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Palabras de Su Majaestad el Rey a la Comisión de la Comunidad Europea

Bruselas, 08.03.1989

S

eñor Presidente, señores miembros de la Comisión, quisiera destacar, en primer lugar, la satisfacción que me produce este encuentro de hoy, al visitar por vez primera la Comisión de las Comunidades Europeas.

Nos satisface particularmente porque este lugar y la institución a la que alberga se han convertido, y no sólo para los ciudadanos europeos, en símbolo de convivencia democrática y civilizada, de bienestar económico y de esperanza en un futuro común y solidario.Sin embargo, la historia de Europa nos muestra que no siempre ha sido así. Esta tierra ha sido y es cruce de caminos y civilizaciones. También fue en el pasado un espacio habitual de confrontación ideológica y militar. Por su situación geográfica privilegiada, mantiene su carácter de lugar de encuentro. Pero esos encuentros tienen, hoy en día, un carácter pacífico y fructífero, que nos ha hecho olvidar nuestras diferencias del pasado.

Un gran monarca español, Carlos V, a cuyo recuerdo rinden homenaje las primeras monedas acuñadas en ecus, soñó ya en su tiempo con una Europa unida. La cultura de su época no concebía aún que esa unidad se produjera como fruto de la convicción y no de la imposición; que la legítima pluralidad ideológica pudiera coexistir con la armonización de las legislaciones y de las prácticas económicas y administrativas.

Actualmente, el funcionamiento de la Comunidad Europea demuestra que es posible esa armonización y que podemos avanzar hacia la unidad mediante la integración, sin que ningún Estado deba someterse a los designios de otro, sino sólo al interés común determinado por el consenso o, en su caso, por la regla democrática de la mayoría.

El papel de la Comisión -como uno de los tres pilares que sustentan el equilibrio en la toma de decisiones en la Comunidad, y que se concreta en su labor de guardián de los tratados y motor de las iniciativas legislativas comunitarias- es un buen ejemplo de la eficacia del diálogo como instrumento de progreso colectivo.

Sabemos que la Comisión no es sólo un órgano dentro de una estructura institucional. La Comisión es su Presidente, el Colegio de Comisarios y también el conjunto de sus funcionarios, que contribuyen cada día, con frecuencia de manera anónima, a esos progresos en la construcción europea, de los que hoy nos felicitamos. En este sentido, queremos destacar la buena acogida que han tenido los funcionarios españoles que se han incorporado a las tareas comunitarias, con gran entusiasmo y dedicación.

Señor Presidente, señores Comisarios, la aprobación del Acta Unica y de las reformas subsiguientes ha supuesto un impulso decisivo en el progreso hacia la unidad europea. Nos encontramos en un momento decisivo, recién cruzado el ecuador de nuestro camino hacia la plena realización del mercado interior en el horizonte de 1992.

El camino a recorrer es aún largo y no exento de dificultades. Es preciso, pues, establecer las prioridades y la sucesión de las etapas a recorrer. Y la primera de ellas ha de ser la de manifestar nuestra voluntad de llevar a la práctica el Acta Unica en todos sus aspectos, de manera equilibrada y completa.

La creación de un gran espacio común integrado tiene una evidente dimensión social. Por ello, habría que tener muy presente que una verdadera política de cohesión económica y social supone, sobre todo, un espíritu que ha de informar el conjunto de las políticas comunitarias, analizando en qué medida puede contribuir cada una de ellas a superar, o al menos paliar, las desigualdades existentes entre las distintas regiones y colectivos europeos.

Es difícil imaginar una Europa cada vez más eficaz y próspera que, simultáneamente, no vaya configurándose como un cuerpo social, solidario y cohesionado.

Existe, a nuestro juicio, una relación entre esas dos dimensiones de la unidad europea, comparable a la que se produce entre esos dos grandes valores ordenadores de la convivencia humana: la libertad y la solidaridad. La plena expresión de la libertad genera y exige un marco de solidaridad. Correlativamente, sólo es posible la auténtica solidaridad en una situación de disfrute de las libertades básicas.

Cuando aludimos a la solidaridad en el interior de la Comunidad, tampoco olvidamos la solidaridad externa, hacia terceros países, en especial con aquellos que se encuentran en vías de desarrollo.

La Comunidad en la que creemos no afirma su unidad y su fortaleza, frente a un posible contrincante exterior, o a costa de aquellos menos fuertes o más ajenos a los procesos de integración en marcha.

Más bien, debe continuar su búsqueda cotidiana, no exenta de contradicciones, de un modelo integrador que permita, tanto a los Estados miembros de la Comunidad, como a los países terceros con los que mantenemos una fructífera cooperación, un desarrollo de sus potenciales económicos y sociales, en pos de un mayor nivel de justicia y bienestar.

Señor Presidente, señores Comisarios, para nosotros, como españoles, el horizonte de 1992 presenta además unos compromisos especialmente significativos. En ese año, coincidirán el V Centenario del descubrimiento de América, la Exposición Universal «Expo 92» en Sevilla, los Juegos Olímpicos de Verano en Barcelona y la capitalidad cultural europea de Madrid.

Esta coincidencia de responsabilidades constituye un estímulo y una oportunidad adicional de plasmar, en acciones concretas, la idea de una Europa unida y abierta al mundo.

En los años previos a la adhesión a la Comunidad, una gran mayoría de los españoles miraba hacia Europa con ilusión y con esperanza, aún sin tener una idea exacta de las consecuencias que la integración implicaría, en su percepción de la realidad europea, en sus economías o en sus hábitos de vida.

Han pasado más de tres años desde entonces. Vamos logrando mantener con éxito el doble esfuerzo de asumir, simultáneamente, el acervo comunitario acumulado durante treinta años, y las nuevas obligaciones derivadas de la aplicación del Acta Unica.

De hecho, esta integración ha contribuido muy positivamente al fortalecimiento de nuestras instituciones democráticas, la modernización del sistema económico y productivo y la plena asunción de nuestro papel como nación, en Europa y en el mundo.Nuestra vocación europea no es meramente fruto del deseo, largamente acariciado, de reintegrarnos al proyecto europeo, sino de la convicción de compartir un destino común.

El hecho de que España desempeñe actualmente la presidencia del Consejo de la Comunidad Europea nos otorga el privilegio y la responsabilidad de tratar de traducir en hechos concretos esta filosofía y ese espíritu europeísta.

Nuestras prioridades durante este período no se derivan del análisis de nuestras propias urgencias o preferencias como país, sino de las que la propia Comunidad se ha dado a sí misma en ese ambicioso proyecto común que rebasa el objetivo de 1992.

En estos días acabamos de celebrar el 50 aniversario de la muerte de un gran poeta español, Antonio Machado, quien afirmaba: «Sólo triunfa quien pone la vela encarada con el aire que sopla, jamás quien espera que el aire sople hacia donde ha puesto encarada la vela». Quiero afirmar mi confianza en que nuestra vela está bien ceñida al viento de la historia. Este sopla racheado, pero persistente, hacia esa Europa unida y solidaria con la que muchos de nuestros antecesores soñaron y no llegaron a disfrutar. Los hombres de la mar conocen bien que, además de los vientos favorables, es preciso un buen manejo del timón. Si no vacila el pulso, firme y flexible del piloto, mantendremos el rumbo y arribaremos, antes de lo previsto, a nuestro puerto.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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