Omitir los comandos de cinta
Saltar al contenido principal
Jarduerak eta agenda
  • Escuchar
  • Imprimir la página
  • Enviar a un amigo
  • Suscribirse al RSS de la página
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en Twitter
  • Compartir en Linkedin
  • Compartir en Google+

Palabras de Su Majestad el Rey en la Ofrenda al Apóstol Santiago, con motivo del Año Xacobeo de 1999

Santiago de Compostela, 25.07.1999

S

eñor Santiago:

La renovación de la ofrenda que desde 1643 la Corona viene haciendo el día del Apóstol en representación del pueblo español, me trae hoy a la catedral compostelana como ya lo hiciera en el anterior año santo jubilar de 1993.

La tradición de este rito nos habla de la continuidad del proyecto compartido en el que vive y se renueva nuestra España, de la que Vos sois a la vez símbolo y garantía, mediante vuestro patronazgo.

A lo largo de los siglos, vuestra imagen ha presidido un Camino que es también un programa. Unas veces combativo y otras peregrino, esencialmente europeo y a la vez fuertemente enraizado en nuestra empresa americana. Y sobre todo, por encima de las mudables circunstancias y las contradicciones de cada tiempo, un esforzado itinerario en busca del encuentro que nos enriquece y conforta y del perdón que todos necesitamos para encontrar y construir la paz verdadera.

Llegamos ante tí, Apóstol Santiago, en el último año jacobeo del segundo milenio. Es la hora de hacer un alto y encontrarnos a nosotros mismos para asumir las lecciones del pasado, aplicarlas en las vicisitudes del presente y pisar los umbrales, que los antiguos consideraban sagrados, del futuro, con el decidido compromiso de asumirlo y mejorarlo.

Este es el milenarismo que venimos a pedirte: el que marca el comienzo de una vida y una esperanza nuevas.

El progreso de la humanidad ha dado pasos de gigante en el siglo que ahora termina. Los avances científicos han alcanzado cotas impensables en el terreno de la comprensión del universo y de sus leyes, en el conocimiento del cuerpo humano, en el desarrollo de sistemas que facilitan la relación entre las personas y los Estados, en el propio procesamiento de la información y en el reconocimiento de los derechos humanos.

Pero los adelantos puramente materiales y las especulaciones de la inteligencia no son suficientes, ni un fin en sí mismos, como demuestran las crisis y conmociones que hemos vivido y seguimos presenciando.

Necesitan que les demos un sentido, poniéndolos al servicio de la persona individual y su conciencia social, injertándolos en un concepto de libertad, justicia, solidaridad y entendimiento que todos podamos comprender y compartir.

Todos somos necesarios en esta tarea, a la que ninguno debe sentirse ajeno. Por eso quisiera que mi voz fuera hoy aquí el eco de las ilusiones de todos los españoles, apiñados en su hogar común.

Ese hogar que es nuestra España, nación antigua, hecha de muchas voces que desde el fondo del tiempo la han ido proclamando, construyendo y ampliando con los varios acentos de su diversidad, que la hacen más viva, fuerte y auténtica.

En este día te pido, Señor Santiago, que nos confirmes en el orgullo de ser españoles. Ayúdanos a cultivar la honrosa distinción de pertenecer a una misma familia, cualesquiera que sean nuestras ideas, preferencias, costumbres y aún legítimas y saludables diferencias.

Seguimos convencidos de que en el peregrino jacobeo se encarna la esencia inmutable de nuestra común condición, que a todos nos iguala, al tiempo que nos singulariza.

Vuestros peregrinos de hoy no son como los que el fin del primer milenio lanzó angustiadamente a un camino que conducía hacia un final apocalíptico,  ni como los millares de hombres, mujeres y niños que en fechas todavía muy recientes nos han dejado imágenes indescriptibles de la desolación a la que siempre lleva el odio étnico y fratricida.

A los peregrinos que hoy llegan hasta Vos, afirmados en su fe y confiados en la solidaridad de aquellos a quienes habrán de encontrar a lo largo de la ruta, les espera, al final del camino, un mejor conocimiento de sí mismos y de los demás, cuando no el carisma espiritual de la trascendencia y la eternidad.

Todo ello es tan necesario para la buena salud de los individuos y los pueblos como los bienes materiales y la recta ordenación política de la convivencia en democracia. Como también lo son, especialmente para los más jóvenes, ideales que confieran a sus vidas en agraz una renovada ilusión y una ética de la dignidad, en la que no quepan la indiferencia, la indecisión y el desánimo.

