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Palabras de Su Majestad el Rey al Cuerpo Diplomatico

Madrid, 12.01.1978

S

eñores Embajadores, en esta tradicional ocasión en que tenemos la grata oportunidad de reunirnos, quiero, antes de nada, agradecer la afectuosa felicitación y las amables palabras que, en nombre del Cuerpo Diplomático acreditado en Madrid, acaba de expresarme el Nuncio de Su Santidad en España. Por mi parte, os transmito también mis mejores votos de paz y prosperidad para el año que acaba de iniciarse. Y a la vez os ruego hagáis llegar a vuestros pueblos y a los Jefes de Estado de vuestros países esos mismos deseos, que son a un tiempo expresión de mis sentimientos personales y reflejo del ánimo de todo el pueblo español.

Formáis una nutrida comunidad de representantes de naciones, razas, sistemas y credos, esparcidos por los cuatro puntos cardinales, y sois testigos de la decisión española de extender nuestras relaciones en términos de amistad y de concordia, en beneficio de la paz y de la seguridad del mundo.

Desde el mismo día en que accedí al Trono, puse de manifiesto la voluntad de la Corona de abrir a todos los horizontes las relaciones diplomáticas de nuestro país. Ese propósito fundamental sigue animando la definición de la política exterior española. Y precisamente hoy puedo dirigir un especial saludo a aquellos de entre vosotros que hace un año aún no formabais parte de esta ilustre representación diplomática. En vuestra memoria y en la nuestra, 1977 quedará como el año del restablecimiento de nuestras relaciones mutuas, que espero se amplíen e intensifiquen a través del año 1978.

Señores Embajadores, conozco, aprecio y agradezco la constante atención con que habéis seguido la evolución política de nuestro pueblo en los últimos tiempos. Un proceso que ha venido marcado, de manera natural, por la decidida voluntad de nuestro pueblo en la aceptación de sus responsabilidades, de sus derechos y de sus obligaciones, dentro del orden y de la libertad.

Vuestra atención y vuestro interés nos son hoy y nos serán mañana igualmente necesarios. Recíprocamente necesarios, diría yo, en el juego mutuo de relaciones e interdependencias que constituye el entramado de la vida internacional de nuestros días. En el hecho de no estar solos, tenemos la mejor razón de nuestras esperanzas.

Nuestra acción estará siempre inspirada por la necesidad de promoción y mantenimiento de esta unión estrecha y amistosa para lograr la paz y la seguridad entre las naciones.Y esa inspiración, a la cual nadie puede negar su apoyo, cobrará eficacia real si la basamos en una dimensión dinámica, que incluya el respeto a los derechos humanos, la auténtica voluntad de desarme y la cooperación entre todos los países.

Señores Embajadores, en el balance internacional del año que acaba de terminar hemos podido descubrir tendencias y acontecimientos que, aun siendo de signo diverso y de evaluación no siempre positiva, autorizan un prudente y razonable optimismo. En su torno querría haceros llegar una esperanza, una creencia y una preocupación.

La esperanza de que 1978 sea el año en que se sienten las bases para una paz justa y duradera en el Oriente Medio, que permitan concluir el largo conflicto con la satisfacción de los derechos y de los intereses de todas las partes.

La creencia de que el proceso de distensión merece ser seguido y ampliado. De la Conferencia de Belgrado, como anteriormente del Acta Final de Helsinki, se va desprendiendo ya una matizada visión de las relaciones entre dos mundos necesitados de convivencia y entendimiento. En la mesa de negociaciones ha surgido el diálogo y en él se ha puesto de manifiesto un complejo mundo de relaciones que afectan a los individuos, a las instituciones, a los gobiernos y a los Estados.

La preocupación sobre la situación en algunas zonas del continente africano. No quiero dejar de referirme a la inquietud, en diversas ocasiones, manifestada por la comunidad internacional y por nuestra diplomacia, en torno a las circunstancias imperantes en ciertas partes del continente.

España tiene el decidido propósito de colaborar con la mejor voluntad en cuantas iniciativas puedan conducir a borrar las discordias y a estrechar los lazos de amistad y cooperación entre las naciones. Este anhelo, que inspira el diseño de nuestra política exterior, se combinará con el ferviente deseo de atender primordialmente, tanto a la defensa de nuestros intereses fuera del territorio nacional, como al mantenimiento de la integridad de ese territorio. Mostraremos la necesaria flexibilidad en la negociación de aquellos intereses; pero rechazamos y rechazaremos con firmeza cualquier intento que pretenda hacer objeto de ataque a la integridad territorial de nuestro país.

Señores Embajadores, feliz y próspero año 1978 para vosotros y vuestras familias, para vuestros pueblos y países y para vuestros gobernantes.

Feliz año nuevo en paz, en libertad, en justicia y en armonía.

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