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Palabras de Su Majestad el Rey Don Juan Carlos en el acto académico con motivo del 80 aniversario de Su Majestad el Rey Don Juan Carlos

Madrid, 05.03.2018

M

​uchas gracias, ante todo, a la Real Academia de la Historia, y, en particular, a su directora, doña Carmen Iglesias, por este homenaje de cumpleaños. Gracias, también, a cuantos os habéis unido a él: expresidentes del Instituto de España; directores de las Academias Nacionales y miembros de ellas.

Gracias, en fin, a los representantes de otras instituciones y a los amigos de esta Casa, tan cercana a nosotros por la condición de la Reina Sofía como académica honoraria.

Para mí, una de las funciones más gratas que la Constitución encomienda al Rey es la del Alto Patronazgo de las Reales Academias, esas corporaciones de excelencia y servicio.

Empezaron a organizarlas en el siglo XVIII ciudadanos justos y libres. Y la Corona las acogió de inmediato. Las protegió y las alentó. Su lema común era muy preciso: «servir al honor de la Nación». Servirle en el campo de la lengua, de la historia, de las bellas artes, etc.

Los académicos fundadores pensaban en España. No en una España encerrada en sus fronteras, sino en una España abierta al mundo en todos los órdenes: de la política, de la ciencia, del comercio.

Como toda obra humana, nuestras Academias vivieron a lo largo del siglo XIX etapas de mediocridad y hasta de ruina. Y fueron vistas largo tiempo como sociedades cerradas, ahogadas en el mero formalismo y ajenas a la realidad social. Pero, para equilibrar la balanza, basta pensar que, cuando las provincias ultramarinas se independizaron de la metrópoli, fueron las Academias las que se mantuvieron como únicos puentes de enlace.
Personalidades relevantes de cada una de ellas sirvieron de referencia y de reclamo a los colegas de América. Y la Española, nuestra Academia decana, tuvo la feliz idea de promover la formación de Academias correspondientes americanas. Gracias a ello nuestra lengua se convirtió en agente de cohesión de las nacientes repúblicas.

Pero vengamos a nuestros días.

En estos últimos cuarenta años de democracia, las Academias han cobrado un nuevo vigor. Baste recordar que en esta Casa se está construyendo el extraordinario Diccionario biográfico Digital que será presentado en fecha próxima. Significa abrir las puertas de España de par en par, porque España son los hombres y mujeres que en ella han vivido.

Y entrando en ese espacio, podemos conocer de cerca lo que en España han hecho personas destacadas en todos los ámbitos de la vida. Al mismo tiempo, la Academia Española ha convertido en realidad el viejo sueño que todos alimentábamos: el de unir a todas las Academias. Y así ha sido: juntas, han fijado la normativa que rige el uso de la lengua común de esa gran comunidad que formamos más de quinientos cincuenta millones de hispanohablantes.

Y en esta línea habría que evocar el Vocabulario científico y técnico, o el Diccionario de términos médicos que ahora va a hacerse panhispánico. Perdonadme que no alcance a completar la lista de logros de todas las corporaciones. Sabéis bien que a todas y cada una os he tenido y os tengo en la mente y en el corazón.

Pero dejadme recordar los Congresos Internacionales, celebrados aquí y allá al amparo de la lengua común. En ellos se hace viva la fraternidad hablando de todas las culturas y de todos los saberes de ciencias, artes y humanidades.

Permitidme que en este punto os anime a intensificar vuestra acción aprovechando los recursos de las tecnologías digitales. Así podréis llegar a todos y enriquecer a todos con saber y ejemplaridad.

Acaba el Profesor Fusi de ofrecernos una magistral exposición. En efecto, nuestra transición, tan admirada internacionalmente, situó a España en el conjunto avanzado de los grandes países.

Fueron muchos los que contribuyeron al cambio histórico, pero el verdadero protagonista ha sido, en realidad, el pueblo español.

Al cumplir los ochenta años, vuelvo la vista atrás y advierto que en mi vida, desde mi infancia, he tenido siempre delante de mis ojos un nombre: España. Pensaba en ello al asistir hace pocos días en el Palacio Real al solemne acto en que Su Majestad el Rey, nuestro hijo, imponía a la Princesa de Asturias el collar de la insigne Orden del Toisón de Oro, que la Corona viene transmitiendo de generación en generación desde hace más de cinco siglos.

En ese entrañable acto sentí una vez más la fuerza del compromiso de la Corona con España, un compromiso que permanece vivo en mi corazón junto a la intensa satisfacción del deber cumplido.

Muchas gracias.

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