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Palabras de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias en la entrega del XIX Premio Francisco Cerecedo.

Madrid, 26.11.2002

E

l periodismo en España, un país de muchos habladores y con facilidad para entablar relaciones personales, cuenta con una larga serie de importantes entrevistadores, de hombres y mujeres que por instinto, vocación y una especial y constante preparación conocen el difícil secreto del diálogo que es la virtud social por excelencia, y la condición más segura de la convivencia y de la armonía pública.

Sol Alameda es evidentemente una de ellos. Su trayectoria profesional está jalonada de muchos éxitos en este género específico y complejo del ejercicio periodístico, que ha aprendido y enseñado con gran pericia, paciencia y fuerza, obteniendo así unos resultados singularmente brillantes.

El premio de periodismo "Francisco Cerecedo", que le ha sido otorgado en su XIX edición, reconoce justamente su sensibilidad, su inteligencia y su esfuerzo en un arte que podríamos definir como la información personificada.

Mi más cordial enhorabuena por este galardón, tan merecido y confortante, para quienes lo otorgan y para la que hoy lo recibe.

De una entrevista solemos quedarnos sobre todo con la imagen del entrevistado, cuya notoriedad justifica habitualmente esta especial atención. Pero seríamos más justos si valorásemos a la vez el trabajo del entrevistador, muchas veces decisivo.

Como no soy periodista, puedo decir sin incurrir en inmodestia que las buenas entrevistas muy a menudo mejoran nuestro concepto de la persona a quien se han hecho, o al menos nos ofrecen aspectos inéditos de su personalidad que de otro modo difícilmente podríamos conocer.

Para que así suceda es preciso que entre quien entrevista y el que es entrevistado exista una serie de coincidencias básicas, en primer lugar respecto a los temas de la entrevista misma.

Pero creo que no exagero al pensar que también en temas más profundos: el valor y la dignidad de la persona, el talento para distinguir lo esencial de lo accesorio, el valor para comprometerse con la comunidad en su conjunto, la agudeza para extraer y percibir el mensaje útil que la vida y obra del entrevistado puede ofrecer, cuando no la interfieren prejuicios ni personalismos.

Por eso la entrevista es en definitiva un ejercicio de civilidad. De la que fecunda y renueva constantemente una convivencia positiva de intereses y proyectos comunes, y una democracia auténtica, de todos y para todos.

Esta es asimismo la tarea del periodismo: una continua conversación con sus lectores, que son también, siempre es hora de recordarlo, titulares del derecho a la información. Un diálogo que va madurando una opinión pública bien fundada, y por tanto respetada y valiosa, por su espontaneidad y por su valor como contraste y estimulo del avance y mejora colectivos.

Sé que la Asociación de Periodistas Europeos vive y ejerce estas convicciones, desde su fundación, hace ahora veinticinco años, que conmemoramos con la satisfacción del trabajo bien hecho. Con el afecto que me une a ella como su Presidente de Honor, le felicito en esta fecha tan significativa, y le animo a seguir este camino.

Y éste fue también el talante de Luis Carandell, que fue nuestro vicepresidente y a quien tanto echamos de menos, siempre, pero especialmente esta noche. Por la finura de sus retratos colectivos, su afán de no excluir ni hacer de menos a nadie, el humor con que supo expresar su calidad humana y la de periodista de raza que fue.

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