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Palabras de Su Majestad el Rey a las Fuerzas Armadas en la Pascua Militar

Madrid, 06.01.1978

Q

ueridos compañeros, cuando el Rey Carlos III, con motivo de la reconquista de Mahón, instituyó la fiesta de la Pascua Militar, pretendía mostrar expresamente al Ejército, su especial consideración, su agradecimiento y su aprecio.          Al continuar la tradición entonces iniciada y después mantenida a través de los siglos, es para mí un honor, en este día de Reyes del año que comienza, reiteraros aquellos sentimientos y hacer llegar mi felicitación a cuantos componéis los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, y las Fuerzas de Orden Público.

Quisiera deciros también cuán lejos está de mi ánimo considerar este acto como una ceremonia puramente formularia. Porque, muy al contrario, en este ambiente familiar que me es tan grato, pero con la importancia que la ocasión merece, desearía ser capaz de expresaros con exactitud la sinceridad, el calor y la emoción que inspiran mis pensamientos y mis palabras. Reiteradamente he afirmado con qué fuerza me siento unido a los ejércitos, en cuyas academias se forjó mi juventud y donde, a la vez que otras singulares lecciones, aprendí los elevados conceptos del deber, de la patria y del honor.

Pero es que, además, ahora, cuando han transcurrido dos intensos años desde que me correspondió ostentar la máxima responsabilidad de los destinos de España y he asistido con una perspectiva elevada al desarrollo, siempre difícil, de la transformación política de nuestro país; cuando he podido conocer los sentimientos que animan y las inquietudes que preocupan en estos momentos cruciales a los componentes de nuestras Fuerzas Armadas; cuando tengo constancia de vuestra disciplina, de vuestra calma y de vuestra presencia de ánimo, comprendo que está más justificada que nunca mi felicitación cordial como Jefe Supremo de los Ejércitos, y que más que nunca también merecéis, con mi agradecimiento, el agradecimiento profundo de ese pueblo español del que procedéis y al que servís.

Yo os pido a todos que perseveréis en esa conducta y que sigáis, como hasta el presente, haciendo gala de comprensión, de serenidad y de confianza.

Comprensión, para daros cuenta real de las circunstancias que vivimos y de la necesidad de adaptarse a los cambios producidos por el transcurso del tiempo, por los impulsos de las nuevas generaciones, por el anhelo de reconciliar al fin a todos los españoles en un empeño común del que nadie se sienta marginado.

De la misma manera que el armamento y el material militar se perfeccionan y transforman; igual que el arte de la guerra tiene que sufrir innovaciones profundas, porque el inmovilismo sería absurdo y suicida, también en muchos otros aspectos, y desde luego en el político, hay que seguir la marcha de la historia para demostrar al mundo y demostrarnos a nosotros mismos que somos capaces de vivir en la paz, en la democracia y en la libertad. Pero hay que hacerlo con el dominio necesario para condicionar, dirigir y controlar debidamente los acontecimientos, a fin de que no sean sólo ellos los que nos dominen y arrastren de tal forma que nos conduzcan a excesos o a exageraciones tan perjudiciales como el estancamiento o el retroceso.

Comprensión, para saber cuándo debe sacrificarse la voluntad de cada uno en beneficio de la voluntad general, y cuándo, por el contrario, hay que llegar al más grande de los sacrificios en defensa de lo que para la Patria es permanente e irrenunciable.

Comprensión, para que los cambios tengan lugar con orden y equilibrio, sin quedarse aferrados al tiempo pretérito, ni ir más allá de lo que la prudencia exige; sin dejarse vencer por esos impulsos pendulares y radicales tan propios de nuestro carácter, ni encontrar disculpas para interrumpir el trabajo y el esfuerzo de todos los días.

Serenidad, para asistir al proceso que estamos viviendo, sin excitación, sin nerviosismos o precipitaciones, sin temores infundados, perfectamente seguros de nosotros mismos.

Serenidad, para que la evolución imprescindible no desemboque en el olvido absoluto de un pasado en el que ha de basarse la experiencia, ni conduzca a una total subversión del orden de los valores o a una alteración de las realidades históricas que no pueden borrarse.

