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Mensaje de Navidad de Su Majestad el Rey

Madrid(Palacio de La Zarzuela), 24.12.1995

E

n esta gran noche de familia, permitidme, antes que nada, que en mi nombre, en el de la Reina y en el de nuestros hijos, os envíe a todos mis deseos más fervientes de paz y felicidad.

Hace pocas semanas hemos tenido ocasión de conmemorar los veinte años de reinado. Os aseguro que la mayor satisfacción que me cabe al echar la vista atrás es justamente la de que el principal objetivo que me tracé desde el momento mismo en que asumí la Corona, el de llegar a ser un Rey de todos, se ha visto, gracias a vosotros, plenamente cumplido.

Vuestro afecto, del que constantemente recibo las más efusivas pruebas y que vivamente os agradezco, quiero tomarlo como algo más. Como muestra de que en mi persona queréis depositar la gratitud a todos los que, desde posiciones diversas, han aportado lo mejor de sí mismos a la tarea de devolver a los españoles la responsabilidad de su destino histórico.

Las recientes conmemoraciones reavivan el orgullo colectivo de lo mucho que hemos logrado juntos. Nunca la sociedad española había gozado de un período tan largo de convivencia democrática plena, de vigencia completa de los derechos y libertades de los ciudadanos, de reconocimiento y despliegue de la pluralidad cultural e institucional de España.

Todo esto es verdad. Pero debemos verlo no como ocasión para la autocomplacencia, sino como estímulo para seguir trabajando en la consecución de nuevas metas de prosperidad, equilibrio, integración y desarrollo. Porque lo conseguido ayer nos indica que podemos dar respuesta, si nos aplicamos a ello, a los problemas de hoy y de mañana.

Sabemos que, sobre nuestras metas colectivas pesan hoy problemas ciertos que no podemos eludir y cuestiones nuevas que no debemos desconocer.

El primero de esos problemas, en el orden de preocupación e importancia, es el del paro. Aunque el Estado mitiga con gran esfuerzo, a través de la política social, sus más inmediatos efectos y la evolución permite afrontar el futuro con un menor pesimismo, el desempleo, en los niveles en que lo conocemos hoy, es, además de un drama personal y familiar para quienes lo sufren, un factor desintegrador de la sociedad.

Son particularmente inquietantes el paro de larga duración, que afecta a trabajadores que soportan además responsabilidades familiares, y el paro juvenil, que impide la inserción de las nuevas generaciones en la sociedad y el desarrollo de sus proyectos vitales y familiares.

Estas situaciones nos plantean una exigente interpelación para cuya respuesta sería preciso el más amplio consenso de la sociedad, que incluya a las fuerzas políticas, los empresarios y los trabajadores.

Quizá no del todo ajenos al desempleo y sus consecuencias, la violencia juvenil, el desarraigo y el recurso a las drogas son también motivos de especial preocupación.

Deberíamos preguntarnos si los valores que estamos inculcando a nuestros jóvenes son los más adecuados para su desarrollo personal y si no podemos hacer más para que nuestros hijos no estén sometidos con frecuencia a mensajes moralmente empobrecedores, cuyos efectos son socialmente negativos.

Educar para la libertad y la responsabilidad no es tarea fácil si no nos afanamos todos en desmontar esa presión social a la que la juventud es especialmente sensible, y que entre todos hemos creado o aceptado.

No obstante, sabemos que nuestra juventud es capaz de grandes cosas: una juventud que trabaja y se esfuerza, que es altruista y solidaria, que entrega su tiempo y sus recursos a las causas de la cooperación, que incluso busca con desinterés admirable aquellos lugares del Tercer Mundo en que su esfuerzo y su trabajo pueden dar más a quienes tienen menos.

Otro elemento de preocupación colectiva, que produce particular desánimo y desmoralización en la sociedad, son algunas conductas intolerables que deben ser corregidas y sancionadas de acuerdo con la ley.

La capacidad y el vigor de las instituciones y la libertad de expresión aseguran siempre que la corrupción no pueda prevalecer en un régimen democrático.

Pero si hay que denunciar y castigar todos los abusos con firmeza, también es necesario resaltar que son muchísimos más los políticos y profesionales que sirven al Estado con lealtad y honestidad de los que de él se sirven. Otro tanto sucede en el ámbito privado, donde la gran mayoría de los empresarios están contribuyendo decisivamente con su esfuerzo al progreso y la modernización de nuestro país.

El problema del terrorismo continúa siendo una herida abierta en la piel de nuestra sociedad, aunque sin duda, viéndolo con la adecuada perspectiva histórica, se han producido logros y avances con la colaboración de muchos. Pienso con especial afecto en sus víctimas, todas inocentes, sus familiares y allegados. Pienso en los secuestrados, privados de libertad y del calor de los suyos, retenidos tan injusta como cruelmente por quienes desoyen el clamor de la sociedad entera.

Pienso también en quienes luchan valientemente por la paz y la concordia y a ellos envío mi agradecimiento y estímulo.

