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Mensaje de Navidad de Su Majestad el Rey

Madrid(Palacio de La Zarzuela), 24.12.1992

D

esde la profunda fraternidad navideña y con el espíritu de diálogo y encuentro que propician estas horas, una vez más, con mi familia, deseo enviar un abrazo de unión a todos los españoles y a la nación entera, a sus instituciones y representantes.

Con ellos y junto a ellos, quiero saludar también a quienes nos honran con su convivencia y comparten con nosotros las esperanzas y los esfuerzos de cada día.

Porque ha sido orgullosa cortesía de España a lo largo del tiempo, dentro y fuera de sus fronteras, la lealtad para sus amigos y la nobleza de compartir con ellos lo que tiene, sin reservas ni prejuicios. Lo mismo sentimos ahora, cuando malos vientos de xenofobia soplan en algunas partes de Europa y tientan a personas o grupos que aquí, entre nosotros, constituyen una irrelevante aunque violenta minoría. Estén seguros los que se amparan en el compromiso de solidaridad español de que se encuentran en su casa, los consideramos hermanos y con ellos lucharemos sin miedo, en nuestro Estado de derecho, por un mundo mejor.

Hemos vivido un año de singular trascendencia y estamos a las puertas de otro que nos convoca, con más fuerza que nunca, con renovados bríos y con la serenidad de siempre, a proseguir el camino de superación nacional emprendido.

La Exposición Universal de Sevilla, los Juegos Olímpicos de Barcelona, la Conmemoración del V Centenario del descubrimiento de América, la capitalidad europea de la cultura de Madrid, igual que a finales del año anterior la Conferencia de Paz para Oriente Medio, pusieron a prueba la capacidad española para cumplir sus compromisos internacionales y asumir los propios con generosidad, altura de miras y seguridad. Así ha sido reconocido, por quienes nos han acompañado en esos eventos, por la opinión pública en general y por los demás Estados. Esos éxitos han sido la lógica consecuencia de muchos años de esfuerzo, de vocación de futuro, de exigencia propia.

Lejos de toda jactancia, pero con sincera y rigurosa justicia, debemos atribuirnos todos y cada uno de los españoles, sin distinciones ni distancias, el triunfo global alcanzado, un triunfo que es, esencialmente, la proclamación de que, por fin, la modernidad no es una vaga expresión o una utopía, sino algo que está al alcance de nuestras manos. Sintámonos orgullosos, porque en el año 92, tan especial y significativo, hemos podido demostrar nuestras facultades de organización y lanzar al mundo un mensaje abierto y positivo.

La II Cumbre Iberoamericana, celebrada en Madrid, ha consolidado esa comunidad de naciones, así como las iniciativas de desarrollo y los proyectos de cultura tan necesarios para unos pueblos que demandan solidaridad internacional y cooperación, a fin de conseguir, en libertad y justicia, sus objetivos de progreso.

Pienso que Europa debe dar a la dimensión iberoamericana, de la que somos exigentes valedores, una atención máxima.

El año 92 concluye, sin embargo, con expectativas de inquietudes y problemas que no por menos previstos dejan de ser graves. Unos nacen de la situación mundial, de los efectos de la guerra del Golfo Pérsico y del juego de intereses múltiples, tensados por la crisis económica y los reajustes monetarios. Otros de la propia Europa, de la que formamos parte por decisión democrática, por vocación europeísta e identificación de necesarios intereses. Y, por fin, problemas propios de nuestra realidad nacional, afectada, como es natural, por el entorno, pero a los que hemos de prestar fundamental atención porque son directamente nuestros y debemos esforzarnos en soluciones por nosotros mismos.

Es comprensible que los españoles nos sintamos preocupados por todo ello. Y es congruente que así sea porque protagonizamos también esa realidad global desde nuestra propia posición.Pero éste no es motivo para detener el paso, rebajar las aspiraciones nacionales o inhibirnos en la lucha por el bienestar que hace tiempo hemos emprendido. Ni una vacilación, ni una flaqueza en nuestras convicciones de futuro. Pesimismo, amargura, tristeza, son sentimientos que debemos superar. No hemos hecho esta democracia joven y libre para menguar lo más mínimo la estatura histórica a que hemos llegado.

Antes bien, echemos mano a la energía colectiva que nos ha distinguido siempre, creciéndonos ante las dificultades, asumiendo el futuro como algo que nos pertenece, como una construcción de cada día y no como una pesada carga impuesta por los demás. Con ese pulso firme, enfrentémonos a los problemas de España para vencerlos.

