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Palabras de Su Majestad el Rey en la cena ofrecida por el Presidente de Costa de Marfil, Sr. Félix Houphouët Boigny

Costa de Marfil(Abidján), 11.05.1979

S

eñor Presidente, en esta primera gira de un Jefe de Estado español por Africa, hemos tenido, la Reina y yo, un interés especial en visitar Abidján.

Y este interés no está basado en la instintiva simpatía que mi pueblo siente hacia el vuestro o por la tradicional cortesía y hospitalidad marfileña, de la que tantas muestras nos habéis dado.

Lo está también en que, dentro del conjunto de pueblos africanos -un solo pueblo y muchos individuos, como decía de Europa el filósofo español Ortega y Gasset-, el vuestro es un ejemplo de estabilidad política, de desarrollo económico y, a la vez, de prudencia y decisión para encararse con los problemas del cambio social.

Lo hacemos en un momento avanzado del proceso de modernización de las sociedades africanas. En un momento también es que se somete a análisis y revisión el sistema de relaciones económicas, monetarias y comerciales sobre la que ha vivido el mundo en los últimos tiempos.

Es necesario que los países que no tienen entre ellos diferencias pendientes, que sienten entre sí una natural simpatía e interés, estrechen sus lazos; que sus dirigentes y representantes entablen un diálogo franco y continuado para, inclinándose sobre esos problemas, tratar de encontrar soluciones.

Mucho me satisfaría, señor Presidente, que tras esta visita quedasen abiertos los cauces de una comunicación honda y sincera. Si, como espero, vuelvo a mi país con la riqueza de vuestra amistad y confianza, mi viaje habrá sido doblemente recompensado.

El proceso de modernización, ya avanzado en Africa, es el instrumento que las sociedades utilizan para, armándose con la panoplia de una tecnología y unos modos de pensamiento importados de los centros que han llegado antes a la civilización técnica, defender la esencia y las estructuras de la cultura propia.

En la relación entre el reto y la respuesta, que el historiador Toynbee utilizaba para entender las filiaciones y oposiciones entre las civilizaciones, el reto es el factor cultural y externo y la respuesta cobra la forma de modernización.

Es algo muy distinto a la asimilación, que es el último planteamiento del proceso colonial y que representa una falsa modernidad. La asimilación pretende incorporar totalmente en una cultura autóctona el mensaje de otra, que se impone.

El resultado es la destrucción de las estructuras originarias y un grave peligro de aculturación. Desaparece lo propio. El hombre asimilado pierde esas raíces en las que se asientan la dignidad y la libertad humana.

En un coloquio celebrado sobre este tema en el monasterio marfileño de Bouake, uno de los asistentes, hombre de letras, recordaba el recelo de su madre, mujer tradicional, frente a las fuerzas modernistas: "Coméis en platos de hierro, bebéis en vasos de hierro, montáis en caballos de acero: ¿cómo no vais a tener de hierro vuestros corazones?"

Para evitar esa cosificación de lo más profundo, la gran revolución africana de la descolonización, a la que tan brillantemente habéis contribuido, ha buscado asentar con todo vigor lo propio, lo africano y, una vez recobrada la legitimidad de la cultura tradicional, abrirse al mundo y obtener del exterior los medios y las técnicas para defenderlo.

En Costa de Marfil habéis adoptado este procedimiento y, sin olvidaros de las tendencias colectivas de la sociedad tradicional, habéis entendido que no había que caer en una actitud cerrada, en una especie de proteccionismo cultural paralelo a un proteccionismo comercial. Habéis aceptado el reto de participar en el sistema económico mundial.

La modernización en vosotros ha sido profunda. Vuestra respuesta al reto de la sociedad contemporánea ha permitido, gracias a la estabilidad política de que ha gozado vuestro país, sostener unos índices de crecimiento importante en cualquier escala.

Este proceso, señor Presidente, es en gran parte vuestra obra personal.

Nacido en Yamussucro, en el corazón de Costa de Marfil, supisteis ganaros desde el principio el cariño primero y después la admiración de vuestros compatriotas.

Sabemos muy bien cómo habéis consagrado vuestra persona al servicio de este gran país y de qué manera habéis velado sobre sus destinos, sin descanso ni fatiga, desde antes de su accesión a la vida independiente.

Gracias a la impronta de moderación y permanencia con que habéis marcado la dirección de vuestro pueblo, gracia al equilibrio inteligente de sus ciudadanos y gracias, en fin, a vuestra sabiduría política, la República de Costa de Marfil puede encarar el futuro con seguridad y firmeza.

A ese futuro desea asociarse, en la amistad y en la cooperación, el pueblo español.

España, lo sabéis bien, señor Presidente, aunque europea por su geografía, su historia y su cultura ha estado siempre vinculada a vuestro continente. Esos vínculos han sido siempre más estrechos, por razones de cercanía, con el norte y el oeste africano, pero nuestro ánimo hoy es ir extendiéndolos y reforzándolos por todo el mundo africano.

El hecho histórico de la descolonización tuvo lugar en unos momentos en que mi país no estaba en condiciones de establecer desde un principio una amplia y estrecha cooperación con los pueblos africanos liberados.

