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Palabras de Su Majestad el Rey al Presidente de Perú Francisco Morales Bermúdez y al pueblo peruano

Perú(Lima), 22.11.1978

S

eñor Presidente, la historia me ha reservado a mí la profunda emoción de ser el primer Rey de España que haya visitado América; el primero que hoy, a casi cuatro siglos y medio de la fundación de esta tres veces coronada capital del Perú, cumple con el anhelo largamente soñado por mis antepasados, monarcas de dos dinastías, de conocer personalmente una tierra que tantas veces fue motivo de su ocupación y desvelos.

Con la curiosidad en el ánimo, la Reina y yo, señor Presidente, venimos a adentrarnos en el conocimiento del Perú, de esa realidad histórica que tan importante huella ha ido dejando en las letras, en las artes y en la vida internacional, a lo largo de su existencia independiente.

Venimos atraídos por el magnetismo mítico de ese Perú profundo, que hunde sus raíces en un ayer legendario y que comparte las esencias del hoy, problemático y esperanzado. Venimos, en fin, deseosos de ver los vestigios de aquellos siglos vividos en común; siglos de forja de vuestra nacionalidad y la nuestra; origen, fundamento y razón de la fraternidad que tan singularmente nos une a peruanos y españoles.

Acudimos, al tiempo, como testimonio de una España renovada, a la vez heredera de una historia a la que no sabe ni quiere renunciar, y empeñada, con esfuerzo e imaginación, en la transformación progresiva de su presente, con un ideal de justicia y de libertad.

Una España que se ha propuesto, como el Perú, asumir toda su diversidad, en una convivencia nacional armónica y democrática.

Una España, en fin, que acepta el reto de la modernidad y el desarrollo que exige el bienestar de sus ciudadanos, sin dejar por ello de soñar y proponerse la conservación de su concepción espiritual de la existencia y la defensa de esa equidad sin la cual toda comunidad internacional se torna imposible.

En el Perú, que tantas muestras recientes ha dado de su preocupación por llevar esos mismos ideales de justicia y libertad al plano internacional, quisiera expresar la preocupación de España por la equívoca concepción del «desarrollo» y la «cooperación», pues sospechamos que hoy empiezan a estar en quiebra como conceptos válidos.

Tanto el desarrollo, en cuanto panacea universal alcanzable, como la cooperación, concebida cual instrumento óptimo de la ayuda a la que se comprometían los países industrializados, fueron mitificados con no poco optimismo a la hora de su definición. Tras dos décadas y media de esfuerzos multilaterales y bilaterales, el subdesarrollo persiste como un hecho irrefutable y acusador, sin que, por las cifras y la dimensión actual del problema, podamos hacernos la ilusión de que los efectos de su realidad se han visto ni siquiera paliados.

Hace tiempo que nos viene preocupando el espectáculo de la importación indiscriminada de modelos de desarrollo concebidos para realidades sociales y mentales que no son las nuestras.

Nos inquieta el progresivo aumento de los compromisos técnicos que observamos por doquier y la consecuente acumulación creciente de alarmantes niveles de endeudamiento exterior.

Nos desazona el cúmulo de recursos naturales que exige la sociedad de consumo, que se proclama como ideal, y la desigualdad salarial de país a país, cuya perpetuación impone el mantenimiento de los niveles alcanzados por algunos, con independencia de las ideologías y sistemas.

Vivimos tiempos que exigen excepcionales aportaciones de imaginación. Los cultivadores de las ciencias sociales, en un esfuerzo digno de todo encomio, han logrado definir y analizar los fenómenos y las causas de nuestros problemas, pero se vienen mostrando incapaces de suministrar las soluciones que se requieren.

El gobernante de hoy se encuentra sólo con su intuición.

Hace tiempo que no fluyen las fórmulas salvadoras que la complejidad de nuestras necesidades demanda. Estamos en presencia de un inmenso reto que exige, en esencia, la transposición del hecho revolucionario, del plano de la acción política y social donde ha venido operando, al gabinete de estudio de los pensadores, de los que hace tiempo que está ausente.

Importa superar las ideologías y sistemas al uso; es necesario formular proyectos de vida colectiva viables, capaces de galvanizar el entusiasmo de nuestros pueblos, ofreciéndoles objetivos de existencia desligados de la simple cuantificación del grado de bienestar y alienación de que hacen gala otros.

Es imperioso, sobre todo, volver a centrar el pensamiento y la acción en una concepción del hombre y de sus derechos.

Una concepción que parta de un humanismo esencial, fundamentado en la dignidad de la persona, de su libertad dentro de un orden social justo, en el que sea posible la realización plena de las facultades potenciales de todos y cada uno de los ciudadanos.

Desde el Perú, país depositario de sabidurías milenarias, quiero convocar a nuestros pensadores y científicos a ese esfuerzo titánico, pero necesario; urgentemente necesario.

Partiendo de la realidad que nos es propia, descartando teorías y dogmatismos ya inoperantes, evitando abstracciones irrealizables, importa que canalicen su ingenio y su capacidad creadora por nuevos senderos de ensoñación y promesa.

Nuestros pueblos esperan, de su fertilidad mental, la guía motivadora -y no meramente imitativa- a la que siempre tuvieron derecho.

Sólo así, señor Presidente, podemos consolidar en nuestra convivencia colectiva, sin traumas ni quiebras, ese panorama de derechos y libertades individuales y sociales que nos legaron como conquistas nuestros pensadores y luchadores de ayer. Actualizando una idea, que nos viene desde la antigüedad cristiana, pensemos que no es posible esperar virtud si carecemos de objetivos e ideales.

Señor Presidente, con ese espíritu y con esa curiosidad, hemos venido al encuentro del pueblo del Perú y de sus gobernantes. Por la felicidad del primero, por vuestro acierto personal y el de vuestro equipo ministerial, por la prosperidad de un país tan entrañablemente fraterno, levanto esta noche mi copa, con un saludo muy especial para vuestra distinguida esposa.

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