimiento histórico ha comenzado con una utopía antes de convertirse en realidad; la historia mundial, escribió Coudenhove-Kalergi en 1923, se compone de una cadena de sorpresas, de utopías realizadas.

Desde el final de la II Guerra Mundial la idea europea ha llevado a múltiples realizaciones y muchos e importantes pasos han sido dados en el proceso de integración.

Pero creo que no hemos agotado plenamente y hasta el fondo aquella utopía, ni hemos realizado del todo aquel ideal.

Europa se enfrenta hoy con dificultades innegables y con desafíos a los que recientemente he tenido ocasión de referirme en mi discurso ante el Parlamento Europeo, en Estrasburgo, el pasado 14 de mayo:

El desempleo, que tantos daños materiales y morales inflinge a nuestros pueblos, y muy especialmente a los jóvenes de Europa; el desafío tecnológico; las diferencias regionales; la degradación del medio ambiente; la salvaguardia y promoción de los derechos del hombre; los problemas de la seguridad de un mundo dividido, en un momento en el que Europa se ha convertido en potencial escenario de enfrentamientos dentro de un mundo bipolar que evoluciona rápidamente y en el que la seguridad necesita de la cooperación; etc.

Si en este acto me refiero una vez más a tales desafíos y dificultades, no es simplemente para reiterarlos sino para reflexionar, desde ellos y con plena conciencia de los mismos, sobre el sentido que hoy puede tener para nosotros el mensaje y el ideal de Coudenhove-Kalergi.

Porque frente a posiciones que expresan un pesimismo radical, pienso que la utopía europea y en ella el pensamiento de Coudenhove-Kalergi, conservan plena vigencia, en particular en dos ámbitos que me parecen básicos: el cultural y el político.

En el plano cultural, ante todo, porque si bien es cierto que nuestras sociedades registran y viven hoy influencias que provienen de todos los puntos cardinales y se enfrentan con complejas dificultades sin precedentes, creo que la comprensión y la creación de actitudes de diálogo entre los pueblos y las culturas es una tarea y una responsabilidad para los europeos.

Europa puede y debe conservar y mantener como realidades vivas la diversidad y pluralidad de identidades, invirtiendo así la tendencia a la uniformidad cultural. Como se ha dicho autorizadamente, y me solidarizo con estas palabras:

«Es preciso recuperar los valores culturales que propicien una expresión más autónoma de los individuos, que luchen contra la dictadura de la comercialización y la superficialidad y nos ayuden a construir una sociedad en la que cada hombre puede expresarse.»

Europa tiene también ante sí una noble tarea política: la de consolidar y profundizar la democracia, tanto en el plano interno europeo y de cada una de nuestras sociedades, como en el plano universal.

En el plano interno europeo porque no hemos superado del todo las desigualdades injustas. A pesar de cuanto de positivo y progresivo hemos logrado, persisten desequilibrios innegables, agravados además por la crisis económica: miles y miles de trabajadores emigrantes, como miles y miles de refugiados, por ejemplo, se ven amenazados hoy por las reacciones xenófobas e incluso racistas de quienes, egoístamente, distinguen de modo tajante y radical entre nacionales y extranjeros y pretenden que únicamente los elegidos de una determinada comunidad nacional pueden ser los beneficiados de determinadas cotas de bienestar y seguridad.

Coudenhove-Kalergi acertó cuando sostuvo que el fin supremo es la paz. Hoy sabemos que la paz únicamente se fundamenta en la libertad, la igualdad, la justicia y el respeto de los derechos humanos fundamentales. Esta, creo, es la más importante responsabilidad política de los europeos, si queremos ser fieles a nuestra vocación y a nuestros signos de identidad.

Me he referido a responsabilidades de los europeos en el plano cultural y en el político, convencido de que nos enfrentamos a tres exigencias básicas, a las que tenemos que saber dar respuestas adecuadas: la paz, el desarrollo y los derechos humanos. La paz, porque sin ella el desarrollo no es posible; el desarrollo, porque sin él los derechos humanos resultarán muchas veces ilusorios; los derechos humanos, por último, porque sin ellos la paz es violencia y el desarrollo se confunde con mero crecimiento económico, al quedar olvidadas sus inherentes dimensiones sociales y humanas.

Hace escasamente un mes, ante el Parlamento Europeo, reafirmé solemnemente el compromiso de España en la realización de la unidad europea. Dije también que cada uno, desde su parcela de responsabilidad, tiene que aportar su esfuerzo, ya que nadie tiene derecho a dilapidar la herencia recibida.

Al recibir el Premio de la Fundación Coudenhove-Kalergi, he querido con mis palabras asumir mi propia responsabilidad, con plena conciencia de que hay distinciones que no sólo honran a quienes las reciben sino que además les comprometen y obligan.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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