Estamos en Europa y en ella vamos a seguir porque somos Europa, porque Europa nos necesita y en ella nos integramos cada vez más, sin obsesiones ni precipitaciones, pero conscientes de que hemos de seguir este camino con pasos inspirados por la seguridad y la prudencia. Porque a Europa la necesita el mundo moderno y, en fin, porque su proceso de unidad, no va a detenerse aunque encuentre, como en otras ocasiones a lo largo de su historia, obstáculos que parecen a primera vista, insuperables, pero que son normales en una empresa de tanta envergadura y de múltiples facetas. La pertenencia a Europa enriquece nuestra identidad nacional.

Pero precisamente esta identidad nuestra no puede difuminarse, ni reducirse sino robustecerse para que estemos en condiciones de mostrarla y aportarla sólida y unida, sin caer en fragmentaciones ni en divisiones, mostrando una integridad que ha de traducirse en todos los sentidos de esta palabra y de esta idea.

Ser europeos ha de radicar en la esencia de ser españoles y esta decisión nos será agradecida por las generaciones futuras.

En cuanto a esa otra Europa de la guerra, de las fronteras conflictivas, generadoras de violencia, estamos también esforzándonos para que vuelva la paz. Para que sus habitantes puedan, con el máximo respeto a sus derechos individuales y étnicos, edificar el porvenir. Nuestros soldados están prestando su colaboración a la paz de esa Europa hermana, que es la paz de todos. A ellos y a sus familias quiero enviarles mi recuerdo y los propósitos de asistencia permanentes.

Es hora de impulso, de ahondar positivamente en nuestra democracia.

De asumir la Constitución en sus exigencias, de cumplirla, de desarrollarla con coraje y alegría. Si hemos dado con ello un ejemplo de convivencia, sostengámoslo siempre como instrumento civilizado de progreso y como muestra constante de buenas maneras, de educación y de capacidad de diálogo correcto.

El pesimismo que induzca a abandonar ideales hermosos, contrastados como buenos, haría un mal irreparable a España. Ni vosotros, ni las instituciones y la Corona que os sirven, estamos para eso.

Continuemos en el 93 con el espíritu que ha alentado las cosas buenas del 92. Hagamos un bloque, instituciones y ciudadanos, para enfrentarnos a los problemas. Todos. Dándonos la mano. Uniendo trabajo, inteligencia y buena voluntad.

La gran política que necesitamos ha de hacerse conjuntamente. Vamos a realizarla teniendo muy presente la necesidad de no romper con los principios éticos insoslayables, con respecto a los valores morales y a las normas de una conducta ejemplar y digna.

Seamos justos y, por lo tanto, no generalicemos sin fundamento las conductas individuales censurables; pero censuremos públicamente, juzguemos y sancionemos con arreglo a la ley las que lo sean.

Sólo así, con esta base firme en unas virtudes de probidad y austeridad indispensables, contaremos con los elementos adecuados para infundir confianza al pueblo, para obtener su respeto, para conjugar las voluntades individuales de los españoles en un proyecto colectivo que necesita de la ilusión, de la esperanza, de la capacidad de entusiasmarse por algo que sin duda lo merece: España.

El terrorismo no podrá, no puede, con nuestra integridad democrática. El Estado de derecho seguirá siendo una roca desde la que se despeñen quienes responden con el asesinato y la masacre al diálogo y a la convivencia. Y las víctimas del terrorismo tienen nuestro mensaje y nuestra emoción en esta hora más que nunca.

La reciente catástrofe en el litoral coruñés, con el hundimiento de un petrolero y la correspondiente marea negra, es especial motivo de pesar. Envío al entrañable pueblo gallego un mensaje de ánimo y de apoyo.

Sirva asimismo ese grave acontecimiento, junto a otros que, con alguna frecuencia, afectan a nuestros bosques y a nuestra ecología en general, para advertirnos e inducirnos a prevenir unos sucesos que tan negativamente repercuten sobre la naturaleza en que vivimos.

Y en este recuerdo de acontecimientos tristes, quiero expresar nuestro dolor a las familias de los trabajadores asturianos que han entregado sus vidas en el rudo y arriesgado trabajo de la mina.

Más que nunca, en estos momentos nos unimos a los que sufren, cuando enviamos a todos los españoles, de dentro y fuera de España, la felicitación más cordial.

Pido a Dios que la luz de la navidad se extienda a todos los hogares de nuestra patria y que sus efectos beneficiosos se prolonguen a través de los días y los años por venir.

Con estos votos de felicidad, vuestro Rey os desea lo mejor.

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Mensaje de Navidad de S.M. el Rey