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Palabras de Su Majestad el Rey en el intercambio de Condecoraciones

Honduras(Tegucigalpa), 13.09.1977

S

eñor Jefe del Estado:En esta ocasión solemne en que la República de Honduras, por vuestro digno intermedio, nos impone las insignias de la Orden de Francisco Morazán, quiero agradeceros, en nombre de la Reina y en el mío propio el honor que se nos depara.

La visita a Honduras que, con este acto singular culmina esta noche, constituye para mí la realización de un deseo vivamente sentido de siempre. Desde mis años infantiles, en aquellas jornadas iniciales de lecturas y estudio, los nombres de las Repúblicas Centroamericanas, los de sus ciudades, ríos y montañas, se unieron a la fantástica aventura que protagonizaron unos hombres que aquí se establecieron, fundaron y construyeron una manera de ser y de soñar que nos es común.

Para un espíritu juvenil, señor Jefe del Estado, descubrir que, por el esfuerzo histórico de unas generaciones y por el apego amoroso y conservador de las que continuaron su obra, en estas tierras americanas se vive y se siente con el mismo esquema de valores y de esperanzas que en el viejo solar ibérico, abre horizontes de ilusionada amistad.

Más tarde, como Rey de España, la atracción ha ido creciendo, al darme cuenta, de una manera directa, de la riqueza y variedad de matices que nuestra pluralidad ha sabido aportar al mundo; al comprobar la diversidad de nuestras letras, de nuestro arte y de nuestro folklore. Y cómo, sin embargo, dentro de esa multiplicidad de expresión, aparece una forma común de ser hombre; de concebir la libertad como patrimonio individual e inalienable de cada cual, por el ni hecho de existir; de entrever la igualdad, no como una forma eventual de realización de la justicia, sino como atributo esencial de Origen.

La quiebra frecuente que nuestra organización social ha presentado, con relación a esos principios, nunca ha logrado empañar entre nosotros un sentimiento claro de lo que debe ser. El trasfondo ético de nuestra concepción humana ha servido para orientar nuestros criterios, y ha encendido nuestras críticas, terminando por moderar nuestras pasiones, a menudo tan explosivas. Todo entre nosotros delata un impulso vital, fuerte y espontáneo, que difícilmente se resigna a diluirse en las formas deshumanizadas de existencia que por unos y otros se nos proponen.

Ante nosotros se abre la necesidad de un singular esfuerzo imaginativo. Tenemos que idear un gran proyecto de vida para nuestra sociedad, capaz de galvanizar el entusiasmo de nuestros pueblos, que han de sentirlo a la altura de sus esperanzas y de sus ideales, y al nivel de sus acumuladas o potenciales energías. Hemos de concebirlo y realizarlo entre todos los que emergimos de un tronco común y que, por ello mismo, podemos llamarnos hermanos.

La obra es en sí demasiado grande y demasiado decisiva para que ninguno lo intente en solitario. Todos sabemos de qué se trata; todos hemos pensado en ello en las horas de íntima meditación; a todos nos toca también decidirnos.

Señor Jefe del Estado:Estos son los pensamientos que nos sugieren las insignias que acabamos de recibir de vuestras manos. En ese espíritu de fraternidad y como Gran Maestre de la Orden Americana de Isabel la Católica, me es, a mi vez, muy grato y honroso el imponeros el Gran Collar de la Orden y a vuestra distinguida esposa, la Gran Cruz de Dama.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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