A los militares se les exige mucho y se les limitan sus actividades en el aspecto político, porque lo elevado de su misión, la dureza de sus deberes y la confianza que la nación ha puesto en ellos, así lo aconsejan. Pero, en justa correspondencia, es preciso exigir también a los demás el respeto obligado para lo que es tan respetable; el respeto, por parte de todos, para las leyes y las disposiciones que regulan las actividades de los ejércitos y los derechos de sus miembros.

Si los militares deben abstenerse de intervenir en los problemas políticos de todos los días y de manifestar sus personales opciones de aquel carácter, también hay que evitar que, desde fuera de las Fuerzas Armadas, se trate de politizarlas, implicándolas en la política que a cada cual conviene o utilizándolas para apoyar en uno u otro sentido sus intereses. Y mucho más aún, es indispensable eludir el error de politizarnos nosotros mismos, desde dentro, precisamente por la obsesión exagerada de evitar a ultranza la propia politización.

Los ejércitos tienen en la virtud de la disciplina el más importante fundamento de su prestigio, de su unidad y de su permanencia; velemos por mantenerla en todo momento con espíritu de justicia y sintiendo el dolor que la sanción debe producir, tanto al que la sufre como al que la impone. Sancionemos, pues, cuando sea indispensable, con esa serenidad que venís demostrando y a la que os exhorto; con reflexión y mesura, pensando que, en la unidad indisoluble de las Fuerzas Armadas, el castigo ha de sentirse como si lo aplicáramos en nuestra propia carne.

Porque la disciplina -cuyo mérito se ha graduado en una definición memorable- ha de apoyarse, más que en el castigo, en la convicción del que obedece y en el prestigio y la razón del que manda, de la misma manera que en todos los aspectos la autoridad y el orden han de constituir un clima, un ambiente y una actitud.

Y os pido también confianza. Una confianza que tiene que estar entretejida con la fe en el mando; con la seguridad de que quien lo ejerce en cada escalón superior tiene más conocimientos, más información y más fundamentos para decidir o proceder en la forma que lo hace.

Confianza vigilante, que impida tanto las reacciones improvisadas como la despreocupada impasibilidad.

Con comprensión, con serenidad y con confianza, las Fuerzas Armadas españolas y las de Orden Público, estáis dando una nueva lección de patriotismo a través del delicado período que nos ha correspondido vivir.

Yo estoy seguro de que con vosotros, estrechamente unidos, templada la pasión de la juventud con la reflexión y la experiencia de los hombres maduros; con vosotros como parte integrante e inseparable de nuestro pueblo, coronaremos la empresa en que estamos comprometidos.

Una empresa que, por no ser fácil, tiene ese valor excepcional que siempre ha servido de acicate a los españoles. Una empresa que demanda la colaboración y la buena voluntad de todos y el tacto necesario para saber dilucidar con acierto lo que ha de mudar necesariamente, y lo que necesariamente debe conservarse, a pesar del tiempo que pase y de los sistemas que se establezcan.

En lo que va a suceder con las Reales Ordenanzas de Carlos III, creador de la Pascual Militar que hoy celebramos, pudiera contenerse simbólicamente el resumen de cuanto he pretendido deciros y el reflejo, en el ámbito militar, del actual momento de nuestra patria.Como sabéis, recientemente se ha constituido una comisión para estudiar la adaptación de aquellas Ordenanzas a los tiempos actuales. Pero esa revisión, sin duda necesaria, no podrá nunca afectar a su espíritu, que ha de permanecer inmutable, como una regla moral de nuestra conducta, como una lección constante de virtudes militares.

No olvidemos ese precepto breve y contundente de las mismas Ordenanzas, que reza así: «El que tenga orden absoluta de defender una posición a toda costa, lo hará.»

Imaginaros, cuando la posición es España, con qué espíritu, con qué decisión y con qué entusiasmo hemos de entregarnos los españoles, sus Fuerzas Armadas y vuestro Rey al frente de todos, a defender para nuestra patria un futuro de concordia, de paz y de progreso.

Otra vez os deseo muchas felicidades para vosotros y vuestras familias, dentro de esta gran familia que es la milicia, con mi especial consideración, mi agradecimiento y mi aprecio.

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