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Palabras de Su Majestad el Rey en la clausura del curso de la Escuela Diplomática

Madrid, 13.06.1990

C

ada año que transcurre en esta Escuela, es el testimonio de una obra, en la que se asegura la diplomacia del presente y se va construyendo la del porvenir.

Animar a esa forja y acompañar a esa andadura es hacer afirmación de servicio a España y de esperanza en sus empresas. Porque del saber y de la aptitud de los diplomáticos dependerá una buena parte de los felices éxitos que los tiempos venideros nos reserven.

No basta el empeño, no basta sólo la voluntad: son precisos el conocimiento riguroso, la capacidad debidamente entrenada, el voluntario sometimiento a un fecundo y aleccionador aprendizaje.

El esfuerzo que aquí se ha realizado dará ahora sus frutos. A la fatiga de aprender sucederá la recompensa de saber crear.

A esa tarea creativa y valiosa quiero animar a los diplomáticos españoles que ahora dan comienzo a su carrera. Esta hallará su camino en un campo rico y complejo, como es el de las relaciones internacionales, donde el carácter de cada pueblo se contrasta y afirma en el coloquio con los demás.

Felizmente España ha contado siempre con una activa diplomacia pronta a defender los justos intereses de la patria, pero también deseosa de fomentar la pacífica relación con las demás naciones.

Hemos de seguir necesitando de esa diplomacia, capaz de poner metas de justicia y luces de confianza en los objetivos de nuestra actuación exterior y de esforzarse en su consecución con el trabajo de todos los días.

Así será acreedora como hasta aquí lo ha sido, a la estima y al reconocimiento de todos. Ese especial y adecuado instrumento, tenaz y dúctil a la vez, se forma en este recinto académico, en un ritmo constante de nuevas promociones de servidores del Estado.

En el ámbito internacional de hoy, en el que afortunadamente se van abriendo paso prometedoras novedades que consienten contemplar con esperanza el mundo del mañana, parece haber cada vez más espacio para rumbos de diálogo y de entendimiento.

No debe olvidarse que la diplomacia, para serlo verdaderamente, ha de inspirarse en miras universales.

No está completa su obra si es el afán de un país solo; ha de ser obra de muchos, actuando conjuntamente para acercar el mundo a perspectivas de acuerdo, para proporcionar medios a la comprensión, para contribuir a desterrar la discordia de la vida internacional.

Por eso me complace mucho, en este día que lleva en sí el premio de muchos trabajos, pero también el germen de muchas promesas, ver aquí todos los años a un grupo de alumnos oriundos de otras muchas tierras, que se han adiestrado para hacer más fáciles las rutas comunes de la inteligencia y la armonía entre los países y los hombres.

A ellos quiero dedicar la expresión de mi deseo de que esta etapa de su vida haya servido para enraizar no sólo el amor por España y sus gentes, sino la decisión de preservar en la comunidad de las naciones la conciliación, el aprecio recíproco, el respeto, la tolerancia; en suma, el anhelo de concordia que ha de ser componente privilegiado de la vocación de todo diplomático y de todo hombre de buena voluntad.

Yo hago votos por que la diplomacia de España y del mundo siga contribuyendo con tesón a fomentar las buenas intenciones, a eliminar las rivalidades; por que busque y encuentre los caminos de la convivencia; por que logre engarzar el bien de los unos en la garantía del bien de todos.

Y hago votos también por que las ilusiones que se han fraguado en esta Escuela durante este año fructifiquen en la prosperidad y fecundidad del futuro de la acción diplomática de España y de todos los países que promueven la paz.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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