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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad académica al ser investido "doctor honoris" causa por la Universidad de Buenos Aires

Argentina(Buenos Aires), 29.11.1978

E

minencia reverendísima, señores ministros y secretarios de Estado, señor Rector de la Universidad de Buenos Aires, señores presidentes de las academias argentinas, señores presidentes de los colegios profesionales, señores decanos y autoridades universitarias, señores alumnos universitarios, señoras y señores, con profunda emoción, recibo hoy el Doctorado honoris causa que esta Casa, de brillante ejecutoria, me otorga.

En estos momentos, pienso en las sucesivas generaciones de personalidades de excepción que por sus aulas universitarias pasaron.La distinción académica que me conferís me une de manera indisoluble con todas ellas.

Asumo la responsabilidad con particular agradecimiento, imbuido de admiración hacia su obra y estimulado por su ejemplo. Atesoraré esta distinción preciada como recuerdo vivo de una inolvidable jornada entre vosotros.

Embargado por esos sentimientos, la oportunidad me mueve a ensalzar una vertiente principal y decisiva de esta hermosa ciudad de Buenos Aires.Pocas capitales de nuestro idioma pueden rivalizar con ella en cuanto a tradición cultural, curiosidad intelectual, investigación científica y difusión de las letras y de las artes.

El impulso creador de sus más conocidas figuras ha sido el fruto, debido y lógico, de la atención ciudadana por el mundo del espíritu.Desde aquí y ante vosotros, quisiera saludar a la intelectualidad, a la ciencia y al arte iberoamericanos y expresar mi admiración por la obra realizada.

Quisiera dejar testimonio público del profundo respeto que me infunde la dedicación y sacrificio de quienes a su cultivo se dedican, consciente como estoy de que su labor, con demasiada frecuencia, se lleva a cabo sin las facilidades y medios necesarios, sin más estímulos que la mística de su propia vocación y sin más esperanzas de alcanzar el reconocimiento general que la imprevisible casualidad.

Labor callada, difícil, que exige el rigor de la más ardua de las disciplinas: la autodisciplina en la intimidad solidaria. Ese mundo complejo, ignorado para la mayoría, hecho de exigencia silenciosa y de renuncia, de ascesis y de perseverancia.

Conozco también las compensaciones que de todo ello detraen el estudioso, el investigador y el artista. Uno de nuestros clásicos recientes, Gabriel Miró, confesaba alguna vez que, si la literatura, además de las satisfacciones que depara, diera de comer, se convertiría en lujuria.Para unos pocos, muy contados, el reconocimiento en vida convierte en realidad el sueño de Miró. Para los más, sin embargo, las dificultades coexistirán con los goces íntimos, alternando inevitablemente euforia y desánimo, hasta que las facultades decaigan. Es la ley del mundo del espíritu. Hasta cierto punto, resulta imposible alterar su sino.

Pero la sociedad debe cuidar de no agravar su peso evitando que sean tan sólo las vocaciones heroicas las que opten por tan necesaria dedicación. La sociedad tiene que arbitrar medios, personales e instrumentales; no por decisión altruista, sino por simple egoísmo de subsistencia. La sociedad los necesita.

El progreso -ese progreso sin el cual, desde nuestros problemas de hoy, no cabe contemplar el futuro más que con angustia- exige una labor de constante y esforzada depuración del conocimiento.

Siendo esa función parte sustancial del quehacer intelectual y científico, es obligado concluir que, a ese respecto, nuestro mañana está en sus manos. No resulta, pues, indiferente la decisión de dotarles convenientemente de medios.

Pero, por si esa razón no bastara, conviene recordar que la depuración del conocimiento no es sino la cimentación ineludible sobre la que debe alzarse la función analítica de las posibilidades que se nos ofrecen como opciones.

Científicos e intelectuales son los llamados a hacer ese esfuerzo y su responsabilidad es tal, que su éxito o su fracaso es también por definición el éxito o el fracaso de la sociedad misma. La lucidez de sus planteamientos condiciona la lucidez de quien ha de tomar las decisiones. Del acierto de éstas depende la salvación social.

Por otro lado, me gustaría llevar algo más lejos el curso de estas reflexiones. La problemática que hoy tenemos planteada exige una renovación de inventiva y creación cada día mayor. No se trata sólo de una aceleración en la introducción de nuevas técnicas y de nuevos sistemas de organización, sino de una auténtica necesidad de inventos revolucionarios. En el campo de la energía, de la alimentación, de la medicina y de tantos otros, las exigencias prospectivas se tornan acuciantes.

A este respecto, la investigación que se desarrolla en la actualidad es notoriamente insuficiente. Posiblemente, hay que ir dejando de lado, de una manera creciente, la estrechez financiera encuadrada en criterios de costo-beneficio, abriendo cauces para lo que los clásicos gustarían denominar «la locura del ingenio». En todo caso, resulta urgente incrementar las posibilidades de realización de las vocaciones atípicas: las del inconformismo de la invención.

Y llegó así a la creación artística. En un mundo obsesionado por los problemas concretos y por su solución, desbordado por su eclosión demográfica, atenazado por su lógica utilitaria, angustiado por su capacidad destructiva y por la disparidad de su desarrollo regional, importa recalcar la atrofia comparativa del intimismo y la sensibilidad. No voy a insistir en este punto, pero sí quiero subrayarlo y destacar el papel que, a mi juicio, incumbe al arte.

