Omitir los comandos de cinta
Saltar al contenido principal
Actividades y Agenda
  • Escuchar contenido
  • Imprimir la página
  • Enviar a un amigo
  • Suscribirse al RSS de la página
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en Twitter
  • Compartir en Linkedin
  • Compartir en Google+

Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de Austria Rudolf Kirchschläger y al pueblo austriaco

Austria(Viena), 31.01.1978

S

eñor Presidente, muchas gracias por vuestras palabras y muchas gracias, también en nombre de la Reina y en el mío propio, por esta invitación, que nos ha brindado la oportunidad de visitar este bello país, al que los españoles, y yo el primero, nos sentimos ligados por tantos motivos. Emoción profunda que he sentido hoy al poner pie en tierra de Austria y contemplar en la bandera de la Compañía de Honor el símbolo del águila tradicional y de la Inmaculada Concepción.

Tengo, además, motivos muy personales para amar vuestro país. Como bien habéis recordado, los años juveniles de la formación de mi bisabuelo, el Rey Alfonso XII, pasaron por esta ciudad de Viena, donde los monumentos, las tradiciones y las gentes nos hablan todavía, a españoles y austríacos, de un pasado común, y de donde vino a España una de las Reinas más virtuosas y más queridas de la nación española, a quien también acabáis de evocar. Mi bisabuela austríaca, la Reina María Cristina, dejó, como Reina y como mujer, un recuerdo imborrable en el corazón de los españoles, y fue también, como Regente, modelo de monarcas constitucionales, en un período particularmente difícil de nuestra historia.

Tenéis razón, señor Presidente, al destacar el valor que para nuestra acción presente tiene el recuerdo y la fidelidad a la historia propia. La vida es creación, es renovación y cambio, que alcanza su pleno sentido y su perdurabilidad en tanto en cuanto se realiza asimilando las lecciones del pasado. Nuestros lazos históricos y presentes son la mejor base para nuestro futuro común y esperanzador. Tradición y herencia compartidas con un Soberano común, cuando se arbolaba la gallarda divisa de la que nosotros llamamos «Casa de Austria»: Austria est imperare omni universo, y un poeta español escribía en una isla del Danubio su más bello poema sobre la gran misión cultural y civilizadora austríaca en el Este europeo. Comunidad de ideales que se plasmó en una cultura común -de la que esta ciudad da tantos testimonios y en la que se puede admirar algunos de los más bellos cuadros de Velázquez y que no era sino la fe en una misma misión de unidad del género humano. Como lo ha definido un escritor austríaco contemporáneo, y voy a usar sus mismas palabras:

"Es ist doch alles ganz einfach: im Geist mündet der Ebro eben in die Donau".

"Todo es, sin embargo, muy sencillo: en el espíritu el Ebro desemboca precisamente en el Danubio".

La realidad es que entre nuestros respectivos pueblos existe una instintiva, sincera y profunda simpatía mutua que está llamada a dar frutos más fecundos en el porvenir. Por ello tengo el convencimiento de que nuestros pueblos han de estar más unidos aún en el futuro, en los comunes ideales que son un orden político libre y democrático, y un orden social cada vez más justo, informados por los comunes principios de nuestra tradición humanista europea.

Señor Presidente, Austria disfruta hoy de un orden democrático en paz y progreso, una estabilidad social que no encuentran fácil parangón en Europa. El funcionamiento de las instituciones políticas y de la paz social, la ingente obra de reconstrucción desde el fin de la guerra, el progreso económico y cultural, son ejemplos alentadores de lo que puede la voluntad de un pueblo unido, con comprensión inteligente de sus problemas y firme voluntad de superar diferencias en aras del superior interés de su país. Bien sé que vuestra paz y vuestro progreso no fueron un don gratuito, sino que, hasta alcanzarlos, Austria tuvo que superar un largo y a veces doloroso camino a lo largo de varios decenios.

También mi patria se encuentra hoy frente a la apasionante empresa de configurar su futuro en libertad, democracia y paz social y creo que la experiencia del pueblo austríaco puede servirnos de ayuda y de estímulo en nuestro propio camino.

Hoy para España, como para Austria, la pertenencia a una Europa pluralista y democrática es uno de los principios de política exterior que merecen alta prioridad. Podemos con justicia recabar para nuestros dos países un lugar digno entre los forjadores de ese acervo común que históricamente llamamos Europa. España ha solicitado su ingreso en las comunidades europeas; Austria tiene otra misión, derivada de su estatuto de neutralidad permanente, que bien merece el respeto de toda la comunidad de naciones. Pero españoles y austríacos estamos llamados a realizar nuestra aportación y a colaborar juntos en muchos de los múltiples foros europeos que se nos ofrecen para ello.

