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Palabras de Su Majestad el Rey en la clausura del Simposio Conmemorativo del V Centenario del Descubrimiento y Evangelización de América

Madrid, 17.11.1992

E

minentísimo señor Cardenal Presidente de la Conferencia Episcopal Española, eminentísimos señores Cardenales, excelentísimos señores Arzobispos, Obispos, señoras y señores, os agradecemos ante todo esta oportunidad que a la Reina y a mí nos brindáis de estar entre vosotros en esta Casa de la Iglesia, cuando la Conferencia Episcopal celebra el V Centenario de la evangelización de América.

Porque no se puede recordar el descubrimiento sin tener presente la cristianización del nuevo mundo.

España, desde la invasión islámica a comienzos del siglo VIII, se había identificado con el cristianismo y había hecho que el mantenimiento de esa condición fuese un proyecto histórico, completado en los primeros días del año 1492 con la reconquista de Granada y la recuperación total de la España perdida.

Al patrocinar la empresa de Cristóbal Colón -al esperar el descubrimiento de nuevas tierras y pueblos-, los Reyes Católicos tuvieron presente, como propósito capital, la evangelización de esos países desconocidos.

Al regresar de su viaje de descubrimiento, antes de llegar a España, en Lisboa, el 7 de marzo de 1493, Colón recoge en su diario de qué suerte todos daban infinitas gracias a Nuestro Señor porque a través de los Reyes de España se lograba el acrecentamiento de la religión de Cristo.

Estas palabras muestran cómo Cristóbal Colón sabía que en el impulso para la cristianización del nuevo mundo tuvo un papel esencial la Corona, aunque quien la habría de llevar a cabo fuese naturalmente la Iglesia, y muy en especial las órdenes religiosas y los obispos enviados al otro hemisferio. Y la prueba de que esto no era un mero deseo o una simple fórmula, es el hecho de que la mayor comunidad cristiana del mundo actual es la de la América hispánica o ibérica. Sin olvidar que el único país cristiano del oriente es Filipinas, perteneciente a la Corona española desde el siglo XVI hasta fines del XIX.

España llevó a tierras remotas su lengua, su estilo de vida, su religión, sus leyes, su cultura y sus técnicas, no para los españoles establecidos en ellas, sino para los que las habitaban antes de su llegada, con los que convivieron y se unieron en un fecundo mestizaje.

Hubo, sin duda, violencia, crueldad y despojo en algunas ocasiones; pero lo mismo ocurría entre las poblaciones aborígenes de América, y entre los propios españoles, que a veces se combatieron con dureza.

Y lo ocurrido en este sentido no era superior tampoco a lo que pasaba dentro de otras naciones de Europa o entre ellas. En todo caso, el cristianismo hizo que se pensara en los habitantes de las tierras descubiertas como personas humanas, más aún, como hermanos a quienes había que proteger, enseñar y ayudar con todos los recursos de la civilización del Renacimiento.

Por eso América se llenó bien pronto de ciudades, y en ellas, de templos, catedrales, imprentas, universidades, obras de arte, teatros, libros. Todo aquello que España poseía se comunicó a América, a la vez que España conocía, estudiaba y aprovechaba las realidades y los productos del nuevo mundo.

Hubo en la formación de los reinos y provincias de América una presencia de la Iglesia, incomparable con la de ningún otro país europeo en tierras exploradas y colonizadas.

Desde los primeros años, se multiplicaron los estudios del nuevo mundo, su geografía, su fauna y su flora, sus costumbres, y muy principalmente sus lenguas. El motor de todo este inmenso trabajo era el deseo de comprender a los habitantes y poderles comunicar eficazmente la religión cristiana en sus múltiples lenguajes, a la vez que se les enseñaba el español, idioma hoy universal, en que los indios pudieron hablar, no ya con los españoles, sino entre sí, y que es la lengua propia del continente, en la cual hubo desde muy pronto escritores originales.

Todo esto es lo que conmemoramos al cabo de medio milenio, y podemos sentirnos satisfechos al haber comunicado nuestra propia realidad a pueblos diferentes y lejanos, enriqueciéndonos con la suya, hasta constituir un mundo en el cual nos sentimos todos unidos como partes de una misma familia histórica.

Me es grato recordar hoy aquí este papel de España cuando conmemoramos el quinto centenario de aquel descubrimiento que se trocó en encuentro fructífero y en fusión fecunda, bajo el signo de nuestra religión.

Agradezco muchísimo el cáliz que habéis tenido la amabilidad de regalarme, y en el que está inscrito el emblema de aquel acontecimiento que modificó el mundo.

Lo considero como un símbolo precioso de nuestro encuentro de hoy y de nuestra unión de siempre.

Queda clausurado el Simposio conmemorativo del V Centenario del Descubrimiento y Evangelización de América.

Se levanta la sesión.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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