La peregrinación jacobea con que concluye este segundo milenio obedece, como no podría ser de otro modo, al signo de los tiempos que nos ha tocado vivir, y nos permite imploraros ayuda para que los motivos de esperanza que alentamos prevalezcan para siempre sobre las miserias de nuestra condición humana

Porque existe una extendida voluntad de paz entre los pueblos, pero perduran terribles conflictos fratricidas incluso en el corazón de la misma Europa; porque el progreso material permite alcanzar cotas de bienestar hasta hace poco impensables, pero la cadena de miseria, hambre, opresión e ignorancia que aplasta a numerosos pueblos nos recuerda que la paz sin justicia es violencia silenciosa.

España, Señor Santiago, participa plenamente de todos los elementos que configuran este escenario finisecular, pues nunca antes había conseguido identificarse mejor con el destino común de Europa e imbricarse más en las grandes tendencias globales.

Estamos al tanto de todos los avatares de nuestro tiempo, que lógicamente adquieren en nuestro solar patrio modulaciones particulares. Estamos contribuyendo a aliviar el dolor de los que más sufren fuera de nuestras fronteras, bien mediante nuestra concurrencia como nación soberana en el contexto internacional, bien a través de la generosidad de nuestra juventud manifestada de modo voluntario.

Simultáneamente confiamos en que el abandono de la violencia terrorista que nos asolaba dé paso definitivamente a la paz de los corazones, abierta a la comprensión de todas y cada una de nuestras diferencias pero nutrida de un infatigable esfuerzo por sumar y no restar, sin el cual no es posible la mera convivencia humana, y en particular la estabilidad para el progreso de un gran pueblo como el español que debe abrirse, por lo demás, a la posibilidad de una nueva era de fecunda integración política, económica y cultural.

Señor Sant Iago, o voso patronado adquire na terra que acolleu o voso Corpo Santo unha expresión sobranceira por canto Galicia recoñece o voso legado como un dos meirandes eixos constitutivos da súa identidade. Unha identidade que está nidiamente definida pola súa lingua, pola súa cultura e pola personalidade inconfundible dos seus fillos, pero tamén pola súa actitude non excluínte cara ós demais pobos de España, de Europa, do mundo enteiro.

Que Galicia se convertese, dende os propios comezos do milenio que agora remata, en punto de chegada para os peregrinos mobilizados pola Vosa chamada, fixo de Compostela, nunha fermosa definición de poeta, corazón do mundo, / encrucillada de naciós e porta / dos que padecen fame de alegría, / sede de paz e de perdón, conferíndolles ós galegos unha singular capacidade para afirmarse a si mesmos no encontro e na comprensión con tódolos demais.

O longo dos séculos, como agora mesmo tamén, exercitaron esa capacidade cos outros españois, que recoñecen sen reservas o agarimo fraterno con que son recibidos en Galicia ou son tratados polos seus fillos mesmo fóra dela.

Desa invariable actitude dos galegos beneficianse tamén os outros cidadáns do mundo que se achegan a esta fermosa terra e a esa ágora universal da praza do Obradoiro, onde resoan dende hai xa un milenio numerosas linguas pronunciadas con múltiples acenos, sempre a prol da comprensión entre as persoas, non para establecer fronteiras artificiais entre elas.

Pero por mor, con toda certidume, dese contacto enriquecedor cos outros que a vosa impronta deu a Galicia como un dos seus mellores tesouros, os galegos teñen sido un dos pobos de España máis espallados polo mundo enteiro e mellor integrados na vida de países afastados no espacio e na cultura, cunha actitude positiva e laboriosa de colaboración por enriba das circunstancias sempre dramáticas que motivaron a súa emigración e o sentimiento imborrable de saudade, de alonxamento da Terra Nai característico da personalidade galega.

Por iso, Santo Apóstolo, cando neste novo ano da grande perdoanza pregámosvos polo ben das Españas que dependen do voso padroado, pola súa continuidade no entendemento, no traballo compartido, na harmonía e na paz como proxecto común, estamos demandándovos sinxelamente o máis xeneroso espallamento das virtudes das que a vosa santa proximidade dotou á benquerida Galicia que hoxe celebra, como España enteira, o voso día, na esperanza dun novo milenio onde triunfen os valores máis positivos da Humanidade.

Itzuli Hitzaldiak atalera
  • Escuchar
  • Imprimir la página
  • Enviar a un amigo
  • Suscribirse al RSS de la página
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en Twitter
  • Compartir en Linkedin
  • Compartir en Google+