Omitir los comandos de cinta
Saltar al contenido principal
Jarduerak eta agenda
  • Escuchar
  • Imprimir la página
  • Enviar a un amigo
  • Suscribirse al RSS de la página
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en Twitter
  • Compartir en Linkedin
  • Compartir en Google+

Discurso de Su Majestad el Rey en la Cena de Gala ofrecida por el Presidente de la República Federal de Alemania, Excmo. Señor Roman Herzog

Alemania(Berlín), 16.07.1997

S

eñor Presidente, Señora:

Constituye para nosotros un motivo de especial satisfacción encontraros de nuevo, después de haber tenido el honor de asistir en Aquisgrán, hace pocas semanas, a la ceremonia en la que se os hizo entrega del Premio Carlomagno.

Esta satisfacción es aun más honda, porque esta Visita de Estado, que por invitación vuestra hoy iniciamos, nos permite además cumplir, por primera vez, el largamente acariciado deseo de realizarla en la Alemania reunificada.

Hace once años, en efecto, la Reina y yo hubimos de contemplar la Puerta de Brandeburgo desde una ventana del Reichstag. El Muro dividía esta ciudad y simbolizaba la brutal separación de Europa por un sistema político que mantenía cerrada esa puerta. Así, muchas veces, ese gesto sencillo de dar un paso y acudir al encuentro de otro  hombre, que además era un hermano, se había convertido en una tragedia irreparable.

Hoy, gracias a que muchos hombres  y mujeres no se resignaron a aceptar la realidad que se imponía en su visión, ese muro ha desaparecido y hemos podido sentir, al pasar bajo el histórico monumento, esa honda emoción que nos produce siempre la libertad.

A veces, cuando pensamos en las muchas dificultades que quedan todavía por superar en Europa, nos olvidamos de la trascendencia de los logros alcanzados: millones de hombres y mujeres han recuperado la posibilidad de ser dueños de su propio destino. Nadie, sin embargo, podrá compensarles del tiempo inútil y cruelmente arrebatado por ese modelo político con el que se vieron violentados a convivir.

Es ésta una realidad que no puede expresarse con frías estadísticas. Muchos héroes anónimos mantuvieron viva, en los momentos más difíciles, la ilusión por recuperar una libertad que parecía inalcanzable. Libertad que es condición esencial para que la vida del hombre se desarrolle en plenitud, ejerciendo la capacidad más radicalmente humana que es la de inventar en todo momento el futuro.

Por eso comparto su visión, Señor Presidente, de una sociedad en la que la libertad será el valor central. Esa es la única forma de garantizar la imaginación creadora de nuestros pueblos.

Por encima de una concepción meramente económica  del proceso deconstrucción de Europa, la libertad debe ser la columna vertebral que sostenga nuestros valores morales más profundos y enraizados. En ellos encontraremos el verdadero significado de la palabra hombre.

Es justo, por tanto, que hoy rindamos tributo a quienes pagaron, frecuentemente con su vida,  el precio de un sueño que parecía imposible.

Recordaba Ortega y Gasset que la unidad es causa y condición para hacer grandes cosas.  Esa gran obra que ha sido y es la reunificación de Alemania no habría sido posible sin la aspiración común de tantos alemanes a vivir, por fin, juntos en libertad.

Esta Alemania unificada será también causa y condición para seguir construyendo ese gran  proyecto que se llama Europa y que nos abre la perspectiva de un siglo XXI en el que sus pueblos podrán vivir en libertad y en paz creadoras.

Señor Presidente,

Desgraciadamente aún quedan quienes prefieren construir muros a abrir puertas.

Estos días pasados, España entera se ha visto conmovida por un horrible asesinato terrorista perpetrado a sangre fría en la persona de un joven inocente.

Frente al chantaje terrorista, frente  a los criminales y al brazo político que les sostiene y acoge, el pueblo español ha reaccionado con dolor e indignación, pero también con valentía y serenidad, reclamando unánimemente en las calles de toda España el fin de la estrategia de la muerte.

De todo el mundo hemos recibido innumerables muestras de solidaridad que agradecemos. Estamos seguros que contaremos con el permanente apoyo de todos, y desde luego del Gobierno y del pueblo de Alemania, en esta lucha con los enemigos de la convivencia, de la paz y de la libertad.

La Historia nos enseña que es necesario estar atentos y vigilantes para enfrentarnos a los enemigos de la tolerancia. Juntos debemos enfrentarnos a ellos desde la cultura de la democracia, que ha dado como fruto las mejores creaciones del espíritu europeo: el Estado de Derecho, la Justicia independiente, el diálogo entre las distintas opiniones y la apertura hacia otras formas de vida y de entender la realidad.

La tolerancia es compañera inseparable de la libertad, de tal forma que la una otorga a la otra su verdadero y profundo significado humano. La tolerancia nos permite reconocer en los demás a semejantes merecedores de la misma dignidad que reclamamos para nosotros. Para luchar contra la intolerancia es preciso proclamar esta elemental y sencilla verdad, tarea en la que los hombres públicos tenemos una responsabilidad especial.

Frente a la voces de quienes proclaman el pesimismo de lo necesario, hemos de ser firmes defendiendo el optimismo de lo posible. Hemos de ser conscientes de que lo que queremos llevar a cabo en Europa es, precisamente, lo nunca visto, porque la vida humana consiste en proyectar hacia el futuro un abanico infinito de posibilidades que hasta entonces no se habían realizado.

