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Palabras de Su Majestad el Rey a la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en el homenaje a Luis Díez del Corral

Madrid, 13.03.1991

T

anto a la Reina como a mí, nos ha satisfecho mucho haber podido participar hoy en los trabajos de esta Corporación. No puedo olvidar que, personalmente, había asistido a otros actos de la misma en el pasado, para procurar contribuir a mantener una tradición de asistencia de la Corona, concretamente a esta Real Academia, en la que me precedieron mis antepasados los Monarcas de la Restauración.

Es natural que este amparo regio a las actividades académicas se efectúe de forma explícita y pública.

Esta Corporación forma parte de la que podría denominarse la segunda promoción de las Reales Academias.

La primera correspondió a Felipe V, y de ella han quedado, como muestras bien lozanas, tres Reales Academias: la Española, la de la Historia y la de Bellas Artes de San Fernando. Cuando, dentro del clima creado en el reinado de Isabel II por la necesidad de protección a las ciencias, surgió la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, inmediatamente después se decidió que se hermanase esa creación con otra orientada hacia las ciencias sociales, bajo el título, de tradición francesa, de Ciencias Morales y Políticas.Desde aquel Real Decreto del 30 de septiembre de 1857, toda una pléyade de investigadores de las ciencias sociales se han ido reuniendo en esta histórica casa madrileña.

A su lado se situaron los que de forma inmediata aplicaban sus enseñanzas en la práctica de la política diaria. Investigadores de las ciencias sociales y políticos se entremezclaron de tal manera que este Centro sólo puede explicarse si, desde sus primeros pasos, junto con el Marqués de Pidal, Olózaga o Bravo Murillo, contemplamos el trabajo de investigación de don Modesto Lafuente o don Manuel Colmeiro. Algunos académicos reunieron en su persona ambas cualidades, como era el caso de un Laureano Figuerola.

Precisamente con estos nombres que acabo de mencionar resulta bien claro el espíritu que desde sus inicios tuvo esta institución: convocar a su seno en un ambiente de libertad, a todos los que, en grado eminente, tienen algo que decir en este campo de la política y de las ciencias sociales. La lista de las medallas de quienes han formado parte de la Academia, con nombres tan indiscutibles como un don Antonio Cánovas del Castillo, un don Marcelino Menéndez y Pelayo o un don Joaquín Costa me ahorran cualquier comentario en este sentido.

Hoy esta Real Academia tributa su homenaje a una de las grandes cumbres intelectuales que han trabajado en ella, don Luis Díez del Corral es una persona clave para explicar el progreso notable alcanzado por la investigación del pensamiento político en España, de su difusión universitaria, y del merecido prestigio que se le ha reconocido mucho más allá de nuestras fronteras. El profesor Díez del Corral pareció haber hecho suyo aquel mensaje de Eugenio d'Ors que incitaba a los españoles a investigar y competir con los mejores centros del mundo, para ingresar así en el ámbito de la ciencia universal.

Sus trabajos sobre Tocqueville o esa maravilla que es «El Rapto de Europa», demuestran hasta qué punto don Luis Díez del Corral pertenece al núcleo de los más finos pensadores contemporáneos.

Creo que la Corona tiene como misión muy importante destacar la ejemplaridad de las conductas.

Porque también hay heroísmos en el trabajo intelectual diario, en la formación de discípulos, en la búsqueda inteligente e incansable de la verdad. Conforme evoluciona el mundo, las grandes riquezas de las naciones cada vez procederán más de los gabinetes de reflexión, de las bibliotecas, de los seminarios de investigación y de los laboratorios. Carlos III comprendió el alcance de esa verdad cada vez más evidente y abrumadora y la destacó de modo incansable. El esfuerzo en las artes, la industria y el pensamiento, han sido premiados, con justicia y como ejemplo, por mis antepasados. La Corona no puede abandonar hoy este mandato ya secular.

Finalmente, hago explícita mi voluntad de cuidar con atenta solicitud lo que dispone el artículo 62 de la Constitución de 1978. El alto Patronazgo de las Reales Academias que me corresponde será uno de mis desvelos preferentes.

Son estos momentos de honda transformación en todos los sentidos de la vida de los pueblos. Para iluminarlos, será necesario el esfuerzo perseverante de multitud de hombres del pensamiento. A esa labor esperanzadora y difícil llamo a los miembros de esta Corporación, invocando para ello el ejemplo perdurable de vuestro Presidente honorario don Luis Díez del Corral.

Se levanta la sesión.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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