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Palabras de Su Majestad el Rey al Papa Juan Pablo II con motivo de la Consagración de la Catedral de la Almudena

Madrid(Catedral de la Almudena), 17.06.1993

S

antidad, después de cinco jornadas de intensa actividad, estáis a punto de dar por terminada vuestra estancia en España.

La Reina y yo, quisiéramos expresaros nuestra inmensa satisfacción y nuestra alegría por el privilegio de haber compartido con Vuestra Santidad horas tan gratas en los días que habéis permanecido entre nosotros.

Una alegría que, como habréis podido comprobar, ha sido también el sentimiento mayoritario del pueblo español, quien, tanto en Sevilla como en Dos Hermanas, en Huelva como en La Rábida, Moguer y Palos de la Frontera y finalmente, ahora en Madrid, ha querido dar vivas y expresivas muestras de cariño y la devoción que siente por vuestra egregia persona y por vuestra incansable lucha en la búsqueda de un mundo más justo, solidario y pacífico.

El Congreso Eucarístico que habéis clausurado en la ciudad de Sevilla, ha tenido lugar en un momento de particular relieve en el mundo contemporáneo, después de haberse producido, en estos últimos años, mutaciones de enorme alcance y significado.

La ciudad de Sevilla fue elegida como sede de este Congreso con el deseo de conmemorar el V Centenario de la evangelización de América, tarea para la que la providencia y el destino, quisieron que España fuera llamada, aportando un torrente de energías creadoras. Sevilla se enorgullece por haber sido la tercera ciudad española que ha tenido el honor, hasta el momento, de constituir la sede de un Congreso Eucarístico Internacional.El primero se celebró en Madrid en 1911 y fue clausurado en presencia de mi augusto abuelo, Su Majestad el Rey don Alfonso XIII, mientras que el segundo tuvo lugar en1952, en Barcelona.

Acontecimiento singular y particularmente simbólico de vuestra estancia en España, ha sido la solemne coronación de Nuestra Señora de los Milagros en la ciudad onubense de la Rábida.De esas tierras partieron las naves de la Corona española que, en 1492, iniciaron su trascendental obra descubridora.

Aquellos intrépidos marineros pudieron disipar los temores que muchos albergaban sobre el futuro de la empresa, gracias a su fervor mariano, que les dio el coraje necesario para romper los límites geográficos hasta entonces conocidos.

España descubrió así un nuevo continente en el que pronto floreció, con extraordinaria fecundidad, la semilla del evangelio plantada por nuestros misioneros.

Habéis tenido también la oportunidad de comprobar, Santidad, que ese fervor mariano continúa hoy vivo en tierras de Andalucía. El pueblo sevillano, sin duda, rogará a su Virgen de los Reyes ante la que os habéis postrado, al igual que hará el de Huelva ante la Virgen del Rocío para que ella os proteja.

La consagración de la Catedral de Nuestra Señora de la Almudena en Madrid, ha sido otro de los hitos de vuestra peregrinación. La capital de España recordará siempre, Santidad, este gesto con el que habéis tenido a bien distinguirla como centro de oración, de esperanza y de encuentro de hombres y mujeres de buena voluntad.

La canonización del Beato Enrique de Ossó y Cervelló, nos llena de satisfacción y de gratitud.

Esta insigne figura, que se une a la larga serie de los fundadores españoles canonizados o beatificados por la Iglesia, dedicó su vida con energía y generosidad sin límites a la educación de los sectores de la sociedad más abandonados.

Cuando está a punto de concluir vuestra visita, quisiera reiteraros nuestro más vivo reconocimiento por los momentos compartidos durante estas jornadas y desearos que continuéis sin desmayo vuestra acción en pro de la justicia y la paz en el mundo.

Me uno al pueblo español para auguraros, Santidad, un feliz regreso a Roma, con el deseo de que pronto nos visitéis de nuevo. Porque, como os dije al recibiros en Sevilla, las puertas de España están siempre abiertas al Vicario de Cristo.

Muchas gracias por todo, Santidad, y buen viaje.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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