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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en la entrega del Premio Francisco Cerecedo en su XVII Edición

Madrid, 20.12.2000

S

on ya 17 ediciones de este Premio que lleva el nombre de Francisco Cerecedo, y que concede nuestra Asociación; la de Periodistas Europeos. Y aunque yo no lo sea, tengo el privilegio de ser su Presidente de Honor y la enorme satisfacción de ver que siguen firmes y vigentes sus principios fundacionales, como también los de del premio que hoy nos convoca. En definitiva son los del gran periodismo que nació y culminó en Europa: la capacidad de juicio y la brillante expresión al servicio de los valores del espíritu, la libertad, la solidaridad y la democracia, al servicio, en fin, del conocimiento, de la sabiduría.

Esos principios son la sustancia de la Europa unida que estamos construyendo. Del europeísmo que es la preocupación central de la Asociación y ha teñido siempre la obra de los escritores premiados con el Cerecedo, desde Rafael Sánchez Ferlosio a Adam Michnik, el año pasado, y Arcadi Espada, en esta edición.

En estas fechas, que rememoran hechos tan significativos para nuestra historia contemporánea, quiero recordar también, con emoción y orgullo, el ejemplo de tantos españoles que bajo el amparo, aliento e impulso de S.M. el Rey, durante estos veinticinco años, han servido con él a los principios de concordia, libertad, tolerancia y democracia.

Una democracia que es, a la vez, un compromiso mutuo y un diálogo permanente, enriquecidos por la experiencia de este cuarto de siglo, y puestos al servicio del progreso colectivo y del pleno desarrollo de nuestras posibilidades. Un proyecto ambicioso, al que merece la pena dedicar todos nuestros esfuerzos.

Arcadi Espada ha dedicado el libro que este premio especialmente distingue a un tema de gran impacto social, y creo que es justo destacar también su dominio del oficio, mérito que por sí solo define a un buen escritor, y más aún si es periodista, y trabaja urgido por la actualidad y su tiempo efímero.

Es la suya una investigación metódica y exhaustiva, llevada a cabo con sobriedad y claridad expositiva, que habla a la conciencia de la sociedad, en busca de la verdad y la justicia que subyacen en una realidad perezosa y acrítica.

Motivos más que sobrados para felicitar al escritor, al jurado y a la Asociación que otorga esta recompensa.

No cabe duda de que el periodismo ejercido rigurosamente es una de las palancas decisivas de la sociedad para entenderse a sí misma. El periodista es su tornavoz, que le devuelve su sentir más íntimo convertido en expresión inteligible y despierta su voluntad, haciéndola más clara y más firme.

En este tiempo, en que la plaga del terrorismo quiere doblegarnos para arrasar después los principios que nos gobiernan, el periodismo es la luz que penetra con admirable valor cívico en aquel territorio mental distorsionado por el rencor visceral, la ignorancia y la ignominia, por la furia asesina.

Los periodistas son los zapadores de la historia y los guardianes, a costa de sus desvelos, de la entereza pública. Por eso quiero, en este momento de entrega de un premio al periodismo, reiterarles mi reconocimiento y respeto, compartido por todos.

Los Premios Cerecedo, y quienes los han recibido, tienen como denominador común este afán por la libertad. Una tarea que va construyendo, a partir de los hechos de cada día, la arquitectura de nuestra convivencia cotidiana.

Un papel estimulante, y a la vez exigente, pues la libertad no es exclusivamente nuestra, sino de todos. Y esto es especialmente cierto en el caso de los medios de comunicación, por su función social y su influencia en la formación de la opinión pública. Así, la consideración que merecen por parte de sus conciudadanos tiene su fundamento en la calidad y exigencia con que realizan su trabajo.

La historia que comenzó el 22 de noviembre de 1975 no ha terminado, porque la libertad y la democracia, deben reavivarse constantemente, como la llama que necesita del aire para existir y crecer. Seguiremos trabajando por ellas.

Muchas gracias.

Itzuli Hitzaldiak atalera
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