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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en el acto inaugural del I Simposio España-Europa

Zaragoza, 12.12.1996

E

​l Real Instituto de Estudios Europeos cumple diez años de existencia, durante los cuales ha promovido, con tenacidad auténticamente aragonesa, un diálogo permanente y enriquecedor entre responsables y expertos de la política, la economía y la universidad.

Al felicitar a cuantos han hecho posible su trayectoria, quiero también destacar la oportunidad del tema elegido para el Simposio que ahora inauguramos.

Evocar hoy la relación entre España y Europa tiene un significado especial. Tras el ingreso de nuestro país en las Comunidades Europeas en 1986, y especialmente después de los históricos acontecimientos de 1989, nos hallamos en una nueva situación, en la que, por primera vez en mucho tiempo, el conjunto de los europeos estamos en condiciones de poder organizarnos y de afrontar el futuro sin las escisiones  producidas por los conflictos bélicos que han asolado nuestro continente durante este siglo.

La reflexión de las mentes más preclaras de Europa sobre las causas y consecuencias de estos enfrentamientos, y la necesidad de evitarlos en el futuro, dieron lugar en los años cincuenta, al nacimiento de una serie de estructuras comunitarias con vocación continental, que han culminado en la Unión Europea y en la articulación de un sistema de participación en una política de seguridad común, y de un ámbito de cooperación jurídica y política encomendado al Consejo de Europa.

España pertenece a todas estas organizaciones internacionales y procura el máximo reconocimiento en su seno de nuestras posiciones y la defensa de nuestros legítimos intereses nacionales, junto, claro está, al progreso de los ideales de Europa.

Hoy en día el conjunto de estos mecanismos se mueve en un contexto de mundialización de los problemas y de creciente competencia, tanto económica como sociocultural, entre diversas áreas regionales.

Una y otra nos exigen, desde una perspectiva realista, poner en común los medios humanos y materiales necesarios para lograr una dimensión adecuada en un escenario cada vez más interdependiente.

Así en los últimos años se han dado en el camino de la Unión Europea pasos muy ambiciosos y nos hallamos en puertas de decisiones cruciales, que es preciso explicar a todos los europeos y llevar a cabo con su concurso y aliento.

Y a este proceso, podemos desde España aportar experiencias muy enriquecedoras, tanto por nuestra vocación iberoamericana como por nuestra proyección mediterránea, que definen nuestro ser histórico y alumbran prometedoras perspectivas para toda Europa.

Pues bien, la organización de un Simposio anual sobre España y Europa cobra, en este contexto, pleno sentido, ya que se trata de reflexionar en alta voz sobre los problemas y las propuestas razonables que conviene hacer para superarlos, e incluso para prevenirlos.

Tenemos, desde luego, un papel específico en este momento de nuestra Historia, debiendo asumir sus retos con la ilusión y el esfuerzo necesario para realizarlos en el presente y contribuir con nuestro peculiar acento a la obra común.

El cimiento de esta empresa se basa en la cohesión de todos los españoles en un proyecto común: España. Compartir esta convicción y materializarla en la realidad de cada día es la clave del éxito, tanto interno como externo, que pretendemos entre todos.

Conviene, en cambio, insistir en que el marco europeo que nos es propio sigue siendo el resultado de acuerdos entre sus Estados miembros, y que nuestro peso específico y el valor de nuestra aportación a la marcha de Europa dependen muy principalmente de nuestra unidad de acción exterior y de la solidez y coherencia de nuestras propuestas, junto con la calidad y preparación de nuestros representantes.

En una perspectiva de futuro, la presencia firme de España, como una de las grandes naciones partícipes en el proceso europeo, tiene mucho que ver con nuestra propia convicción y decisión, personal y colectiva. Queda mucho por hacer, pero los españoles hemos sabido demostrar, en notorias ocasiones, nuestra capacidad, nuestra imaginación y nuestra generosa entrega.

Permitanme añadir que corresponde en este proceso un papel especial a los jóvenes, promesa de un futuro mejor, a quienes tenemos que proponer los valores y abrir los caminos que favorezcan su integración y su activa participación en la sociedad del futuro, cuya mejora es su principal responsabilidad.

Señoras y Señores en esta hora decisiva, reflexionar con amplitud y profundidad sobre nuestra mutua relación es una iniciativa que merece todo nuestro apoyo.

Por ello me alegra enormemente tener la oportunidad de venir hoy a Zaragoza, sobre todo a escuchar, pero también a inaugurar este Primer Simposio Anual España-Europa.

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