Los poetas, los pintores, los músicos, los escritores, tienen ante sí el inmenso reto de motivar a quienes no lo son, de ensanchar el mundo de la intimidad, afinando la sensibilidad embotada.

La recuperación del ocio, que los sociólogos nos han venido predicando como resultante de los adelantos tecnológicos, no parece que vaya a lograrse en su lógica dimensión.

Vivimos ya con plenitud una fase, aunque incipiente, de masificación de ese ocio.

El arte debería ser una de las grandes vías de redención del individuo frente a ese peligro. La sociedad debe facilitar y ayudar a difundir el arte, después de haber promocionado sus procesos de creación.

Para todo ello, la gran herramienta es la lengua. No cabe exagerar su importancia y conviene tener una idea precisa del papel que juega en nuestra existencia. Dije alguna vez que la lengua no es una conjunto de palabras sino un sistema de actitudes vitales acuñado en palabras. Nos condiciona y nos conforma. Nos enseña a pensar y a sentir de una manera determinada. En fin de cuentas, somos hijos de nuestra lengua, pues ella es la que fija nuestra urdimbre afectiva. En la memoria del niño, las palabras incorporan imágenes y con ellas la memoria de un pueblo, sus costumbres, sus rezos y sus leyes, su pensamiento y su poesía.

Hablar en una lengua determinada es sumirse en la corriente de un río que nos conduce, pues la lengua encierra saberes milenarios, nos ayuda a pensar, y escribe a veces por nosotros.

No estamos solos en el mundo, no hemos nacido ayer, porque hablamos en una lengua que nos transmite la solidaridad de los vivos y los muertos, la solidaridad de cuantos la han hablado desde su origen a nuestros días.

En última instancia, es un repertorio de actitudes vitales muy parecido a un código: facilita nuestras respuestas y hace que las reacciones de todos sus hablantes tengan algo común.

En resumen, en la lengua hay fijaciones de carácter espiritual igual que hay fijaciones hereditarias en la sangre. Estas modulan nuestro pensamiento, influyen en nosotros y constituyen la identidad de nuestros pueblos.

Tendríamos que estudiarlas si nos queremos conocer, puesto que en el arranque de cualquier actitud está la lengua: es nuestra ley constitutiva. Basta el hecho de hablar en español, de hablar en una misma lengua, para tener respuestas semejantes y una actitud común frente a la vida.

Cualquier hispanohablante sabe, por experiencia propia, que el área de la lengua es nuestra frontera. Donde se habla español nos sentimos naturalizados. Esta es nuestra dimensión. Dentro del área del castellano no tenemos un mercado común, pero hay un mundo común y lo podemos comprobar cada día.

Puede haber, y las hay, diferencias importantes entre nosotros. Pertenecemos a una comunidad lingüística que se ha ido enriqueciendo con muy distintas aportaciones. Todas están unificadas en la lengua. Todas las fueron acrecentando. El español tiene tonos distintos, pero es siempre el mismo.

Por consiguiente, la lengua constituye nuestra frontera y en ella todos estamos avecindados, todos somos participantes, todos tenemos igual obligación e igual derecho. Necesita del esfuerzo de todos. La lengua es nuestra carta de ciudadanía cultural, la identidad de los hispanohablantes. Su mantenimiento es tarea común y legitimadora. Nos debemos a ella. Cuidar de sus errores puede evitar los nuestros.

Permitidme una licencia y una última reflexión sobre la lengua escrita. Se nace en nuestra tierra, pero también se nace en nuestra lengua. La tierra en que nacemos en nuestra patria diferente; la lengua en que hablamos, nuestra patria común. Es el carácter distintivo de la comunidad hispanohablante. Nuestra tierra es distinta, nuestra lengua la misma, y esta lengua es la patria de todos, la que llevamos siempre con nosotros y nos identifica ante el resto del mundo.

Es indudable que la creación lingüística le corresponde al pueblo, pero es cierto también que son los escritores quienes la registran, le dan estado público y legalizan su circulación. Los escritores son algo así como el registro civil de nuestro idioma. Aunque tengan otras funciones, tal vez más importantes, esa es la investidura pública del escritor.

Con su inapreciable colaboración, tenemos todos que cumplir una obligación capital: la actualización y puesta al día de nuestra lengua. Atribuyo a esto una importancia decisiva. Sólo se actualiza una lengua si actualizamos en ella nuestra vida. El pueblo que logra tal empeño es un pueblo que asume el gran cauce de su propio destino.

Los que tenemos esa carta de ciudadanía cultural común, debemos velar porque el crecimiento de nuestra lengua sea unitario. De lo contrario, nos distanciaremos y seremos más ajenos. Hay que poner la lengua al día y hay que ponerla a salvo, pues su unidad es nuestro patrimonio. Si esa unidad alguna vez se rompiera, quedaríamos desheredados.

Para terminar, desde aquí, quisiera invitar al esfuerzo conjunto y a la colaboración de todas nuestras entidades académicas y universitarias, a las científicas y a las que se dedican a la investigación pura. Importa evitar, en lo posible, el despilfarro de la duplicación de los empeños.Estoy convencido de que, por esa vía, seremos entre todos capaces de hacer más atractivo el futuro, más serena nuestra existencia colectiva y menos azarosas las opciones individuales de vida.

Muchas gracias.

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