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Palabras de Su Majestad el Rey a la Reina Margarita de Dinamarca y al pueblo danés

Dinamarca(Copenhague), 17.03.1980

M

ajestad, Alteza Real, quiero ante todo agradecer la hospitalidad con que Dinamarca nos recibe a la Reina y a mí, reflejada en las palabras que acabáis de pronunciar.

Es para mí un honor el haber podido ser protagonista de este jalón histórico que representa la primera visita de un Rey de España a Dinamarca.No significa esto, sin embargo, que los contactos entre nuestros dos pueblos no hayan existido en el pasado, pues, como Vuestra Majestad ha señalado con acierto, los caminos de Dinamarca y España se han entrecruzado históricamente en varias ocasiones. En la actualidad, además, y a pesar de la distancia geográfica, esta hermosa tierra europea es querida y admirada en España por la simpatía y laboriosidad de sus gentes, que han sabido crear con su esfuerzo una nación pacífica, libre y próspera.

Como Rey de España existen poderosas razones para que me congratule de esta visita.

Vuestra amable invitación, Majestad, va a permitirme profundizar en el conocimiento personal de la realidad política de una nación, Dinamarca, que ha organizado un sistema socio-político de acuerdo a los mismos principios amparados y servidos por una institución integradora, la monarquía parlamentaria, y basados todos ellos en la profunda convicción de que la dignidad de la persona humana y el imperio del derecho son los fundamentos del orden político y de la paz social.

Dinamarca y España pertenecen a una misma civilización cuyo viejo fondo cultural común han enriquecido con sus aportaciones nacionales.

Frecuentemente, además, se han entremezclado sus corrientes literarias y filosóficas en esta magna tarea: así, Unamuno, el gran pensador español, no duda en aprender la lengua danesa para leer a Kierkegaard, y ya mucho antes, en el siglo dieciséis, la prestigiosa Academia de Sor tuvo en su claustro de profesores a un escritor español, Carlos Rodríguez, para enseñar nuestra lengua a los jóvenes daneses.

Hoy pretendemos fortalecer juntos esta unidad europea, no sólo en el campo cultural, sino también en sus dimensiones políticas, sociales y económicas, a través de instituciones de variada índole de las que formamos parte, como el Consejo de Europa, o a las que, con el apoyo de Dinamarca que tanto apreciamos, España desea incorporarse, como las Comunidades Europeas.

Habéis dicho, Majestad, que por su historia y su cultura, España forma parte de Europa. Así es, en efecto, y también por nuestra vocación, que ha hecho de Europa una opción irrenunciable para España.

No hay dificultad que no podamos salvar con imaginación y determinación, a fin de realizar históricamente la decisión de España de insertarse y participar activamente en el esfuerzo de construcción europea, con plena conciencia de que Europa, por su parte, no estaría completa sin el concurso de España.

Vocación occidental y europea de España que, por otra parte, no sólo no se contradice, sino que se completa y enriquece con la proyección americana de España, plasmada en unas relaciones de estrecha cooperación con las naciones hermanas del nuevo continente, así como con aquellos pueblos de Africa y del oriente medio con quienes nos unen entrañables vínculos históricos.

En la esfera internacional, Majestad, Dinamarca y España participan de los mismos principios y objetivos.

Nuestros dos países, situados en la entrada de dos de los mares interiores más importantes del mundo, el Báltico y el Mediterráneo, tienen, quizá por ello, una historia vibrante y en ocasiones conflictiva.

Nuestros dos pueblos, sin embargo, proclaman hoy con firmeza el respeto absoluto de una política de no agresión y la búsqueda incesante de la paz.

Nos toca vivir, Majestad, tiempos difíciles, pues la situación internacional nunca ha sido tan compleja como en la actualidad, en función de los cambios experimentados en el equilibrio político y como consecuencia de hechos generados por muy diversas fuerzas de naturaleza religiosa, ideológica, política y económica.

Esta realidad justifica las incertidumbres y temores de la hora actual, en la que un sentimiento de inquietud es cada vez más visible, y explica que el universal anhelo de paz resulte hoy ensombrecido por una cierta falta de confianza en el porvenir.

La paz es, sin embargo, el resultado de un proyecto y de un quehacer. Por eso la construcción de condiciones de paz, tanto en el plano de la convivencia interna como en su dimensión internacional, exige un renovado y permanente esfuerzo en búsqueda de reconciliación y diálogo, cooperación y entendimiento, presupuestos de la verdadera paz y sin los cuales ésta no es posible.

Estas condiciones de paz requieren en estos tiempos reafirmar nuestra fe en el hombre, objetivo y fundamento último de toda política; nuestra convicción de que el proceso de distensión sobre la base del respeto de todos los principios de la Carta de las Naciones Unidas y el Acta Final de Helsinki sigue siendo factible; la necesidad de una mayor justicia social, a fin de eliminar las desigualdades existentes y llevar a cabo una nueva división internacional del trabajo y una nueva distribución de los recursos.

La primera y mayor amenaza a la paz radica, hoy como ayer, en no creer en el hombre, en la libertad y dignidad de todo ser humano. Son quienes no creen en los fines humanos del poder quienes anteponen la fuerza a la negociación como instrumento de cambio; quienes hacen prevalecer la violencia sobre la cooperación como cauce de solidaridad.

Majestad, en estos momentos de temores y de crisis es absolutamente necesario proclamar nuestra convicción de que la paz es posible, afirmar que la meta del hombre y de servicio al hombre es el mejor modo de progresar en la consolidación de la paz, el único camino para superar los riesgos que enturbian nuestras expectativas y ahogan nuestras esperanzas.

Con esta convicción que compartimos, pues mi fe es la vuestra, querría finalizar mis palabras añadiendo que, con plena confianza en la capacidad de nuestros ideales, que siguen siendo plenamente válidos, debemos esforzarnos en la creación de un mundo en el que la libertad y la justicia florezcan con el acento puesto en la palabra hombre.

Majestad, Alteza Real, quisiera reiteraros la gratitud de la Reina y la mía por la hospitalidad que Dinamarca nos ofrece, a través de Vuestra Majestad y de Su Alteza Real el Príncipe Enrique, y brindar por vuestra ventura personal y por el futuro y prosperidad del noble pueblo danés.

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