La reciente incorporación de España al Consejo de Europa -cuya Asamblea preside una gran personalidad austríaca- ha brindado la ocasión para que vuestro país nos ratificase su apoyo y comprensión. Nosotros agradecemos esas muestras de una amistad a la que de todo corazón respondemos, y que es prenda segura de una firme y estrecha colaboración entre nuestros dos países en Europa y en otros continentes del mundo.

España persigue una política de paz y seguridad mundiales y mantiene un decidido empeño para la defensa efectiva de los derechos humanos, cuyas convenciones mundial y europea hemos suscrito con suma complacencia. Nosotros apreciamos la valiosa contribución que, para el mantenimiento de esa paz, supone la neutralidad austríaca, que es una neutralidad dinámica, al servicio de los principios democráticos y que tiende un puente, que corresponde a la misión histórica de Austria, entre los mundos del este y del oeste.

En el primer mensaje de la Corona, la Monarquía española expresó su propósito de mantener buenas relaciones con todos los países, por encima de la diversidad de regímenes sociales y políticos. Esta voluntad de contribuir por nuestra parte al relajamiento de las tensiones internacionales nos ha llevado a colaborar en Austria en la Conferencia Europea de Seguridad y Cooperación, donde se ha puesto de manifiesto una amplia identidad de criterios, al servicio de unos ideales comunes.

Pero nuestro horizonte no se agota en Europa y nos debemos a una visión universal de los problemas. Habremos de superar el desequilibrio que a escala mundial continúa existiendo entre los países industrializados y los países en vías de desarrollo, a fin de lograr un más justo equilibrio entre los pueblos y evitar cualquier clase de amenazas para la paz y la seguridad. Nuestros dos países participan de esta preocupación y son amplias las posibilidades de acción en común que en este campo se nos ofrecen. Pienso en Iberoamérica y en el mundo mediterráneo, unidos a nuestros países por tantos lazos, y en la presencia en Viena de importantes organismos internacionales. La aportación austríaca a los foros colectivos en que se debaten los grandes problemas mundiales es particularmente relevante, y merece destacarse el hecho de que uno de vuestros compatriotas desempeñe con ejemplar dedicación y eficacia el puesto de mayor responsabilidad en la más universal de aquellas instituciones.

En el terreno bilateral es también mucho lo que nos queda por hacer para ponernos al nivel que corresponde a la verdadera entidad de nuestras relaciones. Si nuestros países no son ya grandes potencias políticas, seguimos siendo dos de las grandes entidades culturales de occidente y nuestras relaciones especiales cobran en este aspecto una especial vigencia. La tarea de un auténtico y fecundo intercambio cultural hispano-austríaco ha sido ya iniciada y facilitado el desarrollo en el campo de las artes, las letras, la ciencia, la investigación. Nuestros ministros de Asuntos Exteriores van a firmar nuevos convenios, y las entidades económicas y comerciales de nuestros respectivos países están abriendo, también, nuevos canales de cooperación que han de hacer efectivas nuestras felices esperanzas de futuro. Somos, al mismo tiempo, dos modernos países industriales. Voy a tener ocasión de visitar importantes instalaciones industriales de vuestro país y captar con mis propios ojos la imagen plástica de la pujanza de la moderna Austria.

Centenares de españoles acogidos en Austria contribuyen a su desarrollo económico y constituyen, con los millares de austríacos que gozan del sol y de la hospitalidad española, un singular puente de entendimiento.

Cada uno de esos elementos representa, señor Presidente un importante eslabón en la vía de unión entre nuestras naciones que yo deseo y auguro cada día más sólida y a cuya tarea hemos de aportar nuestro decidido esfuerzo.

En este espíritu, deseo, señor Presidente, agradecer en su persona al pueblo y al Gobierno de Austria la simpatía y verdadera amistad con que hemos sido acogidos y levanto mi copa por esa amistad, por vuestra ventura personal y la del pueblo de Austria.

Volver a Discursos
  • Escuchar contenido
  • Imprimir la página
  • Enviar a un amigo
  • Suscribirse al RSS de la página
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en Twitter
  • Compartir en Linkedin
  • Compartir en Google+