Para cerrar cuanto antes esta llaga de nuestra convivencia convoco a todos a la unidad frente a la sinrazón. Sólo desde la unidad en el respeto a las reglas de la democracia y la primacía del Estado de derecho, podremos avanzar en la erradicación de esta lacra, que ha vuelto a golpear de manera indiscriminada a nuestra sociedad en fechas recientes.

En el ámbito internacional, junto a la persistencia de graves problemas, hay signos de esperanza alentadores. Debemos todos felicitarnos por el acuerdo alcanzado por las partes en conflicto en la antigua Yugoslavia.

Los españoles podemos enorgullecernos del talante y la dedicación con que nuestros hombres y mujeres allí destacados han cumplido honrosa y dignamente la misión humanitaria que bajo los auspicios de las Naciones Unidas se nos ha encomendado. Para quienes, lejos de sus hogares pero cerca del corazón de todos nosotros, pasan la navidad en esa zona, va hoy mi abrazo entrañable y, estoy seguro, el de todos vosotros.

Para las familias de quienes han entregado su vida en esta generosa tarea, mi recuerdo especialmente afectuoso se une también al de todos. La plaza que en la ciudad bosnia de Mostar se ha dedicado a España, un gesto de reconocimiento que nos llena de satisfacción, es también la plaza de los españoles que allí han derramado su sangre.

No quiero dejar de mencionar el creciente papel de nuestro país en el concierto internacional. España y sus hombres están hoy cada vez más presentes en los foros de decisión y cooperación del mundo. También en este aspecto, a veces más lejano a nuestras preocupaciones cotidianas, recogemos ahora los frutos de lo que ayer sembramos.

Venimos de ejercer, por segunda vez desde nuestra integración, la presidencia de la Unión Europea. Aunque el proceso de unión está resultando menos fácil de lo que algunos pensaban, los pasos que se van dando son importantes, como lo demuestran los acuerdos de la reciente Cumbre de Madrid.

Hemos podido avanzar así en dos terrenos que nos son singularmente queridos: la proyección de Europa en Iberoamérica a través del acuerdo marco de cooperación con Mercosur, y la presencia de Europa en el ámbito mediterráneo, a la que se ha dedicado la Conferencia de Barcelona.Igualmente, la V Cumbre Iberoamericana ha servido de ocasión para reforzar nuestra presencia en los esfuerzos de cooperación y diálogo en un área que sentimos tan nuestra.

No quiero olvidar tampoco los importantes avances que han tenido lugar en el proceso de paz en Oriente Medio, cuyos primeros pasos se dieron en Madrid cuatro años atrás. El vil asesinato del Primer Ministro israelí, Isaac Rabin, nos ha llenado de dolor y consternación, pero confiamos en que prevalecerá la voluntad de paz de ambas partes sobre los obstáculos e impedimentos con que los enemigos de aquélla tratan de frustrarla.

Quiero deciros ahora que no se me oculta que nuestra sociedad ha vivido este año tensiones fuertes en su convivencia y dificultades de variado signo.

Recordemos siempre que la Constitución, sancionada por el Rey y refrendada por los españoles hace diecisiete años, ofrece vías de solución democráticas para cualquier problema, por grave y difícil que parezca.

La normalidad institucional que ha presidido hasta ahora los avatares del juego político puede y debe seguir siendo el camino que nos permita progresar en la consolidación, maduración y profundización de la democracia.

En este sentido, quisiera hacer una especial llamada para la recuperación de los hábitos de diálogo y moderación en la vida pública. Desde la posición que me asigna la Constitución, pido a cada uno de los poderes del Estado ecuanimidad y respeto hacia sus respectivas competencias y campos de actuación; a los responsables políticos y a los interlocutores sociales y a todos aquellos que participan directa o indirectamente en la vida pública, espíritu de convivencia y compromiso por encima de las naturales y deseables diferencias ideológicas; y a todos, no olvidar nunca que los intereses generales han de ser siempre antepuestos a los particulares.

Ese fue el gran legado de la transición, que ha despertado la admiración y el reconocimiento de todo el mundo. Todos debemos esforzarnos en retomar lo esencial de aquel espíritu para fortalecer la convivencia, la transparencia y la autenticidad de nuestra democracia.

He querido en esta noche remontar la visión por encima de los aspectos más inmediatos de nuestro entorno y reflexionar, como español y como Rey, sobre nuestros problemas. Sería injusto no reconocernos, también colectivamente, nuestros logros y esperanzas. Si analizamos lo que hemos sido capaces de avanzar en un período tan corto, en términos históricos, no podremos concluir más que reafirmando nuestra confianza en la capacidad de la sociedad española, en nosotros mismos.

Concluyo. Va mi recuerdo muy especial para todos los que se encuentran hoy fuera de España y muy singularmente a quienes están prestando su ayuda desinteresada a los menos favorecidos. Quiero también enviar mis votos de prosperidad y bienestar a todos los pueblos amigos, y en particular a las naciones europeas y a los pueblos hermanos de Iberoamérica y los países árabes.

Y al reiteraros a todos mi felicitación, pido a Dios que continuamente nos proteja y nos inspire los sentimientos de generosidad, solidaridad y unión fraterna que siempre, y especialmente en estas fechas, necesitamos.

Felices pascuas a todos y buenas noches.

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Mensaje de Navidad de S.M. el Rey