Esta ciudad de Berlín, Alemania toda, simbolizan ese afán de mantener viva una ilusión, de creer en algo que parece imposible e irrealizable.

Nuestras sociedades recogerán lo mucho y bueno que nuestras culturas y tradiciones nos ofrecen. Pero se enriquecerán, sobre todo, con la aportación del aire nuevo de lo que nos atrevamos a imaginar en estos años finales del milenio.

Señor Presidente,

"Tres cosas se requieren en las resoluciones -comenta desde el siglo XVII el diplomático y tratadista Saavedra Fajardo-: prudencia para deliberarlas, destreza para disponerlas y constancia para acabarlas".

Nos encontramos hoy en un momento crucial para Europa y España desarrolla un exhaustivo esfuerzo para lograr en los tiempos previstos los objetivos que entre todos nos hemos fijado. Entre ellos, muy especialmente, la Unión Económica y Monetaria, que es una vieja aspiración europea, hoy a punto de lograrse, y en la que mi país participó desde sus orígenes, incluso cuando no se trataba más que de un lejano anhelo.

En este, como en otros muchos enfoques que podríamos calificar de estructurales, se pone de manifiesto el excelente entendimiento existente entre nuestros dos pueblos, madurado al calor de una muy notable confianza mutua, y cuyas manifestaciones vitalizan todos los campos en los que España y Alemania cooperamos desde hace ya tantos años.

Cada país encuentra en el otro un amigo, un aliado, un socio seguro y predecible, porque el quehacer esforzado de ambos se inspira en múltiples valores compartidos, que marcan objetivos semejantes en tantos campos de la vida internacional.

Así, la sólida lealtad que caracteriza la atmósfera en que dialogan ambos Gobiernos se desenvuelve no sólo en el día a día de la relación bilateral y al nivel más profundo de los grandes objetivos, sino que, precisamente por ello, se refleja en acontecimientos específicos de muy largo alcance, como la adhesión de España a las entonces Comunidades Europeas, cuando mi país dispuso del siempre firme respaldo alemán; o la reunificación de Alemania, que contó con el apoyo de España en todo momento.

En sí misma esta coincidencia de pareceres entre Alemania y España no constituye un fenómeno nuevo. Nuestra historia está llena de fructíferas interrelaciones. Unas veces, a través de grandes movimientos humanos por rutas cargadas de sentido europeo, como el Camino de Santiago; otras, mediante hombres dotados de especiales talentos: no es casual que fuera un alemán, Juan de Colonia, quien levantara las agujas de ese ejemplo de gótico español que es la Catedral de Burgos.

Y desde el Renacimiento los dos países nos hemos nutrido de los trabajos de Francisco de Vitoria, en los que éste propuso las bases del más moderno Derecho internacional, al afirmar un "ius inter gentes" que incluye el amparo de los derechos humanos.

Precisamente los elementos comunes de los Renacimientos  de ambos Estados nos disponen a preparar las celebraciones del Quinto Centenario de mi antepasado, el Emperador Carlos, Carlos I de España, en el año 2000, cuando mi país habrá tenido el honor de inaugurar oficialmente su nueva Embajada en este Berlín símbolo de la Alemania unificada.

Por ello, puedo constatar hoy con satisfacción  fenómenos de interrelación que se manifiestan en muy diversas realidades y, entre ellas, en el notable aumento en cada país de la enseñanza de la lengua del otro, desarrollada sobre un creciente aprecio mutuo.

Fundamentos nuevos y viejos, alemanes y españoles,  y, por ello,  siempre universales.

Tenemos, pues, a disposición de nuestras relaciones bilaterales las bases más firmes, reforzadas por los desarrollos de los últimos decenios: así lo muestran el incremento de los contactos entre los Gobiernos, los encuentros entre los miembros de ambos Parlamentos, los intercambios entre los empresarios o las interconexiones entre ambas sociedades civiles.

Se trata de una realidad múltiple y de hondo calado, desarrollada mediante un trabajo duro y constante y, sobre todo, capaz de lograr un diálogo más frecuente e intenso en todos los ámbitos, presidido por la voluntad de desarrollar el proceso de la Unión Europea.

En palabras de Adenauer: "seamos conscientes de la gravedad de esta época y mostrémonos a la altura de las circunstancias, de manera que las generaciones posteriores no nos condenen por debilidad y ligereza. Debemos ser conscientes del hecho de que, si la confluencia de los pueblos europeos fracasa, vacilará la existencia de este continente".

Esta advertencia del Canciller fue escuchada y la Unión constituye hoy un proyecto vivo, donde no faltan dificultades, pero tampoco esperanzas.

Señor Presidente,

Mi propuesta esta noche, como Rey de España, es que alemanes y españoles trabajemos juntos para ganar ese futuro de tolerancia,  de verdad y de libertad.

Y sean,  por ello, mis últimas palabras una llamada a la ilusión y a la esperanza. Juntos somos capaces de grandes empresas. El desarrollo de nuestros dos países en el marco de la realización  de esa gran idea que es Europa necesita del trabajo y de la ilusión de alemanes y españoles.

Con  el optimismo que contagia esta ciudad de Berlín, en la que tantas ilusiones se han hecho realidad, levanto mi copa para brindar por ese hermoso futuro que debemos soñar juntos.

Itzuli Hitzaldiak atalera
  • Escuchar
  • Imprimir la página
  • Enviar a un amigo
  • Suscribirse al RSS de la página
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en Twitter
  • Compartir en Linkedin
  • Compartir en Google+