Siempre tuvimos conciencia de la importancia histórica del momento y de la dinámica que vuestra conquista iba a imprimir a la reestructuración sobre nuevas bases del mundo en que vivimos, pero no pudimos entonces sino anudar unas relaciones sin demasiado contenido profundo y, en algunos casos, casi puramente formales.

El pueblo español entiende, señor Presidente, que ha llegado el momento de profundizar en esas relaciones y de acomodarlas a nuestras respectivas realidades. España es hoy un país industrialmente avanzado y nuestra capacidad de acción en el ámbito político internacional se ha visto considerablemente agrandada.

En la medida en la que nuestros medios, aún limitados, nos lo permitan, tenemos la voluntad decidida y firme de desarrollar nuestra cooperación en todos los campos y de reflejar en nuestras relaciones de manera práctica y concreta la amistad que nos une, en el orden bilateral como en el terreno más generalizado de la actuación internacional.

Todo nos empuja a ello y, en primer lugar, nuestra similitud de concepción respecto a la política mundial. Creemos en la concertación como fórmula insustituible para buscar la paz y el desarme en un mundo cada vez más interdependiente. Nuestro afán es el entendimiento entre todas las naciones sobre la base de la igualdad y de la solidaridad para alcanzar un orden internacional más justo, cimentado en el respeto a la soberanía nacional, la integridad territorial y la no injerencia en los asuntos internos de otros Estados.

La adhesión de todos a estos criterios de conducta han de permitir a todo Estado, cualquiera que sean sus dimensiones y su emplazamiento, quedar al abrigo de la intervención, la amenaza o la coacción y conducir, dueño de sí mismo, los propios destinos nacionales.

Señor Presidente, fieles a nuestros respectivos orígenes y realidades, vuestro país se siente profundamente africano y el mío europeo. Ninguno de los dos, sin embargo, concibe a un continente sin el otro, ambos comprenden que la condición europea requiera una dimensión africana y que el ser africano lleva, dentro de sí, muy marcado el sentimiento de las ricas potencialidades de sus lazos con Europa.

Los españoles, europeos del sur, vecinos de Africa, somos plenamente conscientes de que, como muchas veces habéis dicho, el destino de Europa se vería en peligro sin un mundo africano de pueblos independientes, prósperos y pacíficos.

Por eso, nuestros dos países atribuyen tanta importancia al diálogo entre los dos continentes, diálogo al que mi gobierno desea por su lado contribuir de forma constructiva a través de sus relaciones bilaterales y, en particular, arbitrando a través de una ley de cooperación, que será próximamente presentada al parlamento, los instrumentos necesarios para una activa aportación de medios financieros, tecnológicos y profesionales.

La vida de un pueblo exige un esfuerzo incesante para preservar su seguridad y su libertad, y para hacer posible su prosperidad. vuestro continente, como todos, necesita de paz y de estabilidad y por ello apreciamos en su justa dimensión los esfuerzos que se realizan a través de la OUA para reducir los focos de tensión y resolver los conflictos interafricanos así como para hacer frente a la injusta situación todavía imperante en el Africa austral.

En este sentido vemos también con esperanza los progresos que se van obteniendo en el marco de la concertación a nivel regional, en la que tanto empeño pone vuestra excelencia.

La realidad invita a Costa de Marfil y a España a una compenetración más estrecha en el plano bilateral. Cada una de nuestras naciones se siente irreversiblemente unida, a pesar de su rica diversidad interna, y ambas se han dotado de un régimen democrático moderno. Nuestras dos economías, que han experimentado en los últimos veinte años un importante crecimiento que hoy precisa consolidarse, son complementarias.

Señor Presidente, vuestro realismo de antiguo y generoso agricultor ha sabido conservar la sólida base agraria de vuestro país, que ha demostrado sus ventajas en la actual coyuntura económica mundial.

En el progresivo desarrollo de Costa de Marfil, empeñada en una decidida diversificación de sus colaboradores del exterior, España puede ofrecer su más amplia asistencia.

Somos hoy vuestro quinto cliente. Esto no es bastante y creo que debemos ampliar nuestro marco bilateral al máximo posible. La República de Costa de Marfil, que no tiene enemigos, cuenta, por el contrario, con numerosos amigos y España, no lo dudéis, se encuentra entre ellos.

Antes de terminar, quiero deciros que la Reina y yo anhelamos vivamente que tanto vuestra excelencia como la señora de Houphouët-Boigny vengáis a España dentro de un futuro próximo. Nosotros y el pueblo español sabremos demostraros nuestra admiración, aprecio y sincera simpatía.

La Reina y yo y todos los componentes de nuestro séquito, os expresamos nuestra más viva gratitud por vuestro recibimiento. La exquisita hospitalidad marfileña, vuestra akwaba, no nos ha sorprendido y el calor de los hombres y mujeres de este gran país nos han hecho vibrar de emoción y cariño.

Permitidme, señor Presidente, levantar mi copa por la ventura personal de Vuestra Excelencia y de la señora Houphouet-Boigny, así como la de todo el pueblo marfileño, al que como amigos de corazón deseamos la mayor prosperidad y bienestar.

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