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Palabras de Su Majestad el Rey al Gobernador General de Canada Jules Léger y al pueblo canadiense

Madrid, 13.03.1978

S

eñor Gobernador General, constituye para mí una especial satisfacción dar la bienvenida al Gobernador General del Canadá y a su distinguida esposa. Esta visita nos honra por un doble motivo: por ser España el primer país que recibe oficialmente a Vuestra Excelencia como Gobernador General del Canadá y por ser ésta también la primera vez que nuestra patria es anfitriona de la persona que encarna la primera magistratura de una nación como la vuestra.

El Canadá, señor Gobernador General, es uno de los ejemplos más claros de cómo el sistema occidental de gobierno, anclado en una tradición humanista de libertad y de respeto al individuo y a sus derechos, no sólo es un sistema viable, sino que es precisamente el que permite al hombre alcanzar niveles más altos de dignidad y prosperidad.

Señor Gobernador General, España se siente profundamente afín con América, continente que es parte de nuestra historia y con el que tenemos una especial relación. Y esta afinidad no lo es sólo con las naciones hermanas que hablan nuestro idioma, sino igualmente con vuestro país. La historia nos habla de la temprana presencia de grupos de españoles, que, con su vocación marinera característica, arribaron a vuestras costas y establecieron contacto con vuestras gentes. Un contacto felizmente mantenido hasta hoy, y que ha hecho y hace posible que la relación entre nuestros dos países sea tan mutuamente beneficiosa en sus muy diversos aspectos.

No puede ello extrañarnos, señor Gobernador General, puesto que, además, compartimos ambos un mismo mundo de creencias y de valores, el que conforma las sociedades democráticas occidentales, firmemente basadas en la libertad y en el respeto de los derechos humanos individuales y colectivos.

Esa amistad y cooperación entre nuestras dos naciones, que la historia y la comunidad de nuestras convicciones convierten en algo natural, ha producido ya notables avances en el fortalecimiento de nuestra colaboración en los terrenos político, económico y cultural. Debemos perseverar en este camino. Podemos ofrecernos muchas cosas complementarias y beneficiosas. Y no hay razón alguna, muy al contrario, para que así no se haga.

Señor Gobernador General, alzo mi copa a la salud de Su Graciosa Majestad la Reina del Canadá, a la prosperidad y bienestar del pueblo canadiense, así como a la felicidad personal del Gobernador General del Canadá y la señora de Léger.

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