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Palabras de Su Majestad el Rey a la comunidad académica al entregar el Premio Cervantes a Jorge Luis Borges y a Gerardo Diego

Madrid(Alcalá de Henares), 23.04.1980

E

xcelentísimos señores, señoras y señores, el nombre de Miguel de Cervantes ha reunido hoy aquí, con motivo del premio del que es titular, a dos figuras cumbre de la literatura contemporánea. Es muy importante, por lo tanto, la significación que encierra este nuevo encuentro de Hispanoamérica y España, del nuevo mundo y del viejo mundo, en las personalidades de Jorge Luis Borges y de Gerardo Diego, a quienes la Reina y yo expresamos nuestra sincera enhorabuena.

Se trata de una identificación doble: la de dos orillas atlánticas que se funden en la creación literaria.

Si en alguna ocasión, a lo largo de mis presencias en el continente americano, tuve la oportunidad de decir que iberoamericanos y españoles teníamos la patria común del idioma, hoy, aquí, podría añadir que esa patria subsiste y persiste en la orgullosa voluntad de escribir grandes obras, de levantar belleza, de golpear con hondas llamadas de exigencia en la conciencia colectiva.

Por esa razón, la obra literaria profunda, extensa e incitante de Borges y de Gerardo Diego, tan distinta en formas e intenciones, nos añade a todos inmortalidad.

Inmortalidad, porque a través de ellos y de lo que nos dejan en sus libros, todos superamos nuestra estatura de hombres para crecer y crecer cuando los leemos, hasta sentirnos noblemente altivos y divinizados, elevados a las más altas cotas de responsabilidad.

En un tiempo que parece despreciar, a escala universal, la gran aventura espiritual que legitima a los pueblos, Borges y Gerardo Diego nos proporcionan la oportunidad de decirnos a nosotros mismos que la vida, el mundo y la historia están cargados de emoción y engrandecen nuestra existencia si nos entregamos a ellos con generosidad y con entusiasmo.

Como escritores, nos van descubriendo los minerales brillantes que hay en nuestro destino colectivo, la luz y la sorpresa de la belleza en gentes, naciones y paisajes. Las pruebas, en definitiva, de que nuestra existencia en la tierra no es una pasión inútil.

He de repetir, por estas razones, ante estas dos grandes y fuertes personalidades, y ante ustedes como representantes del mundo de la cultura, mi convicción de que la comunidad de los pueblos hispánicos -en los que funde sus raíces España- dispone de una gran capacidad, creadora y que esta capacidad debe ser señalada, querida y proyectada en un programa cultural colectivo. Os brindo esta tarea. Os propongo esa misión doblemente acuciante, ante el ejemplo de la obra bien hecha que nos ofrecen estas figuras que ahora nos honran y se honran al recibir el Premio «Miguel de Cervantes».

Ambos han dedicado sus vidas a abrir ventanas por las que unos y otros nos asomamos al futuro.

A esta responsabilidad de creación común y a la tarea de hacer de la cultura un mundo acogedor y estimulante, un horno que modele nuestras posibilidades como ciudadanos, no debe ser ajeno el Estado.

Hubo un tiempo en que se consideraba impropia la relación de corresponsabilidad entre la cultura y el Estado. Y otro en que éste, se apropiaba de los resortes de aquélla, desnaturalizando sus fines. Europa ha conocido estas tendencias.

Hoy, por el contrario, estamos inmersos en una etapa en la que nadie duda ya del deber del Estado de apoyar enérgicamente la dimensión cultural de la sociedad en la libertad.

Porque la cultura no es un ingrediente más de nuestra vida histórica, sino, esencialmente, la raíz que alimenta esa misma vida. Una nación sin cultura, o no existe o agoniza. Ella es el río que nos lleva y que ensancha nuestros límites.

Es por ello por lo que necesitamos sensibilizarnos, desde nuestra responsabilidad, ante ella. Y es preciso acrecentarla, filtrarla a todos los estamentos, hacerla levadura para fermentar el pan de la convivencia.

Por mi parte, no cejaré en esta tarea de dinamizar la cultura y declararla tarea prioritaria del Estado. En ese sentido la Cultura debe constituir para España un mundo de ilimitadas posibilidades.

Muchas gracias, pues, a estos dos grandes escritores. «Fervor de América», Borges. «Alondra de verdad», Gerardo Diego.

Ellos, en sus obras, se convierten en seres plurales, pues sus almas, a la hora de escribir, dejan de ser ellas mismas para fundirse en la voz de sus pueblos. De sus sueños. De sus fatigas.

Por ellos y en ellos, aprendemos a conocernos en nuestros gozos, miserias y ansiedades.

Dios les dé, bajo el mecenazgo de Cervantes, y en recuerdo de esta académica ciudad de Alcalá de Henares, larga vida.

Muchas gracias.

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