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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en el acto de inauguración de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid

Majadahonda, 21.12.1994

E

​ncontrarme hoy aquí, en el momento en que se produce la inauguración oficial de este espléndido Edificio, nueva sede la Facultad de Derecho de esta Universidad Autónoma de Madrid, resulta para mí una circunstancia especialmente feliz, por diversos motivos.

El primero de ellos es por la posibilidad que tengo de reencontrarme con mis antiguos profesores y compañeros de carrera. Unos, me enseñaron los elementos claves de análisis y reflexión de las Ciencias Jurídicas Y Económicas, imprescindibles para comprender la compleja realidad en que vivimos. Otros, compartieron conmigo múltiples momentos del esfuerzo y sacrificio que todo proceso de aprendizaje supone. En ambos casos, me ofrecieron un trato afectuoso y cercano que nunca podré olvidar.

Un segundo motivo de satisfacción es poder inaugurar esta nueva sede de la que fue, y será siempre, mi querida Facultad de Derecho. En este nuevo edificio viene a darse acogida el quehacer universitario de un destacado colectivo de juristas de España cuyo merecido prestigio docente e investigador he tenido oportunidad de comprobar personalmente en no pocas ocasiones, y que, sin duda, podrá desarrollar aquí sus tareas de forma más adecuada, de igual manera que los estudiantes de Derecho que en estas aulas reciben su proceso de formación.

Este nuevo marco viene a dignificar la importante misión que, socialmente, están llamados a cumplir los juristas. Para ello, se muestra como elemento fundamental la Biblioteca con que cuenta este nuevo edificio, alma de cualquier Facultad de Derecho, y que reúne condiciones para convertirse en una de las más importantes en Ciencias jurídicas de la Nación.

A todos, pero especialmente a profesores y estudiantes, quiero animaros a que aprovechéis esta notable mejora de las condiciones materiales en las que cada uno desarrolláis vuestra función.

Finalmente, es muy satisfactorio para mí volver a esta Universidad Autónoma de Madrid, y constatar cómo, pese a no pocas dificultades de diverso signo, mantiene una actividad constante y rigurosa para el cumplimiento de los importantes fines que tiene encomendados. Las Universidades, hoy más que nunca, deben responder a lo que, parafraseando a ORTEGA, es su misión: investigar, educar e impregnar a la sociedad de los valores que le son propios.

La Universidad tiene un compromiso con la sociedad que la sustenta y a la que quiere servir. Para atender cabalmente ese compromiso, debe estrechar cada vez más su relación con las entidades y empresas de su entorno para hacerlas partícipes de sus saberes, transmitirles destrezas y facilitarles la competitividad en un mercado global y cambiante, rompiendo con cualquier tentación de aislamiento.

Pero este compromiso de la Universidad debe tener su justa correspondencia de la sociedad en la que se inserta, pues ésta debe sentirla como lo que es: el cimiento más sólido de su progreso moral, cultural y económico.

De producirse tan necesaria simbiosis, la Universidad puede ser un foro incomparable de reflexión y progreso social. Superando el puro academicismo, del que tampoco puede abdicar, ha de abrir nuevos horizontes hacia el logro de verdaderos compromisos culturales y sociales con su entorno más próximo, pero también con aquellas sociedades más lejanas que necesitan con urgencia de su saber, esfuerzo y capacidad. Ello supondría potenciar y transmitir los más intrínsecos valores universitarios: la solidaridad y la obligación contraída con el entorno que nutre y del que se nutre la propia Institución. Sin duda, tal compromiso devolvería a la Universidad el papel que le corresponde socialmente, y que excede con mucho la de formar buenos técnicos y profesionales o del solo desarrollo de tareas investigadoras más o menos requeridas por la realidad. Junto a ello, aquélla sería también depositaria de muchos de los retos y ambiciones, que la sociedad plantea cada vez con mayor rigor, requiriendo respuestas rápidas y eficaces.

Esta Universidad, mi Universidad, pese a su juventud, es buen ejemplo de todo ello. Como lo demuestra la profunda vitalidad que manifiesta tanto en el terreno de la docencia, como en el de la investigación; tanto en su deseo de insertarse en la sociedad a la que pertenece y en la que se integra, como en su intensa actividad de cooperación internacional.

Aunque no hace mucho tiempo que abandoné esta Universidad, he podido observar en ella algunos cambios significativos desde mi última estancia. Observo complacido como la nueva zona del Campus viene cambiando su morfología, a lo que sin duda ha contribuido la presencia del edificio en el que nos encontramos, y conozco los importantes planes de expansión - que se encuentran previstos. Pero los cambios formales no pueden ocultar cambios más sustanciales, como los derivados del diseño de nuevos planes de estudio. El nuevo plan de estudios de Derecho, distinto del que yo mismo estudié, se encuentra en proceso de implantación y tiene un sesgo que pretende atender con mayor solvencia al compromiso entre sociedad y Universidad al que anteriormente me refería.

Vivís, pues, épocas de fructíferos cambios. Y quiero animaros para que extraigáis lo mejor de los mismos y, como lo hicierais ,conmigo, se los trasmitáis a quienes siguen aprendiendo en estas aulas una Ciencia que ayuda a explicar los propios cambios.

En esa tarea siempre contareis con mi apoyo, comprensión y afecto.

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